martes, 16 de abril de 2024

No hurtarás - No robarás


 

7º.- No hurtarás - No robarás



"Jesucristo nos desvela el sentido pleno de las Escrituras. «No robarás» quiere decir: ama con tus bienes, aprovecha tus medios para amar como puedas. Entonces tu vida será buena y la posesión será de verdad un don."  (Papa Francisco)





Catecismo de la Iglesia      2401-2449


Resumen CEC


2450 “No robarás” (Dt 5, 19). “Ni los ladrones, ni los avaros [...], ni los rapaces heredarán el Reino de Dios” (1Co 6, 10).


2451 El séptimo mandamiento prescribe la práctica de la justicia y de la caridad en el uso de los bienes terrenos y de los frutos del trabajo de los hombres.


2452 Los bienes de la creación están destinados a todo el género humano. El derecho a la propiedad privada no anula el destino universal de los bienes.


2453 El séptimo mandamiento prohíbe el robo. El robo es la usurpación del bien ajeno contra la voluntad razonable de su dueño.


2454 Toda manera de tomar y de usar injustamente un bien ajeno es contraria al séptimo mandamiento. La injusticia cometida exige reparación. La justicia conmutativa impone la restitución del bien robado.


2455 La ley moral prohíbe los actos que, con fines mercantiles o totalitarios, llevan a esclavizar a los seres humanos, a comprarlos, venderlos y cambiarlos como si fueran mercaderías.


2456 El dominio, concedido por el Creador, sobre los recursos minerales, vegetales y animales del universo, no puede ser separado del respeto de las obligaciones morales frente a todos los hombres, incluidos los de las generaciones venideras.


2457 Los animales están confiados a la administración del hombre que les debe benevolencia. Pueden servir a la justa satisfacción de las necesidades del hombre.


2458 La Iglesia pronuncia un juicio en materia económica y social cuando lo exigen los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas. Cuida del bien común temporal de los hombres en razón de su ordenación al supremo Bien, nuestro fin último.


2459 El hombre es el autor, el centro y el fin de toda la vida económica y social. El punto decisivo de la cuestión social estriba en que los bienes creados por Dios para todos lleguen de hecho a todos, según la justicia y con la ayuda de la caridad.


2460 El valor primordial del trabajo atañe al hombre mismo que es su autor y su destinatario. Mediante su trabajo, el hombre participa en la obra de la creación. Unido a Cristo, el trabajo puede ser redentor.


2461 El desarrollo verdadero es el del hombre en su integridad. Se trata de hacer crecer la capacidad de cada persona a fin de responder a su vocación y, por lo tanto, a la llamada de Dios (cf CA 29).


2462 La limosna hecha a los pobres es un testimonio de caridad fraterna; es también una práctica de justicia que agrada a Dios.


2463 ¿Cómo no reconocer a Lázaro, el mendigo hambriento de la parábola, en la multitud de seres humanos sin pan, sin techo, sin patria? (cf Lc 16, 19-31). ¿Cómo no escuchar a Jesús que dice: “A mi no me lo hicisteis?” (Mt 25, 45).








El primer paso hacia la vida eterna es siempre la observancia de los mandamientos; en este caso el séptimo: «No robar» 


Benedicto XVI, Ángelus III Domingo Adviento



El Evangelio de este domingo de Adviento muestra nuevamente la figura de Juan Bautista, y lo presentan mientras habla a la gente que acude a él, al río Jordán, para hacerse bautizar. Dado que Juan, con palabras penetrantes, exhorta a todos a prepararse a la venida del Mesías, algunos le preguntan: «¿Qué tenemos que hacer?» (Lc 3, 10.12.14). Estos diálogos son muy interesantes y se revelan de gran actualidad.


La primera respuesta se dirige a la multitud en general. El Bautista dice: «El que tenga dos túnicas, que comparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo» (v. 11). Aquí podemos ver un criterio de justicia, animado por la caridad. La justicia pide superar el desequilibrio entre quien tiene lo superfluo y quien carece de lo necesario; la caridad impulsa a estar atento al prójimo y salir al encuentro de su necesidad, en lugar de hallar justificaciones para defender los propios intereses. Justicia y caridad no se oponen, sino que ambas son necesarias y se completan recíprocamente. «El amor siempre será necesario, incluso en la sociedad más justa», porque «siempre se darán situaciones de necesidad material en las que es indispensable una ayuda que muestre un amor concreto al prójimo» (Enc. Deus caritas est, 28).


Vemos luego la segunda respuesta, que se dirige a algunos «publicanos», o sea, recaudadores de impuestos para los romanos. Ya por esto los publicanos eran despreciados, también porque a menudo se aprovechaban de su posición para robar. A ellos el Bautista no dice que cambien de oficio, sino que no exijan más de lo establecido (cf. v. 13). El profeta, en nombre de Dios, no pide gestos excepcionales, sino ante todo el cumplimiento honesto del propio deber. El primer paso hacia la vida eterna es siempre la observancia de los mandamientos; en este caso el séptimo: «No robar» (cf. Ex 20, 15).


La tercera respuesta se refiere a los soldados, otra categoría dotada de cierto poder, por lo tanto tentada de abusar de él. A los soldados Juan dice: «No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie con falsas denuncias, sino contentaos con la paga» (v. 14). También aquí la conversión comienza por la honestidad y el respeto a los demás: una indicación que vale para todos, especialmente para quien tiene mayores responsabilidades.


Considerando en su conjunto estos diálogos, impresiona la gran concreción de las palabras de Juan: puesto que Dios nos juzgará según nuestras obras, es ahí, justamente en el comportamiento, donde hay que demostrar que se sigue su voluntad. Y precisamente por esto las indicaciones del Bautista son siempre actuales: también en nuestro mundo tan complejo las cosas irían mucho mejor si cada uno observara estas reglas de conducta. Roguemos pues al Señor, por intercesión de María Santísima, para que nos ayude a prepararnos a la Navidad llevando buenos frutos de conversión (cf. Lc 3, 8).





Comentario:  Benedicto XVI tomó como punto de partida el pasaje bíblico que relata las recomendaciones dadas por San Juan el Bautista a los judíos que quieren alcanzar la vida eterna.


El Papa recordó que el predicador dio criterios de justicia animados por la caridad cuando señaló que, para alcanzar a salvarse, "quien tiene dos túnicas, le entregue una a quien no tiene, y quien tiene de comer, haga lo mismo".


"La justicia pide superar el desequilibrio entre quien tiene lo superfluo y a quien le falta lo necesario, la caridad empuja a estar atentos al otro y a ir al encuentro de su necesidad, en lugar de buscar justificaciones para defender sus propios intereses", dijo.


"La justicia y la caridad no se oponen, sino que ambas son necesarias y se completan mutuamente. El amor será siempre necesario, incluso en la sociedad más justa, porque siempre existirán situaciones de necesidad material en las cuales es indispensable una ayuda en la línea de un concreto amor por el prójimo", agregó.


Según el Papa, San Juan Bautista se dirigió también a algunos "publicanos"; es decir, los cobradores de impuestos por cuenta de los romanos, quienes eran despreciados porque, a menudo, aprovechaban de su posición para robar.


Destacó que a ellos no les pidió cambiar de oficio, sino empeñarse en no exigir nada más de cuanto ha sido fijado.


Así el profeta, a nombre de Dios, no solicitó gestos excepcionales sino, sobre todo, el cumplimiento honesto del propio deber. "El primer paso hacia la vida eterna es siempre la observancia de los mandamientos, en este caso el séptimo: no robar", apuntó.


San Juan habló también a los soldados, otra categoría dotada de cierto poder y, por lo tanto, tentada a abusar. A ellos los exhortó a no maltratar y no quitar nada a ninguno. "Confórmense con sus pagas", sostuvo.


Aquí, añadió Benedicto XVI, la conversión comienza por la honestidad y el respeto a los demás, una indicación que vale para todos, especialmente para quien tiene mayores responsabilidades.









No hurtarás 


Sabemos que hurtar es causar daño al prójimo tomando o reteniendo bienes que le son propios. Se hace, además, contra la voluntad del legítimo propietario pero sin causar daño en aquello que se hurta ni, tampoco, a las personas a las que se les hurta.


Pero, aunque se haga sin causar más estrago que el propio de privar de algo ajeno al prójimo, no extraña que tal forma de proceder sea contemplada en el Catálogo normativo de Dios de una forma no permitida. Sin embargo, como pasa en todos los Mandamientos de la Ley de Dios, su sentido va más allá de la letra de los mismos pues también la conducta incumplidora del ser humano de lo dicho por el Creador, es diversa y tiene, siempre, mucha imaginación para tergiversar lo que es la voluntad de Dios.


Las siguientes preguntas nos sirven, como en otros casos, para preguntarnos acerca de nuestra actitud sobre el séptimo Mandamiento:


¿Has hurtado algo ajeno en materia leve?

¿Has perjudicado gravemente a otros en sus bienes? (En su negocio, comercio, clientela, fortuna, hacienda…)

¿Has comprado o vendido con engaño? (En el peso, cantidad, calidad, medida, precio…)

¿Pagas lo justo (salarios, deudas, precios…), y cobras lo justo por tu trabajo? (Sueldos, ventas, negocios, prestamos…)

¿Has comprado, a sabiendas, lo hurtado?

¿Has jugado cantidades grandes o que no son tuyas?

¿Has hecho trampas en el juego por ganar?

¿Has pasado billetes falsos?

¿Has sisado en las compras?

¿Derrochas el dinero en lujos y caprichos?

¿Te has dejado sobornar? ¿Aceptas dinero de negociantes o litigantes?

¿Retienes el dinero ajeno? (De legados, limosnas, pagos, jornales de obreros…)


No hurtarás


¿Has cooperado de alguna manera a los robos ajenos? (Encubriéndolos, aconsejando, callando, ayudando, participando, no impidiendo…)

¿Sientes codicia excesiva, envidias a los ricos, y te quejas de Dios porque no te da más riquezas?

¿Has deseado robar al prójimo o perjudicarle en sus bienes?

¿Has tramado algo para apoderarte de lo ajeno?

¿Tratas de enriquecerte aprovechándote de la escasez o de la necesidad del prójimo?

¿Cumples con la justicia social, según tu posición?

¿Das limosnas proporcionadas a tus ingresos?











Y, ante esto, también podemos preguntarnos si hemos, por ejemplo, restituido, pudiendo, lo hurtado y resarcido el daño que se ha causado porque si está mal pecar no podemos dejar de recordar que debería ser posible que el corazón del cristiano, aquí católico, sintiera la necesidad de corregir el daño causado.


Pero para que se comprenda que lo básico en el comportamiento, ahora en este aspecto de la propiedad ajena, es que se tenga por cierto y verdadero lo que nos debe importar el prójimo, el Decreto sobre el Apostolado de los Seglares (8), de título Apostolicam actuositatem (del Concilio Vaticano II) dice que


“Para que este ejercicio de la caridad sea verdaderamente extraordinario y aparezca como tal, es necesario que se vea en el prójimo la imagen de Dios según la cual ha sido creado, y a Cristo Jesús a quien en realidad se ofrece lo que se da al necesitado; se considere con la máxima delicadeza la libertad y dignidad de la persona que recibe el auxilio; que no se manche la pureza de intención con ningún interés de la propia utilidad o por el deseo de dominar; se satisfaga ante todo a las exigencias de la justicia, y no se brinde como ofrenda de caridad lo que ya se debe por título de justicia; se quiten las causas de los males, no sólo los efectos; y se ordene el auxilio de forma que quienes lo reciben se vayan liberando poco a poco de la dependencia externa y se vayan bastando por sí mismos”


Por lo tanto, en el amor, en la caridad, ha de residir, y reside, la voluntad de tener en cuenta, para su bien, al prójimo y, así, no detraerle bienes que le son propios. Y todo esto porque sabemos, y no podemos dejarlo olvidado cuando nos conviene, que el resto de personas son criaturas de Dios y, por lo tanto, merecen respeto y tener en cuenta su dignidad como tales. Además, como expresión de verdadera caridad, San Juan, en su Primera Carta (3, 17) nos advierte acerca de que


“El que tuviere bienes de este mundo y viendo a su hermano pasar necesidad le cierra las entrañas, ¿cómo mora en él la caridad de Dios?”


Tengamos, pues, en cuenta, el sentido profundo de no hurtar pues, al fin y al cabo lo que tenemos lo habemos por gracia de Dios y el hermano que padece puede sentirse hurtado en su propia circunstancia.


En realidad, hay muchas formas de hurtar como, por ejemplo


-Quitar, retener, estropear o destrozar lo ajeno contra la voluntad de su propietario.


-El fraude o, lo que es lo mismo, hurtar con apariencias legales, con astucia, falsificaciones, mentiras, hipocresías, pesos falsos…


-La emisión de cheques sin fondo o la firma de letras de cambio que, a sabiendas, nunca podrán ser pagadas.


-La usura o las trampas en el juego.


-También lo siguiente a tener en cuenta y que recoge el Deuteronomio (25, 15-16):


Has de tener un peso cabal y exacto, e igualmente una medida cabal y exacta, para que se prologuen tus días en el suelo que Yahvéh tu Dios te da. Porque todo el que hace estas cosas, todo el que comete fraude, es una abominación para Yahvéh tu Dios.


No hurtarás


-O esto otro que recoge el Levítico (19, 35).


“No cometáis injusticia en los juicios, ni en las medidas de longitud, de peso o de capacidad: tened balanza justa, peso justo, medida justa y sextario justo. Yo soy Yahvéh vuestro Dios, que os saqué del país de Egipto”






Es más que posible que muchas de estas actuaciones queden sin castigo humano porque, como es comprensible, no todo puede ser controlado ni es posible que todas las diversas formas de hurtar que aquí hemos contemplado, tengan su justo castigo. Sin embargo, no es menos cierto y verdad que Dios, que todo lo sabe y todo lo ve, juzgará, cuando sea oportuno, semejantes comportamientos y que bien podemos darnos cuenta de esto en los textos del Antiguo Testamento aquí traídos.


Por otra parte, en el libro “Dios y el mundo” que es, como sabemos, la fijación por escrito de una larga conversación habida entre Peter Seewald y el entonces cardenal Joseph Ratzinger (Benedicto XVI) preguntó el escritor, precisamente, sobre el Mandamiento relativo a “No hurtarás”.


El cardenal respondió (a la pregunta “El séptimo mandamiento: ‘No hurtarás’. Respetar la propiedad ajena es un precepto banal. ¿Qué más esconde detrás?”) lo siguiente:


“La doctrina de la asignación universal de los bienes de la creación no es sólo una idea bonita, también tiene que funcionar. Por eso está supeditada a ella la verdad de que el individuo necesita su esfera en las necesidades fundamentales de la vida y por tanto debe existir un sistema de propiedad que cada individuo debe respetar. Esto exige, por supuesto, las necesarias leyes sociales orientadas a limitar y controlar los abusos de la propiedad.


Ahora vemos con una claridad antes infrecuente cómo las personas se autodestruyen viviendo solamente para atesorar cosas, para sus asuntos, cómo se sumergen en ello, convirtiendo la propiedad en su única divinidad. Quien, por ejemplo, se somete por completo a las leyes de la Bolsa, en el fondo no puede pensar en otra cosas. Vemos el poder que ejerce entonces el mundo de la propiedad sobre las personas. Cuanto más tienen, más esclavas son, porque deben estar continuamente cuidando esa propiedad y acrecentándola.


La problemática de la propiedad también se observa claramente en la relación perturbada entre el Primer y el Tercer Mundo. Aquí la propiedad ya no está supeditada a la asignación universal de los bienes. También aquí es preciso hallar formas legales para que esto siga equilibrado o se equilibre.


Ya ve usted cómo la palabra de respetar los bienes ajenos entraña una enorme carga de verdad. Abarca ambas cosas, la protección de que cada cual ha de recibir lo que necesita para vivir (y después hay que respetárselo), pero también la responsabilidad de utilizar la propiedad de forma que no contradiga la misión global de la creación y del amor al prójimo.”


Sepamos, pues, que hurtar, es mucho más que aquello que pudiera parecer y que, sobre todo, Dios, que ve en lo secreto, ama a quien sabe darse cuenta del mal hecho y que, al fin y al cabo, mejor cristiano es quien, ante el pecado sabe pedir perdón, restituir, reparar,  levantarse y seguir adelante.




San Lucas 19, 1-10


Habiendo entrado en Jericó, atravesaba la ciudad.

Había un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de publicanos, y rico.

Trataba de ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la gente, porque era de pequeña estatura.

Se adelantó corriendo y se subió a un sicómoro para verle, pues iba a pasar por allí.

Y cuando Jesús llegó a aquel sitio, alzando la vista, le dijo: «Zaqueo, baja pronto; porque conviene que hoy me quede yo en tu casa.»

Se apresuró a bajar y le recibió con alegría.

Al verlo, todos murmuraban diciendo: «Ha ido a hospedarse a casa de un hombre pecador.»

Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: «Daré, Señor, la mitad de mis bienes a los pobres; y si en algo defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo.»

Jesús le dijo: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también éste es hijo de Abraham, pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido...









martes, 9 de abril de 2024

No cometerás adulterio

 




EL SEXTO MANDAMIENTO




No cometerás adulterio (Ex 20, 14; Dt 5, 18)




Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón (Mt 5, 27-28).




 Hombre y mujer los creó  (Gn 1,27)


Del Catecismo de la Iglesia Católica


2331 Dios es amor y vive en sí mismo un misterio de comunión personal de amor. Creándola a su imagen... Dios inscribe en la humanidad del hombre y de la mujer la vocación, y consiguientemente la capacidad y la responsabilidad del amor y de la comunión (FC 11).


Dios creó el hombre a imagen suya... hombre y mujer los creó (Gn 1, 27). Creced y multiplicaos (Gn 1, 28); el día en que Dios creó al hombre, le hizo a imagen de Dios. Los creó varón y mujer, los bendijo, y los llamó Hombre en el día de su creación (Gn 5, 1-2).


2332 La sexualidad abraza todos los aspectos de la persona humana, en la unidad de su cuerpo y de su alma. Concierne particularmente a la afectividad, a la capacidad de amar y de procrear y, de manera más general, a la aptitud para establecer vínculos de comunión con otro.


2333 Corresponde a cada uno, hombre y mujer, reconocer y aceptar su identidad sexual. La diferencia y la complementariedad físicas, morales y espirituales, están orientadas a los bienes del matrimonio y al desarrollo de la vida familiar. La armonía de la pareja humana y de la sociedad depende en parte de la manera en que son vividas entre los sexos la complementariedad, la necesidad y el apoyo mutuos.


2334 Creando al hombre «varón y mujer», Dios da la dignidad personal de igual modo al hombre y a la mujer(FC 22; cf GS 49, 2). El hombre es una persona, y esto se aplica en la misma medida al hombre y a la mujer, porque los dos fueron creados a imagen y semejanza de un Dios personal (MD 6).


2335 Cada uno de los dos sexos es, con una dignidad igual, aunque de manera distinta, imagen del poder y de la ternura de Dios. La unión del hombre y de la mujer en el matrimonio es una manera de imitar en la carne la generosidad y la fecundidad del Creador: El hombre deja a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne (Gn 2, 24). De esta unión proceden todas las generaciones humanas (cf Gn 4, 1-2.25-26; 5, 1).


2336 Jesús vino a restaurar la creación en la pureza de sus orígenes. En el Sermón de la Montaña interpreta de manera rigurosa el plan de Dios: Habéis oído que se dijo: «no cometerás adulterio». Pues yo os digo: «Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón» (Mt 5, 27-28). El hombre no debe separar lo que Dios ha unido (cf Mt 19, 6).





                          Imagen 2.a    



La Tradición de la Iglesia ha entendido el sexto mandamiento como referido a la globalidad de la sexualidad humana.







Sentido y fin de la sexualidad


La llamada de Dios al hombre y a la mujer a «crecer y multiplicarse» ha de leerse siempre desde la perspectiva de la creación «a imagen y semejanza» de la Trinidad (Cf. Gn 1). Esto hace que la generación humana, dentro del contexto más amplio de la sexualidad, no sea algo «puramente biológico, sino que afecta al núcleo íntimo de la persona humana en cuanto tal» (Catecismo, 2361). Por esta razón la sexualidad humana es esencialmente distinta a la animal.


«Dios es amor» (1 Jn 4,8), y su amor es fecundo. De esta fecundidad ha querido que participe la criatura humana, asociando la generación de cada nueva persona a un específico acto de amor entre un hombre y una mujer. Por esto, «el sexo no es una realidad vergonzosa, sino una dádiva divina que se ordena limpiamente a la vida, al amor, a la fecundidad».


Siendo el hombre un individuo compuesto de cuerpo y alma, el acto amoroso generativo exige la participación de todas las dimensiones de la persona: la corporeidad, los afectos, el espíritu.


El pecado original rompió la armonía del hombre consigo mismo y con los demás. Esta fractura ha tenido una repercusión particular en la capacidad de la persona de vivir la sexualidad. De una parte, oscureciendo en la inteligencia el nexo inseparable que existe entre las dimensiones afectivas y generativas de la unión conyugal; de otra, dificultando el dominio que la voluntad ejerce sobre los dinamismos afectivos y corporales de la sexualidad. Esto ha producido el oscurecimiento del alto sentido antropológico de la sexualidad y de su dimensión moral.


En el contexto actual es importante distinguir una legítima reflexión sobre el género de aquella “ideología de género” que condena el Papa Francisco. La primera intenta superar las diferencias sociales entre el hombre y la mujer con una lectura crítica de aquella visión demasiado “naturalista” de la identidad sexual que reduce al dato biológico toda la dimensión sexual de la persona. Al mismo tiempo propugna una superación de las discriminaciones injustas en relación a la orientación sexual. La segunda, por su parte, promueve una visión de la persona humana y de su sexualidad incompatible con la Revelación cristiana, pues no sólo distingue, sino que separa el sexo biológico del género como papel sociocultural del sexo.


La necesidad de purificación y maduración que exige la sexualidad en su condición actual, redimida por Cristo, pero todavía en camino hacia la patria definitiva, no supone en modo alguno su rechazo, o una consideración negativa de este don que el hombre y la mujer han recibido de Dios. Implica más bien la necesidad de «sanearlo para que alcance su verdadera grandeza». En esta tarea juega un papel fundamental la virtud de la castidad.






Imagen 2.b







Imagen 2.c





De "Dios y el Mundo" entrevista a Benedicto XVI

p. 163


 El sexto mandamiento: «El texto original de este mandamiento dice en el Antiguo Testamento: «No cometerás adulterio» (Éxodo 20:14; Deuteronomio 5:18). Así pues, este mandamiento tiene, en principio, un significado muy específico. Y es la inviolabilidad de la relación de fidelidad entre hombre y mujer, que no sólo vela por el futuro de las personas, sino que también integra la sexualidad en la totalidad del ser humano, confiriéndole así su dignidad y grandeza.

        He aquí el núcleo de este mandamiento. No hay que situarlo en un contacto incidental, sino dentro del contexto del sí mutuo de dos personas, que al mismo tiempo dicen sí a los hijos; es decir, el matrimonio es la auténtica sede en la que la sexualidad adquiere su grandeza y dignidad humanas. Sólo en él se vuelve sensual el espíritu, y los sentidos, espirituales. En él se cumple lo que hemos definido como la esencia de la persona. Ejerce la función de puente, de que los dos extremos de la creación entren uno dentro de otro, entregándose mutuamente su dignidad y su grandeza.

        Cuando se dice que la sede de la sexualidad es el matrimonio, implica un vínculo amoroso y de fidelidad que incluye la mutua asistencia y disposición para el futuro, es decir, que está ordenado pensando en la humanidad en conjunto, y, lógicamente, implica que sólo en el matrimonio encuentra la sexualidad su auténtica dignidad y humanización.

        Indudablemente el poder del instinto, sobre todo en un mundo caracterizado por el erotismo, es formidable, de manera que la vinculación a ese lugar primigenio de fidelidad y amor se torna ya casi incomprensible. La sexualidad se ha convertido hace mucho en una mercancía a gran escala que se puede comprar. Pero también es evidente que con ello se ha deshumanizado, y supone, además, abusar de la persona de la que obtengo sexo considerándola una mera mercancía, sin respetarla como ser humano. Las personas que se convierten a sí mismas en mercancía o son obligadas a ello, quedan arruinadas en toda regla. Con el paso del tiempo, el mercado de la sexualidad ha generado incluso un nuevo mercado de esclavos. Dicho de otra manera: en el momento en que no vinculo la sexualidad a una libertad autovinculante de mutua responsabilidad, que no la enlazo con la totalidad del ser, surge, por fuerza, la lógica comercialización de la persona.

        [El núcleo del mandamiento ] Recoge el siguiente mensaje de la creación: «hombre y mujer han sido creados para ser compañeros. Dejarán padre y madre y se convertirán en una sola carne», leemos en el Génesis. Ahora, desde una óptica puramente biológica, cabría afirmar que la naturaleza ha inventado la sexualidad para conservar la especie. Pero esto que hallamos en un principio como puro producto de la naturaleza, como mera realidad biológica, adquiere forma humana en la comunidad de hombre y mujer. Es una manera de abrirse una persona a la otra. No sólo de desarrollar unión y fidelidad, sino de crear conjuntamente el espacio en el que crezca el ser humano desde la concepción. En este ámbito, sobre todo, surge la correcta unión del ser humano. Lo que primero es una ley biológica, un truco de la naturaleza (si queremos expresarlo así), adquiere una forma humana que propicia la fidelidad y el vínculo amoroso entre hombre y mujer, y que a su vez posibilita la familia.



        p. 165


 Ciertamente el sexto mandamiento conlleva el mensaje de la naturaleza misma. La naturaleza regula la existencia de dos sexos para que se conserve la especie, y esto es especialmente aplicable a seres vivientes que cuando salen del seno materno no están en modo alguno preparados y precisan prolongados cuidados.

        En efecto, el ser humano no huye del nido, sino que está siempre metido en él. Desde una óptica puramente biológica, la raza humana está hecha de modo que la ampliación del seno materno debe conllevar el amor del padre y de la madre, para que, pasado el primer estadio biológico, pueda proseguir el desarrollo hasta convertirse en persona. El seno de la familia es casi un requisito de la existencia.

        En este sentido, la propia naturaleza revela aquí el rostro primigenio del ser humano. Este necesita una vinculación mutua duradera. En ella, el hombre y la mujer se dan primero a sí mismos, y después también a los hijos para que éstos comprendan la ley del amor, de la entrega, del perderse. Y es que los que están siempre metidos en el nido necesitan la fidelidad posterior al nacimiento. El mensaje del matrimonio y de la familia, por tanto, es plenamente una ley de la propia creación y no se opone a la naturaleza del ser humano.



        p.166


 Sigue siendo cierto que aquí –al igual que en todos los demás ámbitos de los que hemos hablado– existe una tendencia opuesta [a la fidelidad conyugal]. Aquí hay un exceso de poder biológico. En las sociedades modernas –pero también en las sociedades tardías de épocas más antiguas, como por ejemplo en la Roma imperial– podemos observar una erotización pública que fomenta aún más los excesos del instinto, dificultando el compromiso del matrimonio.

        Volvamos a lo que hemos apuntado sobre las cuatro leyes. Aquí vemos dos órdenes diferentes. El mensaje de la  naturaleza nos remite a una unión de hombre y mujer, que es el movimiento natural más íntimo que finalmente se convierte en humano y crea el espacio para el posterior desarrollo de la persona. El otro mensaje es que en cierto sentido también tendemos a la promiscuidad, o al menos a practicar una sexualidad que se niega a restringirse al marco de una familia.

        Podemos reconocer muy bien desde la fe la diferencia de estos dos planos de naturalidad. Uno se presenta realmente como el mensaje de la creación y el otro como una autodeterminación del ser humano. Por esta razón la vinculación al matrimonio siempre implicará lucha. Aunque también comprobamos que, cuando se logra, madura la humanidad y los hijos pueden aprender el futuro. En una sociedad en la que el divorcio se ha vuelto tan normal, el daño siempre recae sobre los hijos. Sólo por esto surge, visto desde la óptica filial, otra demostración de que estar juntos, mantener la fidelidad, sería lo auténticamente correcto y adecuado al ser humano.


"Dios y el Mundo" Benedicto XVI - Una conversación con Peter Seewald













Benedicto XVI: "A través del amor, el hombre y la mujer experimentan de un modo nuevo, el uno gracias al otro, la grandeza y la belleza de la vida y de lo verdadero"





Catequesis sobre "el deseo de Dios"


Queridos hermanos y hermanas:


El camino de reflexión que estamos haciendo juntos en este Año de la Fe nos lleva a meditar hoy sobre un aspecto fascinante de la experiencia humana y cristiana: el hombre lleva en sí un misterioso anhelo de Dios. Muy significativamente, el Catecismo de la Iglesia Católica se abre, precisamente, con la siguiente consideración: "El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar" (n. 27).


Esta declaración, que aún hoy en muchos contextos culturales parece totalmente compartida, casi obvia, podría percibirse más bien como un desafío en la cultura secularizada occidental. Muchos de nuestros contemporáneos, de hecho, podrían argumentar que no tienen ningún deseo de Dios. Para amplios sectores de la sociedad, Él ya no es el esperado, el deseado, sino más bien una realidad que deja indiferentes, ante la cual ni siquiera hay hacer el esfuerzo de pronunciarse. En realidad, lo que hemos definido como "el deseo de Dios" no ha desaparecido por completo y se asoma aún hoy en día, en muchos sentidos, en el corazón del hombre. El deseo humano tiende siempre hacia ciertos bienes concretos, a menudo para nada espirituales, y, sin embargo, se enfrenta al interrogante sobre cuál es realmente "el" bien, y por lo tanto, a confrontarse con algo que es distinto de sí mismo, que el hombre no puede construir, pero que está llamado a reconocer. ¿Qué es lo que realmente puede satisfacer el deseo humano?


En mi primera Encíclica, Deus Caritas Est, intenté analizar cómo esta dinámica se realiza en la experiencia del amor humano, experiencia que en nuestra época, se percibe más fácilmente como un momento de éxtasis, de salir de sí mismos, como lugar donde "el hombre percibe que está inundado por un deseo que lo supera. A través del amor, el hombre y la mujer experimentan de un modo nuevo, el uno gracias al otro, la grandeza y la belleza de la vida y de lo verdadero. Si lo que experimento no es una mera ilusión, si realmente deseo el bien del otro como medio, también hacia mi bien, entonces debo estar dispuesto a descentralizarme, para ponerme a su servicio, hasta renunciar a mí mismo. La respuesta a la pregunta sobre el sentido de la experiencia del amor pasa, por lo tanto, a través de la purificación y la curación de la voluntad, que requiere el mismo bien que se desea para el otro. Hay que ejercitarse, entrenarse y también corregirse, para que ese bien pueda ser querido verdaderamente.


...se traduce así como una peregrinación "como camino permanente, como un salir del yo cerrado en sí mismo hacia su liberación en la entrega de sí y, precisamente de este modo, hacia el reencuentro consigo mismo, más aún, hacia el descubrimiento de Dios". (Encíclica Deus caritas est n. 6). A través de este camino, el hombre podrá profundizar progresivamente en el conocimiento del amor, que había experimentado al principio. Y se irá vislumbrando, cada vez más, el misterio que representa: ni siquiera el ser querido, de hecho, es capaz de satisfacer el deseo que habita en el corazón humano, aún más, cuánto más auténtico es el amor hacia el otro, más queda en pie el interrogante sobre su origen y su destino, sobre la posibilidad que tiene de durar para siempre. Por lo tanto, la experiencia humana del amor tiene en sí un dinamismo, que conduce más allá de sí mismo y a encontrarse ante el misterio que envuelve toda la existencia.


Consideraciones similares se podrían hacer también con respecto a otras experiencias humanas, tales como la amistad, la experiencia de la belleza, el amor por el conocimiento: todo bien experimentado por hombre tiende hacia el misterio que rodea al hombre mismo; y cada deseo que se asoma al corazón humano se hace eco de un deseo fundamental que nunca se está totalmente satisfecho. Sin lugar a dudas de este deseo profundo, que también esconde algo de enigmático, no se puede llegar directamente a la fe. El hombre, en definitiva, sabe bien lo que no le sacia, pero no puede adivinar o definir lo que le haría experimentar aquella felicidad que lleva en el corazón la nostalgia. No se puede conocer a Dios sólo por la voluntad del hombre. Desde este punto de vista sigue el misterio: el hombre es buscador del Absoluto, un buscador que da pequeños pasos de incertidumbre.



...


Educar a saborear las alegrías verdaderas desde temprana edad, en todos los ámbitos de la vida ? la familia, la amistad, la solidaridad con los que sufren, renunciar al propio yo para servir a los demás, el amor por el conocimiento, por el arte, por la belleza de la naturaleza -, todo esto significa ejercer el gusto interior y producir anticuerpos efectivos contra la banalización y el aplanamiento predominante hoy.


Los adultos también necesitan redescubrir estas alegrías, desear realidades auténticas, purificarse de la mediocridad en la que pueden encontrarse enredados. Entonces será más fácil dejar caer o rechazar todo aquello que, aunque en principio parece atractivo, resulta en cambio insípido, y es fuente de adicción y no de libertad. Y esto hará que emerja aquel deseo de Dios del que estamos hablando.


Un segundo aspecto, que va de la mano con el anterior, es no estar nunca satisfecho con lo que se ha logrado. Sólo las alegrías más verdaderas son capaces de liberarnos de aquella sana inquietud que conduce a ser más exigentes – querer un bien mayor, más profundo – y a la vez a percibir siempre con más claridad que nada finito puede llenar nuestro corazón. Así aprenderemos a tender, desarmados, hacia aquel bien que no se puede construir o adquirir por nuestros propios esfuerzos; a no dejarnos desanimar por la dificultad o por los obstáculos que vienen de nuestro pecado.


En este sentido, no debemos olvidar, sin embargo, que el dinamismo del deseo está siempre abierto a la redención. Incluso cuando éste se te adentra por malos caminos, cuando persigue paraísos artificiales y parece perder la capacidad de anhelar el verdadero bien. Incluso en el abismo del pecado no se apaga, en el hombre, la chispa que le permite reconocer el verdadero bien, de saborearlo, y de iniciar así un camino de ascesis, al cual Dios, por el don de su gracia, nunca nos hace faltar su ayuda.


Texto Completo de la Catequesis






11 Diferencias entre amor y lujuria


1. La lujuria busca satisfacer a uno mismo. El amor busca entregarse totalmente al otro (“amar es darlo todo y darse uno mismo”, decía Teresa de Lisieux


 2. La lujuria trata a los demás como objetos para usar. El amor afirma a los demás como personas


3. La lujuria sacrificará a los demás por el propio interés. El amor es servicial, el que ama se sacrifica por los demás


4. La lujuria manipula, se usa para controlar al otro. El amor quiere respetar la libertad del otro


5. La lujuria esclaviza. El amor nos libera


6. La lujuria no es exclusiva, se entrega casi a cualquiera. El amor es exclusivo: quiere sólo al amado


7. La lujuria ve el cuerpo como una “cosa”. El amor respeta el cuerpo como un “alguien”


8. La lujuria arrebata el placer, que siempre será bastante fugaz. El amor desea una felicidad eterna


9. La lujuria enseguida se llena de envidia. El amor espera siempre, confía siempre


10. La lujuria termina cuando acaba el placer. El amor permanece en lo bueno y en lo malo


11.  La lujuria nos hace sentir usados. El amor nos hace sentir valorados




Las 4 características del amor: el esponsal y el de Dios


Tanto el amor de Dios como el amor entre esposo y esposa tienen 4 características compartidas:


1. Se entrega libremente:


No se puede comprar ni sobornar, quien no es libre no lo puede entregar. "Solo si soy libre puedo darme libremente", dice West. "Hermanas, ¿os casaríais con un hombre si sabéis que es incapaz de decir "no" a sus impulsos sexuales? Si no puedes decir "no", no eres libre. Un alcohólico no puede decir no a una copa, está encadenado. Hoy se llama "libertad sexual" a lo que en realidad es adicción sexual".


2. Es entrega total


En los votos matrimoniales decimos "yo, te acepto y me entrego a ti"; al hacer eso excluimos a otras parejas y otros estilos de vida.


3. Es fiel


Incluye, además de la exclusividad, la perseverancia, el acompañar, el mantenerse caminando juntos, el resistir ante las adversidades...


4. Es fértil, da fruto


Se abre a acoger a los hijos, es un amor que genera vida.


"Esas 4 características son las del matrimonio: libre, fiel, fértil, total... Son las 4 cosas que te preguntan al casarte. Así también es el compromiso de Cristo con la Iglesia. Y el acto sexual debe expresar eso con su lenguaje corporal. El acto sexual son los votos matrimoniales hechos carne. Yo entendí eso a los 24 años leyendo la Teología del Cuerpo de Juan Pablo II. Y todo hizo click, todo en la Iglesia Católica sobre sexo tuvo sentido entonces", explicó West.



La ética sexual cristiana, como la etiqueta de un elegante banquete, es exigente, pero crea belleza y da vida. La virtud cristiana, como aprender a tocar el piano o destacar en un deporte, requiere aprendizaje y esfuerzo, pero vale la pena y el deseo de algo bueno (hacer música, crear algo bello y perdurable) lo alimenta.


"Jesús no te impone una ética forzada: primero te cambia el corazón, tus valores, tu deseo profundo... Si la ley se inscribe en nuestro corazón, ya estamos libres de la Ley, porque no tenemos deseo de romperla. Somos libres para vivirla, porque es lo que nuestro corazón desea. Solo nos enfadamos con la Ley cuando tenemos deseos de romperla. El problema no es la enseñanza de la Iglesia, sino tu corazón. En vez de intentar rebajar la enseñanza cristiana, pongámonos de rodillas y pidamos al Señor que cambie nuestro corazón", anima Christopher West.


Y plantea un sueño, quizá no tan lejano: "¿Y si un día todo el mundo llega a ver que lo que la Iglesia enseñaba era lo correcto? ¿Y si el mundo reconoce que hemos estado conduciendo como locos en la dirección equivocada con la Iglesia diciendo 'conducís contra dirección, vais a matar a alguien'?










Ver:


Teología del cuerpo


Matrimonio en Cristo


Pudor y Castidad






LA PUREZA HASTA EL HEROÍSMO











miércoles, 25 de octubre de 2023

"Sacrificio expiatorio en favor de los muertos...” (2 M 12, 46)




 “Por eso mandó [Judas Macabeo] hacer este sacrificio expiatorio en favor de los muertos, para que quedaran liberados del pecado” (2 M 12, 46)




El cielo no es un lugar físico

Benedicto XVI,  15 de agosto de 2010 


 "S.S. Pío XII, el 1 de noviembre de 1950, definió solemnemente este dogma, y quiero leer —aunque es un poco complicada— la forma de la dogmatización. Dice el Papa: «Por eso, la augusta Madre de Dios, misteriosamente unida a Jesucristo desde toda la eternidad, por un solo y mismo decreto de predestinación, inmaculada en su concepción, virgen integérrima en su divina maternidad, generosamente asociada al Redentor divino, que alcanzó pleno triunfo sobre el pecado y sus consecuencias, consiguió al fin, como corona suprema de sus privilegios, ser conservada inmune de la corrupción del sepulcro y, del mismo modo que antes su Hijo, vencida la muerte, ser elevada en cuerpo y alma a la suprema gloria del cielo, donde brillaría como reina a la derecha de su propio Hijo, Rey inmortal de los siglos» (const. ap. Munificentissimus Deus: AAS 42 [1950] 768-769).



Este es, por tanto, el núcleo de nuestra fe en la Asunción: creemos que María, como Cristo, su Hijo, ya ha vencido la muerte y triunfa ya en la gloria celestial en la totalidad de su ser, «en cuerpo y alma».



San Pablo, en la segunda lectura de hoy, nos ayuda a arrojar un poco de luz sobre este misterio partiendo del hecho central de la historia humana y de nuestra fe, es decir, el hecho de la resurrección de Cristo, que es «la primicia de los que han muerto». Inmersos en su Misterio pascual, hemos sido hechos partícipes de su victoria sobre el pecado y sobre la muerte.


 Aquí está el secreto sorprendente y la realidad clave de toda la historia humana.


 San Pablo nos dice que todos fuimos «incorporados» en Adán, el primer hombre, el hombre viejo; todos tenemos la misma herencia humana, a la que pertenece el sufrimiento, la muerte y el pecado. 

Pero a esta realidad que todos podemos ver y vivir cada día añade algo nuevo: 

no sólo tenemos esta herencia del único ser humano, que comenzó con Adán, sino que hemos sido «incorporados» también en el hombre nuevo, en Cristo resucitado, y así la vida de la Resurrección ya está presente en nosotros.


 Por tanto, esta primera «incorporación» biológica es incorporación en la muerte, incorporación que genera la muerte. La segunda, nueva, que se nos da en el Bautismo, es «incorporación» que da la vida. 


Cito de nuevo la segunda lectura de hoy; dice san Pablo: «Porque, habiendo venido por un hombre la muerte, también por un hombre viene la resurrección de los muertos. Pues del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo. Pero cada cual en su rango: Cristo como primicia; luego los de Cristo en su venida» (1 Co 15, 21-23)».


Ahora bien, lo que san Pablo afirma de todos los hombres, la Iglesia, en su magisterio infalible, lo dice de María en un modo y sentido precisos: la Madre de Dios se inserta hasta tal punto en el Misterio de Cristo que es partícipe de la Resurrección de su Hijo con todo su ser ya al final de su vida terrena; vive lo que nosotros esperamos al final de los tiempos cuando sea aniquilado «el último enemigo», la muerte (cf. 1 Co 15, 26); ya vive lo que proclamamos en el Credo: «Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro».

Entonces podemos preguntarnos: ¿Cuáles son las raíces de esta victoria sobre la muerte anticipada prodigiosamente en María? Las raíces están en la fe de la Virgen de Nazaret, como atestigua el pasaje del Evangelio que hemos escuchado (cf. Lc 1, 39-56):


 "Una fe que es obediencia a la Palabra de Dios y abandono total a la iniciativa y a la acción divina, según lo que le anuncia el arcángel. La fe, por tanto, es la grandeza de María, como proclama gozosamente Isabel: María es «bendita entre las mujeres», «bendito es el fruto de su vientre» porque es «la madre del Señor», porque cree y vive de forma única la «primera» de las bienaventuranzas, la bienaventuranza de la fe. Isabel lo confiesa en su alegría y en la del niño que salta en su seno: «¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!» (v. 45). 

Queridos amigos, no nos limitemos a admirar a María en su destino de gloria, como una persona muy lejana de nosotros. No.


 Estamos llamados a mirar lo que el Señor, en su amor, ha querido también para nosotros, para nuestro destino final: vivir por la fe en la comunión perfecta de amor con él y así vivir verdaderamente.

A este respecto, quiero detenerme en un aspecto de la afirmación dogmática, donde se habla de asunción a la gloria celestial. 



Hoy todos somos bien conscientes de que con el término «cielo» no nos referimos a un lugar cualquiera del universo, a una estrella o a algo parecido. No. 


Nos referimos a algo mucho mayor y difícil de definir con nuestros limitados conceptos humanos. Con este término «cielo» queremos afirmar que Dios, el Dios que se ha hecho cercano a nosotros, no nos abandona ni siquiera en la muerte y más allá de ella, sino que nos tiene reservado un lugar y nos da la eternidad; queremos afirmar que en Dios hay un lugar para nosotros.


 Para comprender un poco más esta realidad miremos nuestra propia vida: todos experimentamos que una persona, cuando muere, sigue subsistiendo de alguna forma en la memoria y en el corazón de quienes la conocieron y amaron. Podríamos decir que en ellos sigue viviendo una parte de esa persona, pero es como una «sombra» porque también esta supervivencia en el corazón de los seres queridos está destinada a terminar. Dios, en cambio, no pasa nunca y todos existimos en virtud de su amor.

 Existimos porque él nos ama, porque él nos ha pensado y nos ha llamado a la vida. Existimos en los pensamientos y en el amor de Dios. Existimos en toda nuestra realidad, no sólo en nuestra «sombra». 


Nuestra serenidad, nuestra esperanza, nuestra paz se fundan precisamente en esto: en Dios, en su pensamiento y en su amor; no sobrevive sólo una «sombra» de nosotros mismos, sino que en él, en su amor creador, somos conservados e introducidos con toda nuestra vida, con todo nuestro ser, en la eternidad.


Es su amor lo que vence la muerte y nos da la eternidad, y es este amor lo que llamamos «cielo»: Dios es tan grande que tiene sitio también para nosotros.


 Y el hombre Jesús, que es al mismo tiempo Dios, es para nosotros la garantía de que ser-hombre y ser-Dios pueden existir y vivir eternamente uno en el otro.

 Esto quiere decir que de cada uno de nosotros no seguirá existiendo sólo una parte que, por así decirlo, nos es arrancada, mientras las demás se corrompen; quiere decir, más bien, que Dios conoce y ama a todo el hombre, lo que somos.

 Y Dios acoge en su eternidad lo que ahora, en nuestra vida, hecha de sufrimiento y amor, de esperanza, de alegría y de tristeza, crece y se va transformando.

 Todo el hombre, toda su vida es tomada por Dios y, purificada en él, recibe la eternidad. Queridos amigos, yo creo que esta es una verdad que nos debe llenar de profunda alegría. El cristianismo no anuncia sólo una cierta salvación del alma en un impreciso más allá, en el que todo lo que en este mundo nos fue precioso y querido sería borrado, sino que promete la vida eterna, «la vida del mundo futuro»: nada de lo que para nosotros es valioso y querido se corromperá, sino que encontrará plenitud en Dios.

 Todos los cabellos de nuestra cabeza están contados, dijo un día Jesús (cf. Mt 10, 30). El mundo definitivo será el cumplimiento también de esta tierra, como afirma san Pablo: «La creación misma será liberada de la esclavitud de la corrupción para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios» (Rm 8, 21).


 Se comprende, entonces, que el cristianismo dé una esperanza fuerte en un futuro luminoso y abra el camino hacia la realización de este futuro. Estamos llamados, precisamente como cristianos, a edificar este mundo nuevo, a trabajar para que se convierta un día en el «mundo de Dios», un mundo que sobrepasará todo lo que nosotros mismos podríamos construir.


 En María elevada al cielo, plenamente partícipe de la resurrección de su Hijo, contemplamos la realización de la criatura humana según el «mundo de Dios».




(Después del juicio particular, los que mueren en la gracia y la amistad de Dios y están perfectamente purificados van al cielo. Viven en Dios, lo ven tal cual es. Están para siempre con Cristo. Son para siempre semejantes a Dios, gozan de su felicidad, de su Bien, de la Verdad y de la Belleza de Dios.

Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con Ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama el cielo. Es Cristo quien, por su muerte y Resurrección, nos ha “abierto el cielo”. Vivir en el cielo es “estar con Cristo” (cf. Jn 14, 3; Flp 1, 23; 1 Ts 4,17). Los que llegan al cielo viven “en Él”, aún más, encuentran allí su verdadera identidad. Catecismo de la Iglesia católica, 1023-1026)






__________________________








El Purgatorio

Benedicto XVI  Miércoles 12 de enero de 2011

 


Queridos amigos, nunca debemos olvidar que cuanto más amemos a Dios y seamos constantes en la oración, más lograremos amar verdaderamente a quien está a nuestro alrededor, a quien tenemos cerca, porque seremos capaces de ver en cada persona el rostro del Señor, que ama sin límites ni distinciones.


 La mística no aleja de los otros, no crea una vida abstracta, sino que más bien acerca a los demás porque se comienza a ver y a actuar con los ojos, con el corazón de Dios.

El pensamiento de Catalina sobre el purgatorio, por el cual es particularmente conocida, está condensado en las últimas dos partes del libro citado al inicio: el Tratado sobre el purgatorio y el Diálogo entre el alma y el cuerpo. Es importante notar que Catalina, en su experiencia mística, nunca tuvo revelaciones específicas sobre el purgatorio o sobre las almas que están allí purificándose. Sin embargo, en los escritos inspirados de nuestra santa es un elemento central y el modo de describirlo tiene características originales respecto a su época.


 El primer rasgo original se refiere al «lugar» de la purificación de las almas. En su tiempo se representaba principalmente recurriendo a imágenes vinculadas al espacio. Se pensaba en un cierto espacio, donde se encontraría el purgatorio.


 En Catalina, en cambio, el purgatorio no se presenta como un elemento del paisaje de las entrañas de la tierra: no es un fuego exterior, sino interior.
 

 Esto es el purgatorio, un fuego interior. La santa habla del camino de purificación del alma hacia la comunión plena con Dios, partiendo de su experiencia de profundo dolor por los pecados cometidos, frente al infinito amor de Dios (cf. Vita mirabile, 171v). 


... Y este es el fuego que purifica, es el fuego interior del purgatorio.

 También aquí hay un rasgo original respecto al pensamiento de ese tiempo. En efecto, no se parte del más allá para describir los tormentos del purgatorio —como era habitual en esa época y quizás lo es todavía hoy— y luego indicar el camino para la purificación o la conversión, sino que nuestra santa parte de la experiencia interior de su vida en camino hacia la eternidad. 


El alma —dice Catalina— se presenta a Dios todavía atada a los deseos y a la pena que derivan del pecado, y esto le impide gozar de la visión beatífica de Dios.


 Catalina afirma que Dios es tan puro y santo que el alma con las manchas del pecado no puede encontrarse en presencia de la divina majestad (cf. Vita mirabile, 177r). 


Y también nosotros sentimos cuán distantes estamos, cuán llenos de tantas cosas, de modo que no podemos ver a Dios.


 El alma es consciente del inmenso amor y de la perfecta justicia de Dios y, por consiguiente, sufre por no haber respondido de modo correcto y perfecto a ese amor, y precisamente el mismo amor a Dios se convierte en llama, el amor mismo la purifica de sus escorias de pecado.


... Cuando Dios ha purificado al hombre, lo une con un sutilísimo hilo de oro, que es su amor, y lo atrae hacia sí con un afecto tan fuerte, que el hombre queda como «superado y vencido, y totalmente fuera de sí». De este modo el corazón del hombre es invadido por el amor de Dios, que se convierte en la única guía, el único motor de su existencia (cf. Vita mirabile, 246rv).


Queridos amigos, los santos, en su experiencia de unión con Dios, alcanzan un «saber» tan profundo de los misterios divinos, en el cual amor y conocimiento se compenetran, que son una ayuda para los mismos teólogos en su compromiso de estudio, de intelligentia fidei, de intelligentia de los misterios de la fe, de profundización real de los misterios, por ejemplo, de lo que es el purgatorio.







(Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo. La Iglesia llama purgatorio a esta purificación final de los elegidos, que es completamente distinta del castigo de los condenados.

Esta enseñanza se apoya también en la práctica de la oración por los difuntos, de la que ya habla la Escritura: “Por eso mandó [Judas Macabeo] hacer este sacrificio expiatorio en favor de los muertos, para que quedaran liberados del pecado” (2 M 12, 46). Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular el sacrificio eucarístico (cf. DS 856), para que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios. La Iglesia también recomienda las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia en favor de los difuntos. Catecismo de la Iglesia católica, 1030-1032)



___________________________________















 

Dogmas Marianos

  Los Dogmas Marianos Maternidad Divina “¿Cómo así viene a visitarme  la Madre de mi Señor?”. Lc 1 43 Entre las innumerables lecciones otorg...