martes, 21 de mayo de 2024

La Santísima Trinidad

 



"Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo..." (San Mateo 28, 19)



miércoles, 15 de mayo de 2024

PENTECOSTÉS

 



La vida moral de los cristianos está sostenida por los dones del Espíritu Santo.



Dice Jesucristo que el Espíritu Santo nos inspira, nos enseña y nos guía. Y San Lucas dice que el Espíritu Santo nos ordena, y que mentirle es mentir a Dios. San Juan dice que nos inspira y consuela.

San Pablo dice que es dador de vida, que nos santifica e intercede por nosotros.


El Espíritu Santo nos ayuda a comprender mejor lo que Jesús nos dijo, y nos da fuerza para seguir al Señor.


El Espíritu Santo se manifestó visiblemente en el bautismo de Cristo, en el rio Jordán, en forma de paloma, y el día de Pentecostés, a los Apóstoles reunidos en el Cenáculo, en forma de lenguas de fuego.





Cuando vivimos en gracia de Dios, tenemos la gracia santificante que nos hace templos vivos del Espíritu Santo. Él habita en nosotros y nos llena de sus dones. Sin su inspiración y ayuda, nada bueno podemos hacer.


Dice Nuestro Señor Jesucristo que el pecado contra el Espíritu Santo no se perdona. Los teólogos lo interpretan como la voluntad de no querer arrepentirse, y Dios no perdona a quien no quiere arrepentirse. Quien rechaza la gracia de Dios y voluntariamente se obstina en su maldad, es imposible que, mientras permanezca en esas disposiciones, se le perdone su pecado.


Por todo esto el Espíritu Santo, es una persona divina, hace parte de la Santísima Trinidad y por lo tanto debe recibir la misma adoración y honor que El Padre y El Hijo. El Espíritu Santo es Dios.












Los Dones del Espíritu Santo:

Son hábitos sobrenaturales infundidos por Dios en las potencias del alma para recibir y secundar con facilidad las mociones del propio Espíritu Santo al modo divino o sobrehumano.


Los dones son infundidos por Dios. El alma no podría adquirir los dones por sus propias fuerzas ya que transcienden infinitamente todo el orden puramente natural. Los dones los poseen en algún grado todas las almas en gracia. Es incompatible con el pecado mortal.


DONES DEL ESPIRITU SANTO

Del Catecismo:


1830 La vida moral de los cristianos está sostenida por los dones del Espíritu Santo.

Estos son disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir los impulsos del Espíritu Santo.


1831 Los siete dones del Espíritu Santo son:


Sabiduría, Inteligencia, Consejo, Fortaleza, Ciencia, Piedad y Temor de Dios.


Estos dones, Pertenecen en plenitud a Cristo, Hijo de David (cf Is 11, 1-2).


Completan y llevan a su perfección las virtudes de quienes los reciben.


Hacen a los fieles dóciles para obedecer con prontitud a las inspiraciones divinas.


Los dones del Espíritu Santo son hábitos sobrenaturales infundidos por Dios en las potencias del alma, para secundar con facilidad las mociones de ese mismo Espíritu.


Es como un instinto sobrenatural que coloca Dios en la mente y el corazón de la persona que, despojada de sí misma y del apego desordenado a las cosas y a las personas, vacía de sí y de su egoísmo personal, puede sentir las mociones de Dios a través de su Espíritu, y seguirlas dócilmente.


Así como las virtudes cardinales y morales se basan en la razón iluminada por la fe internamente, y son por consiguiente a modo humano, ya que es la persona que actúa iluminada por lo que cree con su inteligencia, secundando esta iniciativa Dios con su gracia, en este caso es Dios quien actúa como causa externa, y la persona quien sigue la moción divina, por lo que los actos que producen los dones ya no son al modo humano, sino al modo divino o sobrehumano.


Su número y su enunciación bíblica.

Los dones del Espíritu Santo son siete, número muy querido en la simbología cristiana para expresar plenitud y perfección: Siete son los días que Dios creó, siete son los sacramentos que comunican la plenitud de la salvación pascual, siete son las virtudes cardinales más las teologales, siete son los dones del Espíritu Santo que perfeccionan estas virtudes.


Están enumerados en Isaías, capítulo 11, versículos 2 y 3. 


El don de piedad es un desdoblamiento del don de temor (amor) de Dios, que figura dos veces.


¿Cuáles son los Dones del Espíritu Santo y cómo actúa cada uno?

Los podemos dividir en dos grandes grupos:


Los que afectan más a la inteligencia especulativa y práctica: Son los dones de entendimiento, sabiduría, ciencia y consejo.


Los que afectan más a la voluntad operativa: Son los dones de piedad, fortaleza y temor (amor) de Dios.


1. El don de entendimiento o inteligencia permite penetrar en la verdad de las cosas, ya sea divinas y sobrenaturales o naturales y humanas o creacionales.


Capta la esencia de las cosas con claridad y el desarrollo de los razonamientos e ideas humanas, así como en los “razonamientos e ideas” divinas.


Capta la substancia oculta en los accidentes, como a Jesús bajo la apariencia del pan y del vino en la eucaristía.


También ayuda a descubrir los distintos sentidos de la Sagrada Escritura: literal y espiritual, alegórico, moral, escatológico o anagógico.


Y el sentido tipológico, descubriendo en las figuras latentes del Antiguo Testamento la presencia patente de Jesús Resucitado manifestado en el Nuevo.


Capta la esencia espiritual de las realidades sacramentales envueltas en el signo y la figura. Y el simbolismo de toda celebración litúrgica, aunque sea la más insignificante y pequeña, llenando esta captación de ternura y veneración a quien la padece o realiza.


Es todo lo contrario a la ceguera y embotamiento intelectual y espiritual, producidos más que nada por la aplicación carnal de los pecados capitales de la gula y la lujuria (el apego desordenado a la comida y a los placeres sensuales ilícitos para el cristiano).


2. El don de sabiduría nos permite experimentar las cosas divinas como por un instinto connatural que da el Espíritu Santo a la creatura, y le hace saborear y gustar a Dios manifestado en Jesús.


Contraria a la sabiduría es la necedad en las cosas espirituales, de quien prefiere a la creaturas en vez del Creador, las cosas materiales a las invisibles y eternas, y las cosas carnales a las espirituales y santas, y no observa en lo creatural aquello que conduce a Dios.


Entre los pecados capitales, no hay quienes aparten tanto de la sabiduría como la lujuria, que embrutece y animaliza irracionalmente, y la ira, que ofusca la mente y rencoriza el corazón, impidiendo que la razón discierna con claridad.


3. El don de ciencia, permite entender sobrenaturalmente a las cosas creadas. Ve el paso de Dios en la creación, en la providencia, en la historia personal y comunitaria, en la redención constante y en la santificación actual.








Capta el designio de Dios sobre las cosas, sobre la historia, en lo natural ve lo sobrenatural. Ve el bordado por encima de la tela en el telar, y no el entramado de hijos que por debajo aparece. Contempla y ayuda a sacar de los males bienes, y en los mismos males comprende los designios de Creador de todo, que saca bienes de ellos, así como del máximo mal físico y moral, que fue la condena y crucifixión de Jesucristo, sacó el bien máximo de la redención y de la resurrección corporal para Sí y para todo el género humano.


Ve a Dios y sus planes en el mundo sensible y corporal que nos rodea, en los acontecimientos de nuestra historia cotidiana, por más pequeña y aparentemente insignificante que sea, ya que a los ojos de Dios los pequeño e insignificante puede contener los valores perennes del esfuerzo y el amor de la santidad cristiana.


Comprende los “signos de los tiempos” (paso e inspiración de Dios en los valores de la historia), y capta los “síntomas de los tiempos” (los disvalores que los agentes del mal esparcen instigados por Satanás y por su propia inconducta personal).


Relaciona las cosas creadas con el mundo sobrenatural. Y resuelve con facilidad los más intrincados problemas cotidianos, aún en personas incultas y analfabetas.


Como opuesto a este don está la ignorancia, principalmente la ignorancia culpable, que es la que no quiere aprender aquello que le es necesario para su desempeño cristiano en la vida y para la salvación eterna de su alma.


No se debe presumir nunca “que se sabe” lo suficiente, ni colocar constantemente la inteligencia en cosas vanas, inútiles y perniciosas, ni dejarnos seducir por la curiosidad, el chimento y el qué dirán de uno mismo o el qué dicen de otros.


4. El don de consejo es el que aplica la inspiración divina a la conducta práctica cotidiana. Discierne los casos particulares que se presentan.


Casos imprevistos, repentinos, difíciles de resolver, los soluciona instantáneamente esta inspiración si es secundada y escuchada por el don que hay en el alma en gracia. La mente y el corazón establecen el “contacto divino” y lo detectan.


Resuelve multitud de situaciones.


Inspira los medios más oportunos para autogobernarnos y relacionarnos con los demás.


Contrario a este don es la precipitación en el obrar, que no escucha la voz de Dios y pretende resolver las situaciones con la sola luz de la razón natural o la conveniencia del momento.


También lo es la lentitud, pues establecida la decisión del Espíritu, es necesaria la determinación rápida y enérgica de ejecución, antes de que cambien las circunstancias y las ocasiones se pierdan.


5. El don de piedad es propio de la voluntad, y establece la base del organismo sobrenatural para que actúe la inspiración del Espíritu Santo con relación a Dios, a la familia, a la patria en la que nacimos.


Con referencia a Dios, realiza la experiencia de la filiación, sintiéndonos como por connaturalidad hijos de Dios el Padre, hermanos y amigos de Jesús el Señor y esposos fieles del Espíritu Santo que ilumina y guía nuestras vidas.


Por lo tanto otorga un sentimiento de fraternidad universal, solidaridad, y el instinto de compartir los talentos, dones y bienes que el Señor nos dio.


A la ternura de hijos para con el Padre, la confianza en su providencia amorosa que nos coloca confiadamente en sus brazos, y la solidaridad común con los hijos del mismo, se añade el amor a los padres que nos engendraron, extensivo a toda la familia que componemos en lo natural. Y finalmente el amor a la gran familia patria, aquella en la que nacimos, en donde transcurrió nuestra infancia y nuestra vida, el lugar donde sepultamos a nuestros seres queridos y donde establecemos los lazos sociales de la amistad.


Se opone genéricamente a este don la “impiedad”, o dureza de corazón, para con Dios, para con nuestros padres, nuestra familia, o la indiferencia patria o crítica constante hacia todo ello.


6. El don de fortaleza enardece al individuo frente al temor de los peligros. Inspira el superarlos, y da una invencible confianza para vencer las dificultades.


Otorga a la persona una energía inquebrantable, principalmente frente a las adversidades que se le quieren imponer, la hace intrépida y valiente para lograr sus objetivos, y hace soportar el dolor y el fracaso con encomiable entusiasmo y jovialidad.


Proporciona también el “heroísmo de las cosas pequeñas”, además, claro está, de las cosas grandes.


Se opone a este don la tibieza en las cosas cotidianas, simples y sencillas, el temor o timidez en las cosas a realizar. También la flojedad y debilidad naturales, así como el apego a la propia comodidad y rutina, que nos impide emprender grandes cosas y nos impulsa a huír de lo novedoso, del esfuerzo, del temor al fracaso y del dolor que pueda sobrevenir.


7. El don de temor (por amor) de Dios, enardece la voluntad y el apetito contra la concupiscencia o los deseos desordenados, y otorga una extraordinaria capacidad para captar la Voluntad de Dios y ser feliz en ella practicándola.


Otorga una sublime experiencia de la grandeza y majestad del Dios Omnipotente y Creador.


Como creatura, se sumerge en la adoración profunda y contemplativa, más allá de todo y de todos. Porque Lo ama.


No quiere equivocarse en los caminos de Dios (pecar) y se lamenta compungida de las veces en que esto le ha acaecido, y más cuando ha sido ocasión de escándalo (tropiezo) para los demás. Porque Lo ama.


Observa los más pequeños y menores detalles para no tener ocasión de ofender a Jesús. Porque Lo ama.


Se opone principalmente al don de temor la soberbia que no considera a Dios en su justa dimensión, y que hasta se coloca incluso por encima de Él.


Y la presunción, de quien confía excesiva y desordenadamente en la “misericordia” divina, pensando que cualquier acción ilícita que haga Dios lo va a perdonar por ella (por la “misericordia”), por lo que no tiene escrúpulos (o muy pocos) en realizarla/s (las acciones ilícitas).







miércoles, 1 de mayo de 2024

La Ascensión


 


“JESUCRISTO SUBIÓ A LOS CIELOS,

Y ESTÁ SENTADO A LA DERECHA DE DIOS, PADRE TODOPODEROSO”




CATECISMO DE LA IGLESIA   659-664



Resumen


665 La ascensión de Jesucristo marca la entrada definitiva de la humanidad de Jesús en el dominio celeste de Dios de donde ha de volver (cf. Hch 1, 11), aunque mientras tanto lo esconde a los ojos de los hombres (cf. Col 3, 3).


666 Jesucristo, cabeza de la Iglesia, nos precede en el Reino glorioso del Padre para que nosotros, miembros de su cuerpo, vivamos en la esperanza de estar un día con Él eternamente.


667 Jesucristo, habiendo entrado una vez por todas en el santuario del cielo, intercede sin cesar por nosotros como el mediador que nos asegura permanentemente la efusión del Espíritu Santo.




Benedicto XVI, papa


Homilía, 24-05-2009


Visita Pastoral a Cassino y Montecassino.

 Plaza Miranda. Domingo 24 de mayo de 2009


«Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra» (Hch 1, 8). Con estas palabras, Jesús se despide de los Apóstoles, como acabamos de escuchar en la primera lectura. Inmediatamente después, el autor sagrado añade que «fue elevado en presencia de ellos, y una nube le ocultó a sus ojos» (Hch 1, 9). Es el misterio de, que hoy celebramos solemnemente. Pero ¿qué nos quieren comunicar la Biblia y la liturgia diciendo que Jesús «fue elevado»? El sentido de esta expresión no se comprende a partir de un solo texto, ni siquiera de un solo libro del Nuevo Testamento, sino en la escucha atenta de toda la Sagrada Escritura. En efecto, el uso del verbo «elevar» tiene su origen en el Antiguo Testamento, y se refiere a la toma de posesión de la realeza. Por tanto, la Ascensión de Cristo significa, en primer lugar, la toma de posesión del Hijo del hombre crucificado y resucitado de la realeza de Dios sobre el mundo.


Pero hay un sentido más profundo, que no se percibe en un primer momento. En la página de los Hechos de los Apóstoles se dice ante todo que Jesús «fue elevado» (Hch 1, 9), y luego se añade que «ha sido llevado» (Hch 1, 11). El acontecimiento no se describe como un viaje hacia lo alto, sino como una acción del poder de Dios, que introduce a Jesús en el espacio de la proximidad divina. La presencia de la nube que «lo ocultó a sus ojos» (Hch 1, 9) hace referencia a una antiquísima imagen de la teología del Antiguo Testamento, e inserta el relato de la Ascensión en la historia de Dios con Israel, desde la nube del Sinaí y sobre la tienda de la Alianza en el desierto, hasta la nube luminosa sobre el monte de la Transfiguración. Presentar al Señor envuelto en la nube evoca, en definitiva, el mismo misterio expresado por el simbolismo de «sentarse a la derecha de Dios».


En el Cristo elevado al cielo el ser humano ha entrado de modo inaudito y nuevo en la intimidad de Dios; el hombre encuentra, ya para siempre, espacio en Dios. El «cielo», la palabra cielo no indica un lugar sobre las estrellas, sino algo mucho más osado y sublime: indica a Cristo mismo, la Persona divina que acoge plenamente y para siempre a la humanidad, Aquel en quien Dios y el hombre están inseparablemente unidos para siempre. El estar el hombre en Dios es el cielo. Y nosotros nos acercamos al cielo, más aún, entramos en el cielo en la medida en que nos acercamos a Jesús y entramos en comunión con él. Por tanto, la solemnidad de la Ascensión nos invita a una comunión profunda con Jesús muerto y resucitado, invisiblemente presente en la vida de cada uno de nosotros.


Desde esta perspectiva comprendemos por qué el evangelista san Lucas afirma que, después de la Ascensión, los discípulos volvieron a Jerusalén «con gran gozo» (Lc 24, 52). La causa de su gozo radica en que lo que había acontecido no había sido en realidad una separación, una ausencia permanente del Señor; más aún, en ese momento tenían la certeza de que el Crucificado-Resucitado estaba vivo, y en él se habían abierto para siempre a la humanidad las puertas de Dios, las puertas de la vida eterna. En otras palabras, su Ascensión no implicaba la ausencia temporal del mundo, sino que más bien inauguraba la forma nueva, definitiva y perenne de su presencia, en virtud de su participación en el poder regio de Dios.


Precisamente a sus discípulos, llenos de intrepidez por la fuerza del Espíritu Santo, corresponderá hacer perceptible su presencia con el testimonio, el anuncio y el compromiso misionero. También a nosotros la solemnidad de la Ascensión del Señor debería colmarnos de serenidad y entusiasmo, como sucedió a los Apóstoles, que del Monte de los Olivos se marcharon «con gran gozo». Al igual que ellos, también nosotros, aceptando la invitación de los «dos hombres vestidos de blanco», no debemos quedarnos mirando al cielo, sino que, bajo la guía del Espíritu Santo, debemos ir por doquier y proclamar el anuncio salvífico de la muerte y resurrección de Cristo. Nos acompañan y consuelan sus mismas palabras, con las que concluye el Evangelio según san Mateo: «Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20).


Queridos hermanos y hermanas, el carácter histórico del misterio de la resurrección y de la ascensión de Cristo nos ayuda a reconocer y comprender la condición trascendente de la Iglesia, la cual no ha nacido ni vive para suplir la ausencia de su Señor «desaparecido», sino que, por el contrario, encuentra la razón de su ser y de su misión en la presencia permanente, aunque invisible, de Jesús, una presencia que actúa con la fuerza de su Espíritu. En otras palabras, podríamos decir que la Iglesia no desempeña la función de preparar la vuelta de un Jesús «ausente», sino que, por el contrario, vive y actúa para proclamar su «presencia gloriosa» de manera histórica y existencial. Desde el día de la Ascensión, toda comunidad cristiana avanza en su camino terreno hacia el cumplimiento de las promesas mesiánicas, alimentándose con la Palabra de Dios y con el Cuerpo y la Sangre de su Señor. Esta es la condición de la Iglesia —nos lo recuerda el concilio Vaticano II—, mientras «prosigue su peregrinación en medio de las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios, anunciando la cruz y la muerte del Señor hasta que vuelva» (Lumen gentium,8).


Hermanos y hermanas de esta querida comunidad diocesana, la solemnidad de este día nos exhorta a fortalecer nuestra fe en la presencia real de Jesús en la historia; sin él, no podemos realizar nada eficaz en nuestra vida y en nuestro apostolado. Como recuerda el apóstol san Pablo en la segunda lectura, es él quien «dio a unos el ser apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelizadores; a otros, pastores y maestros, (…) en orden a las funciones del ministerio, para edificación del Cuerpo de Cristo» (Ef 4, 11-12), es decir, la Iglesia. Y esto para llegar «a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios» (Ef 4, 13), teniendo todos la vocación común a formar «un solo cuerpo y un solo espíritu, como una sola es la esperanza a la que estamos llamados» (Ef 4, 4). En este marco se coloca mi visita que, como ha recordado vuestro pastor, tiene como fin animaros a «construir, fundar y reedificar» constantemente vuestra comunidad diocesana en Cristo. ¿Cómo? Nos lo indica el mismo san Benito, que en su Regla recomienda no anteponer nada a Cristo: «Christo nihil omnino praeponere» (LXII, 11).




San Agustín:  Él ha sido elevado ya a lo más alto de los cielos; sin embargo, continúa sufriendo en la tierra a través de las fatigas que experimentan sus miembros. Así lo atestiguó con aquella voz bajada del cielo: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Y también: Tuve hambre y me disteis de comer. ¿Por qué no trabajamos nosotros también aquí en la tierra, de manera que, por la fe, la esperanza y la caridad que nos unen a él, descansemos ya con él en los cielos? Él está allí, pero continúa estando con nosotros; asimismo, nosotros, estando aquí, estamos también con él. Él está con nosotros por su divinidad, por su poder, por su amor; nosotros, aunque no podemos realizar esto como él por la divinidad, lo podemos sin embargo por el amor hacia él.





San Juan Pablo II:  


(Catequesis: Audiencia General, 23-05-1979)

 "‘Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra; id, pues; enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar cuanto yo os he mandado. Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo'» (Mt 28, 16-20)."


"Las palabras citadas contienen el así llamado mandato misionero. Los deberes que Cristo transmite a los Apóstoles definen al mismo tiempo la naturaleza misionera de la Iglesia. Esta verdad ha encontrado su expresión particularmente plena en la enseñanza del Concilio Vaticano II: «La Iglesia peregrinante es, por naturaleza, misionera, puesto que toma su origen de la misión del Hijo y de la misión del Espíritu Santo, según el propósito de Dios Padre» (Ad gentes, 2). La Iglesia nacida de esta misión salvífica, se encuentra siempre «in statu missionis: en estado de misión», y está siempre en camino. Esta condición refleja las fuerzas interiores de la fe y de la esperanza que animan a los Apóstoles, a los discípulos y a los confesores de Cristo Señor durante todos los siglos."





(Catequesis, Audienca General, 05-04-1989)


"Si queremos examinar brevemente el contenido de los anuncios transmitidos, podemos ante todo advertir que la ascensión al cielo constituye la etapa final de la peregrinación terrena de Cristo, Hijo de Dios, consustancial al Padre, que se hizo hombre por nuestra salvación. Pero esta última etapa permanece estrechamente conectada con la primera, es decir, con su “descenso del cielo”, ocurrido en la encarnación. Cristo «salido del Padre” (Jn16, 28) y venido al mundo mediante la encarnación, ahora, tras la conclusión de su misión, «deja el mundo y va al Padre” (cf. Jn 16, 28). Es un modo único de «subida”, como lo fue el del “descenso”. Solamente el que salió del Padre como Cristo lo hizo puede retornar al Padre en el modo de Cristo. Lo pone en evidencia Jesús mismo en el coloquio con Nicodemo: “Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo” (Jn3, 13). Sólo Élposee la energía divina y el derecho de “subir al cielo”, nadie más. La humanidad abandonada a sí misma, a sus fuerzas naturales, no tiene acceso a esa “casa del Padre” (Jn 14, 2), a la participación en la vida y en la felicidad de Dios. Sólo Cristo puede abrir al hombre este acceso: Él, el Hijo que “bajó del cielo”, que “salió del Padre” precisamente para esto."



Anunciar, Misión y Hablar de Dios




A los Catequistas










martes, 23 de abril de 2024

No darás falso testimonio ni mentirás


 


“Revestido del hombre nuevo, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad” (Ef 4, 24)



Catecismo de la Iglesia Católica  2464-2513




Resumen del Artículo


2504 “No darás falso testimonio contra tu prójimo” (Ex 20, 16). Los discípulos de Cristo se han “revestido del Hombre Nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad” (Ef 4, 24).


2505 La verdad o veracidad es la virtud que consiste en mostrarse verdadero en sus actos y en sus palabras, evitando la duplicidad, la simulación y la hipocresía.


2506 El cristiano no debe “avergonzarse de dar testimonio del Señor” (2 Tm 1, 8) en obras y palabras. El martirio es el supremo testimonio de la verdad de la fe.


2507 El respeto de la reputación y del honor de las personas prohíbe toda actitud y toda palabra de maledicencia o de calumnia.


2508 La mentira consiste en decir algo falso con intención de engañar al prójimo.


2509 Una falta cometida contra la verdad exige reparación.


2510 La regla de oro ayuda a discernir en las situaciones concretas si conviene o no revelar la verdad a quien la pide.


2511 “El sigilo sacramental es inviolable” (CIC can. 983, § 1). Los secretos profesionales deben ser guardados. Las confidencias perjudiciales a otros no deben ser divulgadas.


2512 La sociedad tiene derecho a una información fundada en la verdad, la libertad, la justicia. Es preciso imponerse moderación y disciplina en el uso de los medios de comunicación social.


2513 Las bellas artes, sobre todo el arte sacro, “están relacionadas, por su naturaleza, con la infinita belleza divina, que se intenta expresar, de algún modo, en las obras humanas. Y tanto más se consagran a Dios y contribuyen a su alabanza y a su gloria, cuanto más lejos están de todo propósito que no sea colaborar lo más posible con sus obras a dirigir las almas de los hombres piadosamente hacia Dios” (SC 122).




 


El Papa Benedicto XVI aseguró (18 de Febrero del 2010):


El papa Benedicto XVI ha afirmado que robar o mentir jamás pueden ser justificados como "una debilidad" del ser humano, ya que el auténtico ser humano es aquel que es generoso, bueno y justo.


El Pontífice así lo aseguró durante el encuentro que hoy mantuvo en el Vaticano con los sacerdotes de la diócesis de Roma, a los que se dirigió improvisando, sin discurso.


"En la mentalidad corriente se dice: "ha mentido, pero es humano, ha robado, es humano". Pero ese no es auténtico ser humano. Humano es ser generoso, humano es ser bueno, humano es ser un hombre de justicia", afirmó el Obispo de Roma.


El Papa subrayó que el pecado jamás se puede considerar solidaridad, sino ausencia de la misma. Se refirió también a la figura del sacerdote y señaló que el cura para ser verdadero mediador entre Dios y los hombres debe ser hombre e hijo de Dios y agregó que su misión es la de hacer de puente que lleva al hombre hasta Dios.


El Papa añadió que el sacerdote debe tener un corazón entregado a la compasión y debe ser obediente. En referencia a la obediencia, Benedicto XVI señaló que es una palabra "que no gusta en este tiempo".


"La obediencia se presenta como una alienación, como un acto servil. No es así, la palabra libertad y obediencia van juntas ya que la voluntad de Dios no es una voluntad tiránica sino el lugar donde encontramos nuestra verdadera identidad", aseguró el Papa.






Recordamos las enseñanzas del Papa Benedicto XVI (12 de Junio del 2012): 


«Conocemos también a un tipo de cultura donde no cuenta la verdad, donde cuenta sólo la sensación, el espíritu de calumnia y de destrucción».


«Se trata de una cultura caracterizada por el «dominio del mal»


El Papa Benedicto XVI arremetió contra una «cultura dominante» que se manifiesta a través del sensacionalismo, de la mentira presentada como verdad y de un falso moralismo utilizado para destruir. En un mensaje pronunciado ante varios miles de fieles en la Basílica San Juan de Letrán, al sur de Roma, el pontífice definió como «pompa del diablo» a esa cultura, de la cual pidió a todos «emanciparse y liberarse».

«Conocemos también a un tipo de cultura donde no cuenta la verdad, donde cuenta sólo la sensación, el espíritu de calumnia y de destrucción», dijo.  «Una cultura que no busca el bien, cuyo moralismo es una máscara para confundir y destruir, donde la mentira se presenta en forma de verdad y de información», agregó.  Al inaugurar el Congreso Eclesial de la Diócesis de Roma alertó contra esta corriente moderna de pensamiento que se enfoca solo en el bienestar material y niega a Dios, a la cual decimos no.


Señaló que se trata de una cultura caracterizada por el «dominio del mal» y precisó que los católicos, al recibir el sacramento del bautismo, dicen «no a ese dominio», decisión que deben realizar cada día de su vida, con los sacrificios que cuesta oponerse a la cultura dominante.

«Conocemos también a un tipo de cultura donde no cuenta la verdad, donde cuenta sólo la sensación, el espíritu de calumnia y de destrucción», dijo el Papa.

El Santo Padre, que improvisó una catequesis de media hora sobre el bautismo sin leer ningún papel, aseguró que «una cultura que no busca el bien, cuyo moralismo es una máscara para confundir y destruir, donde la mentira se presenta en forma de verdad y de información».






Al inaugurar el Congreso Eclesial de la Diócesis de Roma, Benedicto XVI alertó contra esta corriente moderna de pensamiento que se enfoca solo en el bienestar material y niega a Dios, a la cual decimos no.

El Pontífice aseguró que se trata de una cultura caracterizada por el «dominio del mal» y precisó que los católicos, al recibir el sacramento del bautismo, dicen «no a ese dominio», decisión que deben realizar cada día de su vida, con los sacrificios que cuesta oponerse a la cultura dominante.








8º No dirás falso testimonio ni mentirás


Octavo Mandamiento


Seis cosas hay que aborrece Yahvéh, y siete son abominación para su alma: ojos altaneros, lengua mentirosa, manos que derraman sangre inocente, corazón que fragua planes perversos, pies que ligeros corren hacia el mal, testigo falso que respira calumnias, y el que siembra pleitos entre los hermanos (Prov. 6, 16-19).


El comportamiento que, como personas, tenemos con nuestro prójimo puede distar mucho de ser aceptable y, por eso mismo, decir sí donde es sí y no donde es no (cf. Mt 5, 37) es lo que corresponde a cada uno de los que nos decimos hijos de Dios.


Lo demás, como bien dice Cristo, “viene del Maligno” (Mt. 5, 37) y, por lo tanto, debemos evitarlo siempre que podamos. Por eso decir falso testimonio o mentir es dar cabida, en nuestro corazón, al Príncipe de la mentira.


En primer lugar, nos deberíamos plantear las siguientes preguntas:


¿Has mentido con perjuicio grave para el prójimo?

¿Has murmurado? ¿De cosas de importancia? ¿También de dignidades eclesiásticas, autoridades políticas, superiores, etc.?

¿Has oído murmurar con gusto?

¿Has defendido la fama del prójimo, pudiendo?

¿Has descubierto sin causa faltas graves, aunque fueran verdaderas, de los otros?

¿Has levantado falso testimonio o calumniado?

¿Has juzgado mal del prójimo sin suficiente motivo?

¿Has revelado o descubierto secretos de importancia?

¿Has leído cartas ajenas, sabiendo que lo llevarían a mal?

¿Has querido enterarte de secretos, escuchando o de otro modo?

¿Has traído cuentos o chismes de unos a otros?

¿Has exagerado los defectos ajenos?

¿Has difamado o ridiculizado al prójimo? (De palabra, por escrito, por insinuaciones, infundiendo sospechas…)

¿Has restituido la fama pudiendo?

¿Has permitido murmurar cuando tenías obligación de impedirlo?

¿Has actuado de testigo falso?


Vemos, pues, que se puede incumplir el octavo Mandamiento de la Ley de Dios de muchas formas y que, por tanto, podemos incurrir en dar falso testimonio y en mentir de muchas y diversas formas.






Dice el P. Jorge Loring, en su “Para Salvarte” (70.1 y 70.2) que:


Este mandamiento manda no mentir, ni contar los defectos del prójimo sin necesidad, ni calumniarlo, ni pensar mal de él sin fundamento, ni descubrir secretos sin razón suficiente que lo justifique.


Este mandamiento prohíbe manifestar cosas ocultas que sabemos bajo secreto. Hay cosas que caen bajo secreto natural. No se puede revelar, sin causa grave, algo de lo que tenemos conocimiento, que se refiere a la vida de otra persona, y cuya revelación le causaría un daño. Esta obligación subsiste aunque no se trate de un secreto confiado, y aunque no se haya prometido guardarlo.


Para tratar de evitar el daño que podemos causar con nuestra forma de comportarnos, deberíamos siempre tener en cuenta que Jesucristo es la Verdad (cf. Jn 14,6) y que, además, es la “luz del mundo” (Jn 8,12) y que, por eso mismo, tal luz debe servirnos de faro con el que dirigir nuestra vida. Todo esto sin olvidar que seguir a Jesús, Hijo de Dios, es vivir del “Espíritu de verdad” (Jn 14,17) y que nos conduce a la “verdad completa” (Jn 16, 13).


Es Cristo, pues, el espejo donde debemos mirarnos para tratar, al menos, de imitar su forma de ser y tratar de ser “Otros Cristos” en el mundo.


Dice, a tal respecto, el Catecismo de la Iglesia católica, en su número 2464 que


“El octavo mandamiento prohíbe falsear la verdad en las relaciones con el prójimo. Este precepto moral deriva de la vocación del pueblo santo a ser testigo de su Dios, que es y que quiere la verdad. Las ofensas a la verdad expresan, mediante palabras o acciones, un rechazo a comprometerse con la rectitud moral: son infidelidades básicas frente a Dios y, en este sentido, socavan las bases de la Alianza.


Así, no se trata de un comportamiento que tenga, digamos, consecuencias en exclusiva para las personas que incurran en tales procederes sino que es la misma base de la Alianza entre el Dios y el hombre la que se viene abajo cuando se miente o se da falso testimonio.


Al respecto del daño que se puede utilizar, por ejemplo, con el hecho de acudir al falso testimonio y a la mentira, Santiago (3, 5-10) nos pone al corriente de lo que suele pasar:



“La lengua, con ser un miembro pequeño, se gloria de grandes cosas. Ved que un poco de fuego basta para quemar todo un gran bosque. También la lengua es un fuego, un mundo de iniquidad. Colocada entre nuestros miembros, la lengua contamina todo el cuerpo, e inflamada por el infierno, inflama a su vez toda nuestra vida. Todo género de fieras, de aves, de reptiles y animales marinos es domable y ha sido domado por el hombre, pero a la lengua nadie es capaz de domarla; es un mal turbulento y está llena de mortífero veneno. Con ella bendecimos al Señor y Padre nuestro y con ella maldecimos a los hombres, que han sido hechos a imagen de Dios. De la misma lengua proceden la bendición y la maldición. Y esto, hermanos, no debe ser así”.


Pero son otros los vicios en los que se puede incurrir:


-La murmuración

-La calumnia

-La adulación

-El juicio temerario

-La susurración

-La burla


En realidad, mentir o dar falso testimonio es incurrir en lo que nos hace ver la Declaración Dignitatis Humanae, a la sazón referida a la libertad religiosa. Lo hace en su punto 2:


‘Todos los hombres, conforme a su dignidad, por ser personas…, se ven impulsados, por su misma naturaleza, a buscar la verdad y, además, tienen la obligación moral de hacerlo, sobre todo con respecto a la verdad religiosa. Están obligados también a adherirse a la verdad una vez que la han conocido y a ordenar toda su vida según sus exigencias’.


Actuar en contra de la obligación que expresa la Declaración citada es, en realidad, actuar directamente contra la verdad; poder llevar a error a quien escucha lo que es una mentira o un falso testimonio; lesionar lo que es el fundamento de la comunicación entre seres humanos; fomentar la soberbia; perder, quien así actúa, la propia reputación y la fama; lesionar gravemente la caridad que debemos al prójimo y con el prójimo tener; faltar a la justicia al mentir en perjuicio del prójimo; sembrar la desconfianza en las relaciones sociales.


Por eso es condenable la mentira y, por eso mismo, decir falso testimonio es incurrir en pecado grave y, por eso mismo, se nos pide que, en caso de estar realmente arrepentidos de haber incurrido en tales conductas no sólo nos limitemos a pedir perdón haciéndoselo saber al sacerdote en el Sacramento de Reconciliación sino que, en la medida de lo posible, reparemos el daño que hayamos podido causar sabiendo, eso sí, que cuando una mancha de aceite se extiende, siempre va a quedar algo de rastro al limpiarla.









martes, 16 de abril de 2024

No hurtarás - No robarás


 

7º.- No hurtarás - No robarás



"Jesucristo nos desvela el sentido pleno de las Escrituras. «No robarás» quiere decir: ama con tus bienes, aprovecha tus medios para amar como puedas. Entonces tu vida será buena y la posesión será de verdad un don."  (Papa Francisco)





Catecismo de la Iglesia      2401-2449


Resumen CEC


2450 “No robarás” (Dt 5, 19). “Ni los ladrones, ni los avaros [...], ni los rapaces heredarán el Reino de Dios” (1Co 6, 10).


2451 El séptimo mandamiento prescribe la práctica de la justicia y de la caridad en el uso de los bienes terrenos y de los frutos del trabajo de los hombres.


2452 Los bienes de la creación están destinados a todo el género humano. El derecho a la propiedad privada no anula el destino universal de los bienes.


2453 El séptimo mandamiento prohíbe el robo. El robo es la usurpación del bien ajeno contra la voluntad razonable de su dueño.


2454 Toda manera de tomar y de usar injustamente un bien ajeno es contraria al séptimo mandamiento. La injusticia cometida exige reparación. La justicia conmutativa impone la restitución del bien robado.


2455 La ley moral prohíbe los actos que, con fines mercantiles o totalitarios, llevan a esclavizar a los seres humanos, a comprarlos, venderlos y cambiarlos como si fueran mercaderías.


2456 El dominio, concedido por el Creador, sobre los recursos minerales, vegetales y animales del universo, no puede ser separado del respeto de las obligaciones morales frente a todos los hombres, incluidos los de las generaciones venideras.


2457 Los animales están confiados a la administración del hombre que les debe benevolencia. Pueden servir a la justa satisfacción de las necesidades del hombre.


2458 La Iglesia pronuncia un juicio en materia económica y social cuando lo exigen los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas. Cuida del bien común temporal de los hombres en razón de su ordenación al supremo Bien, nuestro fin último.


2459 El hombre es el autor, el centro y el fin de toda la vida económica y social. El punto decisivo de la cuestión social estriba en que los bienes creados por Dios para todos lleguen de hecho a todos, según la justicia y con la ayuda de la caridad.


2460 El valor primordial del trabajo atañe al hombre mismo que es su autor y su destinatario. Mediante su trabajo, el hombre participa en la obra de la creación. Unido a Cristo, el trabajo puede ser redentor.


2461 El desarrollo verdadero es el del hombre en su integridad. Se trata de hacer crecer la capacidad de cada persona a fin de responder a su vocación y, por lo tanto, a la llamada de Dios (cf CA 29).


2462 La limosna hecha a los pobres es un testimonio de caridad fraterna; es también una práctica de justicia que agrada a Dios.


2463 ¿Cómo no reconocer a Lázaro, el mendigo hambriento de la parábola, en la multitud de seres humanos sin pan, sin techo, sin patria? (cf Lc 16, 19-31). ¿Cómo no escuchar a Jesús que dice: “A mi no me lo hicisteis?” (Mt 25, 45).








El primer paso hacia la vida eterna es siempre la observancia de los mandamientos; en este caso el séptimo: «No robar» 


Benedicto XVI, Ángelus III Domingo Adviento



El Evangelio de este domingo de Adviento muestra nuevamente la figura de Juan Bautista, y lo presentan mientras habla a la gente que acude a él, al río Jordán, para hacerse bautizar. Dado que Juan, con palabras penetrantes, exhorta a todos a prepararse a la venida del Mesías, algunos le preguntan: «¿Qué tenemos que hacer?» (Lc 3, 10.12.14). Estos diálogos son muy interesantes y se revelan de gran actualidad.


La primera respuesta se dirige a la multitud en general. El Bautista dice: «El que tenga dos túnicas, que comparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo» (v. 11). Aquí podemos ver un criterio de justicia, animado por la caridad. La justicia pide superar el desequilibrio entre quien tiene lo superfluo y quien carece de lo necesario; la caridad impulsa a estar atento al prójimo y salir al encuentro de su necesidad, en lugar de hallar justificaciones para defender los propios intereses. Justicia y caridad no se oponen, sino que ambas son necesarias y se completan recíprocamente. «El amor siempre será necesario, incluso en la sociedad más justa», porque «siempre se darán situaciones de necesidad material en las que es indispensable una ayuda que muestre un amor concreto al prójimo» (Enc. Deus caritas est, 28).


Vemos luego la segunda respuesta, que se dirige a algunos «publicanos», o sea, recaudadores de impuestos para los romanos. Ya por esto los publicanos eran despreciados, también porque a menudo se aprovechaban de su posición para robar. A ellos el Bautista no dice que cambien de oficio, sino que no exijan más de lo establecido (cf. v. 13). El profeta, en nombre de Dios, no pide gestos excepcionales, sino ante todo el cumplimiento honesto del propio deber. El primer paso hacia la vida eterna es siempre la observancia de los mandamientos; en este caso el séptimo: «No robar» (cf. Ex 20, 15).


La tercera respuesta se refiere a los soldados, otra categoría dotada de cierto poder, por lo tanto tentada de abusar de él. A los soldados Juan dice: «No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie con falsas denuncias, sino contentaos con la paga» (v. 14). También aquí la conversión comienza por la honestidad y el respeto a los demás: una indicación que vale para todos, especialmente para quien tiene mayores responsabilidades.


Considerando en su conjunto estos diálogos, impresiona la gran concreción de las palabras de Juan: puesto que Dios nos juzgará según nuestras obras, es ahí, justamente en el comportamiento, donde hay que demostrar que se sigue su voluntad. Y precisamente por esto las indicaciones del Bautista son siempre actuales: también en nuestro mundo tan complejo las cosas irían mucho mejor si cada uno observara estas reglas de conducta. Roguemos pues al Señor, por intercesión de María Santísima, para que nos ayude a prepararnos a la Navidad llevando buenos frutos de conversión (cf. Lc 3, 8).





Comentario:  Benedicto XVI tomó como punto de partida el pasaje bíblico que relata las recomendaciones dadas por San Juan el Bautista a los judíos que quieren alcanzar la vida eterna.


El Papa recordó que el predicador dio criterios de justicia animados por la caridad cuando señaló que, para alcanzar a salvarse, "quien tiene dos túnicas, le entregue una a quien no tiene, y quien tiene de comer, haga lo mismo".


"La justicia pide superar el desequilibrio entre quien tiene lo superfluo y a quien le falta lo necesario, la caridad empuja a estar atentos al otro y a ir al encuentro de su necesidad, en lugar de buscar justificaciones para defender sus propios intereses", dijo.


"La justicia y la caridad no se oponen, sino que ambas son necesarias y se completan mutuamente. El amor será siempre necesario, incluso en la sociedad más justa, porque siempre existirán situaciones de necesidad material en las cuales es indispensable una ayuda en la línea de un concreto amor por el prójimo", agregó.


Según el Papa, San Juan Bautista se dirigió también a algunos "publicanos"; es decir, los cobradores de impuestos por cuenta de los romanos, quienes eran despreciados porque, a menudo, aprovechaban de su posición para robar.


Destacó que a ellos no les pidió cambiar de oficio, sino empeñarse en no exigir nada más de cuanto ha sido fijado.


Así el profeta, a nombre de Dios, no solicitó gestos excepcionales sino, sobre todo, el cumplimiento honesto del propio deber. "El primer paso hacia la vida eterna es siempre la observancia de los mandamientos, en este caso el séptimo: no robar", apuntó.


San Juan habló también a los soldados, otra categoría dotada de cierto poder y, por lo tanto, tentada a abusar. A ellos los exhortó a no maltratar y no quitar nada a ninguno. "Confórmense con sus pagas", sostuvo.


Aquí, añadió Benedicto XVI, la conversión comienza por la honestidad y el respeto a los demás, una indicación que vale para todos, especialmente para quien tiene mayores responsabilidades.









No hurtarás 


Sabemos que hurtar es causar daño al prójimo tomando o reteniendo bienes que le son propios. Se hace, además, contra la voluntad del legítimo propietario pero sin causar daño en aquello que se hurta ni, tampoco, a las personas a las que se les hurta.


Pero, aunque se haga sin causar más estrago que el propio de privar de algo ajeno al prójimo, no extraña que tal forma de proceder sea contemplada en el Catálogo normativo de Dios de una forma no permitida. Sin embargo, como pasa en todos los Mandamientos de la Ley de Dios, su sentido va más allá de la letra de los mismos pues también la conducta incumplidora del ser humano de lo dicho por el Creador, es diversa y tiene, siempre, mucha imaginación para tergiversar lo que es la voluntad de Dios.


Las siguientes preguntas nos sirven, como en otros casos, para preguntarnos acerca de nuestra actitud sobre el séptimo Mandamiento:


¿Has hurtado algo ajeno en materia leve?

¿Has perjudicado gravemente a otros en sus bienes? (En su negocio, comercio, clientela, fortuna, hacienda…)

¿Has comprado o vendido con engaño? (En el peso, cantidad, calidad, medida, precio…)

¿Pagas lo justo (salarios, deudas, precios…), y cobras lo justo por tu trabajo? (Sueldos, ventas, negocios, prestamos…)

¿Has comprado, a sabiendas, lo hurtado?

¿Has jugado cantidades grandes o que no son tuyas?

¿Has hecho trampas en el juego por ganar?

¿Has pasado billetes falsos?

¿Has sisado en las compras?

¿Derrochas el dinero en lujos y caprichos?

¿Te has dejado sobornar? ¿Aceptas dinero de negociantes o litigantes?

¿Retienes el dinero ajeno? (De legados, limosnas, pagos, jornales de obreros…)


No hurtarás


¿Has cooperado de alguna manera a los robos ajenos? (Encubriéndolos, aconsejando, callando, ayudando, participando, no impidiendo…)

¿Sientes codicia excesiva, envidias a los ricos, y te quejas de Dios porque no te da más riquezas?

¿Has deseado robar al prójimo o perjudicarle en sus bienes?

¿Has tramado algo para apoderarte de lo ajeno?

¿Tratas de enriquecerte aprovechándote de la escasez o de la necesidad del prójimo?

¿Cumples con la justicia social, según tu posición?

¿Das limosnas proporcionadas a tus ingresos?











Y, ante esto, también podemos preguntarnos si hemos, por ejemplo, restituido, pudiendo, lo hurtado y resarcido el daño que se ha causado porque si está mal pecar no podemos dejar de recordar que debería ser posible que el corazón del cristiano, aquí católico, sintiera la necesidad de corregir el daño causado.


Pero para que se comprenda que lo básico en el comportamiento, ahora en este aspecto de la propiedad ajena, es que se tenga por cierto y verdadero lo que nos debe importar el prójimo, el Decreto sobre el Apostolado de los Seglares (8), de título Apostolicam actuositatem (del Concilio Vaticano II) dice que


“Para que este ejercicio de la caridad sea verdaderamente extraordinario y aparezca como tal, es necesario que se vea en el prójimo la imagen de Dios según la cual ha sido creado, y a Cristo Jesús a quien en realidad se ofrece lo que se da al necesitado; se considere con la máxima delicadeza la libertad y dignidad de la persona que recibe el auxilio; que no se manche la pureza de intención con ningún interés de la propia utilidad o por el deseo de dominar; se satisfaga ante todo a las exigencias de la justicia, y no se brinde como ofrenda de caridad lo que ya se debe por título de justicia; se quiten las causas de los males, no sólo los efectos; y se ordene el auxilio de forma que quienes lo reciben se vayan liberando poco a poco de la dependencia externa y se vayan bastando por sí mismos”


Por lo tanto, en el amor, en la caridad, ha de residir, y reside, la voluntad de tener en cuenta, para su bien, al prójimo y, así, no detraerle bienes que le son propios. Y todo esto porque sabemos, y no podemos dejarlo olvidado cuando nos conviene, que el resto de personas son criaturas de Dios y, por lo tanto, merecen respeto y tener en cuenta su dignidad como tales. Además, como expresión de verdadera caridad, San Juan, en su Primera Carta (3, 17) nos advierte acerca de que


“El que tuviere bienes de este mundo y viendo a su hermano pasar necesidad le cierra las entrañas, ¿cómo mora en él la caridad de Dios?”


Tengamos, pues, en cuenta, el sentido profundo de no hurtar pues, al fin y al cabo lo que tenemos lo habemos por gracia de Dios y el hermano que padece puede sentirse hurtado en su propia circunstancia.


En realidad, hay muchas formas de hurtar como, por ejemplo


-Quitar, retener, estropear o destrozar lo ajeno contra la voluntad de su propietario.


-El fraude o, lo que es lo mismo, hurtar con apariencias legales, con astucia, falsificaciones, mentiras, hipocresías, pesos falsos…


-La emisión de cheques sin fondo o la firma de letras de cambio que, a sabiendas, nunca podrán ser pagadas.


-La usura o las trampas en el juego.


-También lo siguiente a tener en cuenta y que recoge el Deuteronomio (25, 15-16):


Has de tener un peso cabal y exacto, e igualmente una medida cabal y exacta, para que se prologuen tus días en el suelo que Yahvéh tu Dios te da. Porque todo el que hace estas cosas, todo el que comete fraude, es una abominación para Yahvéh tu Dios.


No hurtarás


-O esto otro que recoge el Levítico (19, 35).


“No cometáis injusticia en los juicios, ni en las medidas de longitud, de peso o de capacidad: tened balanza justa, peso justo, medida justa y sextario justo. Yo soy Yahvéh vuestro Dios, que os saqué del país de Egipto”






Es más que posible que muchas de estas actuaciones queden sin castigo humano porque, como es comprensible, no todo puede ser controlado ni es posible que todas las diversas formas de hurtar que aquí hemos contemplado, tengan su justo castigo. Sin embargo, no es menos cierto y verdad que Dios, que todo lo sabe y todo lo ve, juzgará, cuando sea oportuno, semejantes comportamientos y que bien podemos darnos cuenta de esto en los textos del Antiguo Testamento aquí traídos.


Por otra parte, en el libro “Dios y el mundo” que es, como sabemos, la fijación por escrito de una larga conversación habida entre Peter Seewald y el entonces cardenal Joseph Ratzinger (Benedicto XVI) preguntó el escritor, precisamente, sobre el Mandamiento relativo a “No hurtarás”.


El cardenal respondió (a la pregunta “El séptimo mandamiento: ‘No hurtarás’. Respetar la propiedad ajena es un precepto banal. ¿Qué más esconde detrás?”) lo siguiente:


“La doctrina de la asignación universal de los bienes de la creación no es sólo una idea bonita, también tiene que funcionar. Por eso está supeditada a ella la verdad de que el individuo necesita su esfera en las necesidades fundamentales de la vida y por tanto debe existir un sistema de propiedad que cada individuo debe respetar. Esto exige, por supuesto, las necesarias leyes sociales orientadas a limitar y controlar los abusos de la propiedad.


Ahora vemos con una claridad antes infrecuente cómo las personas se autodestruyen viviendo solamente para atesorar cosas, para sus asuntos, cómo se sumergen en ello, convirtiendo la propiedad en su única divinidad. Quien, por ejemplo, se somete por completo a las leyes de la Bolsa, en el fondo no puede pensar en otra cosas. Vemos el poder que ejerce entonces el mundo de la propiedad sobre las personas. Cuanto más tienen, más esclavas son, porque deben estar continuamente cuidando esa propiedad y acrecentándola.


La problemática de la propiedad también se observa claramente en la relación perturbada entre el Primer y el Tercer Mundo. Aquí la propiedad ya no está supeditada a la asignación universal de los bienes. También aquí es preciso hallar formas legales para que esto siga equilibrado o se equilibre.


Ya ve usted cómo la palabra de respetar los bienes ajenos entraña una enorme carga de verdad. Abarca ambas cosas, la protección de que cada cual ha de recibir lo que necesita para vivir (y después hay que respetárselo), pero también la responsabilidad de utilizar la propiedad de forma que no contradiga la misión global de la creación y del amor al prójimo.”


Sepamos, pues, que hurtar, es mucho más que aquello que pudiera parecer y que, sobre todo, Dios, que ve en lo secreto, ama a quien sabe darse cuenta del mal hecho y que, al fin y al cabo, mejor cristiano es quien, ante el pecado sabe pedir perdón, restituir, reparar,  levantarse y seguir adelante.




San Lucas 19, 1-10


Habiendo entrado en Jericó, atravesaba la ciudad.

Había un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de publicanos, y rico.

Trataba de ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la gente, porque era de pequeña estatura.

Se adelantó corriendo y se subió a un sicómoro para verle, pues iba a pasar por allí.

Y cuando Jesús llegó a aquel sitio, alzando la vista, le dijo: «Zaqueo, baja pronto; porque conviene que hoy me quede yo en tu casa.»

Se apresuró a bajar y le recibió con alegría.

Al verlo, todos murmuraban diciendo: «Ha ido a hospedarse a casa de un hombre pecador.»

Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: «Daré, Señor, la mitad de mis bienes a los pobres; y si en algo defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo.»

Jesús le dijo: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también éste es hijo de Abraham, pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido...









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