Mensaje, 5 de abril de 1984
“¡Queridos hijos! Esta tarde los invito a honrar de manera especial el Corazón de mi Hijo Jesús. Hagan penitencia para reparar las heridas infligidas al Corazón de mi Hijo. Este Corazón es herido con cada pecado grave. Gracias por haber venido esta tarde!”
«Tengo sed» (Jn 19, 28)
Desde hace siglos, la piedad católica suele atribuirle a estas palabras del Señor en lo alto del Gólgota un profundo significado espiritual. No sólo se trata del tormento físico sufrido por el Salvador, sino sobre todo de una misteriosa súplica en relación con las almas que había venido a redimir. Sí, el Creador de todas las cosas, el único ser que se basta a sí mismo, tiene sed del amor de sus criaturas.
Aparición del Sagrado Corazón
Primer Viernes Junio 1674:
«Una vez, estando expuesto el Santísimo Sacramento, se presentó Jesucristo resplandeciente de gloria, con sus cinco llagas que se presentaban como otro tanto soles, saliendo llamaradas de todas partes de Su Sagrada Humanidad, pero sobre todo de su adorable pecho que, parecía un horno encendido. Habiéndose abierto, me descubrió su amabilísimo y amante Corazón, que era el vivo manantial de las llamas. Entonces fue cuando me descubrió las inexplicables maravillas de su puro amor con que había amado hasta el exceso a los hombres, recibiendo solamente de ellos ingratitudes y desconocimiento. «Eso,» le dice Jesús a Margarita, «fue lo que más me dolió de todo cuanto sufrí en mi Pasión, mientras que si me correspondiesen con algo de amor, tendría por poco todo lo que hice por ellos y, de poder ser, aún habría querido hacer más. Mas sólo frialdades y desaires tienen para todo mi afán en procurarles el bien. Al menos dame tú el gusto de suplir su ingratitud de todo cuanto te sea dado conforme a tus posibilidades.» Ante estas palabras, Margarita solo podía expresarle al Señor su impotencia, Él le replicó: «Toma, ahí tienes con qué suplir cuanto te falte.» Y del Corazón abierto de Jesús, salió una llamarada tan ardiente que pensó que la iba a consumir, pues quedó muy penetrada y no podía ella aguantarlo, por lo que le pidió que tuviese compasión de su debilidad. El le respondió: «Yo seré tu fortaleza, nada temas, solo has de estar atenta a mi voz y a lo que exija de ti con el fin de prepararte para la realización de mis designios.» Entonces el Señor le describió a Margarita exáctamente de que forma se iba a realizar la práctica de la devoción a Su Corazón, junto con su propósito, que era la reparación.
A lo largo del tiempo, ese conmovedor grito ha retumbado en los lugares más variados. Sin embargo, pocas veces tales resonancias fueron tan intensas y lacerantes como en las revelaciones del Sagrado Corazón de Jesús a Santa Margarita María Alacoque, en el siglo XVII.
Aparición 27 de diciembre de 1673: Jesús le permitió descansar sobre su pecho divino. Le reveló las maravillas de su amor y los secretos de su corazón. Le dijo que su corazón estaba tan apasionado de amor por los hombres que necesitaba derramar sus llamas.
La gran revelación: 16 de junio de 1675: Ocurrió durante la octava del Corpus Christi. Jesús le mostró su corazón y se quejó de la ingratitud, el frío y los sacrilegios con los que los hombres —y en especial las almas consagradas— respondían a su amor inmenso.
Las Peticiones de Jesús
Jesús hizo solicitudes concretas para propagar esta devoción y reparar las ofensas:
La Fiesta del Sagrado Corazón: Pidió que se estableciera una fiesta especial el viernes posterior a la octava del Corpus Christi para honrar su corazón y ofrecerle reparación mediante la comunión y actos de desagravio.
La Hora Santa: Solicitó acompañarlo durante una hora de oración en la noche del jueves al viernes, participando de su agonía en Getsemaní.
La Comunión de los Primeros Viernes: Prometió el don de la perseverancia final (recibir los sacramentos antes de morir) a quienes comulgaran los primeros viernes durante nueve meses consecutivos con espíritu de expiación.
Fátima y Ángel de la Paz
El Ángel de la Paz (1916): Antes de la llegada de la Virgen, el ángel enseñó a los tres pastorcitos (Lucía, Francisco y Jacinta) a rezar y ofrecer sacrificios «en acto de reparación por los pecados con que Dios es ofendido».
Primera Aparición
En la primavera de 1916, los tres Pastorcitos LUCIA DOS SANTOS, con 10 años de edad, JACINTA MARTO, con siete años y su hermano FRANCISCO MARTO, con nueve años de edad, vieron un Ángel que se identificó como el Ángel de la Paz y dijo a los niños que rezaran a Jesús y a María diciendo: “Dios mío, yo creo, adoro, espero y os amo. Os pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan y no os aman.”
Segunda Aparición
En el verano. Los tres Pastorcitos, pasaban la hora de la siesta a la sombre de los árboles, cuando de repente, el mismo Ángel surge otra vez, con el mensaje de que la oración y el sacrificio traerían paz a su país: “¡Orad! ¡Rezad mucho! Los Corazones de Jesús y de María tienen sobre vosotros designios de misericordia. Ofreced constantemente al Altísimo plegarias y sacrificios. De todo lo que podáis, ofreced un sacrificio en acto de reparación por los pecados con que Él es ofendido y de súplica por la conversión de los pecadores. Atraed así sobre vuestra Patria la paz. Yo soy el Ángel de su Guarda, el Ángel de Portugal. Sobre todo, aceptad y soportad con sumisión el sufrimiento que el Señor os envíe”.
Estas palabras impresionaron mucho a los tres niños. Ellas vieron como una luz que les hizo comprender quien es Dios, su amor, el valor del sacrificio y la virtud de la conversión de los pecadores. Desde entonces, Lucía, Jacinta y Francisco comenzaron a ofrecer a Dios todo aquello que les mortificaba.
Tercera Aparición
La tercera Aparición del Ángel fue en Octubre o a finales de Septiembre. Los tres Pastorcitos estaban rezando el Rosario cuando el Ángel apareció, teniendo un Cáliz en sus manos, con una Hostia suspendida sobre él, de la que caían algunas gotas de sangre para dentro del Cáliz. Dejando el Cáliz y la Hostia suspendidos en el aire, el Ángel postrose en el suelo y repitió tres veces la siguiente oración: “Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, os adoro profundamente y os ofrezco el preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Jesucristo, presente en todos los sagrarios de la tierra, en reparación de los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Y por los meritos infinitos de su Santísimo Corazón y del Corazón Inmaculado de María, os pido la conversión de los pobres pecadores”. Después, levantándose, tomó otra vez el Cáliz y la Hostia en sus manos. Dio la Hostia a Lucía y a Jacinta y, a Francisco dio el contenido del Cáliz a beber, diciendo al mismo tiempo: “Tomad y beber el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, horriblemente ultrajado por los hombres ingratos. Reparad sus crímenes y consolad a vuestro Dios”. Una vez más, el se postró en tierra y repitió con los Pastorcitos tres veces la misma oración: “Santísima Trinidad…”. Después desapareció.
Apariciones de Fátima
Durante las apariciones de 1917 en Cova da Iria, la Virgen María insistió en que su Corazón estaba ultrajado por la humanidad y necesitaba reparación.
En la primera aparición, el 13 de mayo de 1917, la Virgen les pregunta sobre su voluntad de aceptar la misión de Dios para ellos: “¿Queréis ofreceros a Dios para soportar todos los sufrimientos que El quisiera enviaros, en acto de desagravio por los pecados con que es ofendido y de súplica por la conversión de los pecadores?”. Y en su respuesta -”Sí, queremos”-, estos pequeños niños asumen, con madurez, la colaboración con los designios del Amor salvífico de Dios. En esta misma aparición, la Virgen les pide que todos los meses allí se encuentren con Ella, y que recen el rosario todos los días.
Rezar el rosario para la conversión
El 13 de junio, la Virgen les revela que llevará a Francisco y Jacinta al cielo muy pronto. Lucia pregunta: “¿Me quedo aquí sola?”. La respuesta de la Virgen no sólo es para Lucia, porque sigue siendo un eco en cada corazón creyente: “No, hija. ¿Y tú sufres mucho? No te desanimes. Yo nunca te dejaré. Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te conducirá hasta Dios”. Este Corazón de Madre es el lugar de ternura y seguridad, el camino seguro que conduce a Dios.
En la tercera aparición, el 13 de julio, la Virgen sigue insistiendo en el rezo del rosario, como medio para alcanzar muchas gracias por las variadas intenciones, sobre todo la paz y la conversión de los pecadores.
La Virgen también insiste en la oración y en los sacrificios constantes por la conversión de los pecadores y se les permite ver los sufrimientos del infierno.
Por otro lado, la Virgen les habla de los designios de Dios y de los riesgos de la humanidad: “Habéis visto el infierno, a donde van las almas de los pobres pecadores; para salvarlas, Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. Si hicieran lo que os voy a decir, se salvarán muchas almas y tendrán paz. La guerra va a acabar. Pero si no dejan de ofender a Dios, en el reinado de Pío XI comenzará otra peor. Cuando veáis una noche alumbrada por una luz desconocida sabed que es la grande señal que Dios os da de que va a castigar al mundo por sus crímenes por medio de la guerra, del hambre y de persecuciones a la Iglesia y al Santo Padre”.
Consagración y algún tiempo de paz
“Para impedirla” –prosiguió la Virgen María–, “vendré a pedir la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón, y la Comunión reparadora de los primeros sábados. Si atendieran mis peticiones, Rusia se convertirá y habrá paz; si no, esparcirá sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones a la Iglesia. Los buenos serán martirizados, el Santo Padre tendrá que sufrir mucho, varias naciones serán aniquiladas. Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará. El Santo Padre me consagrará Rusia, que se convertirá, y será concedido al mundo algún tiempo de paz”.
La Virgen María les aconseja también que cuando recen el rosario, “diréis, después de cada misterio: ¡Oh Jesús mío, perdónanos, líbranos del fuego del infierno, lleva todas las almas al cielo, principalmente las más necesitadas!”.
Al fin mi Inmaculado Corazón triunfará...
En la aparición de octubre, la Virgen les indica que construyan allí una capilla en su honor, y que pidan que los pecadores se enmienden y “no ofendan más a Dios Nuestro Señor, que ya está muy ofendido”. Al terminar, se elevó al cielo, y fue entonces cuando las cerca de setenta mil personas que allí estaban fueron testigos del milagro del sol.
Los Sábados eran tradicionalmente dedicados a la Virgen. Desde muy antiguo la Santa Iglesia, a considerado el sábado un día dedicado a intensificar la devoción Cristiana a la Santísima Virgen, Madre de Dios y nuestra amantísima Madre.
La Virgen pide los Cinco Primeros Sábados de Reparación. La Virgen le dijo que "con el fin de prevenir la guerra, vendré para pedir la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón y la comunión reparadora en los primeros sábados de mes".
La promesa hecha por Nuestra Señora a Lucia en Julio 13, 1917 de que habría una manifestación futura concerniente a la práctica de los Cinco Primeros Sábados fue cumplida el 10 de diciembre de 1925.
Lucía era postulante en el Convento de las Doroteas en Pontevedra, España cuando tiene una aparición de la Virgen sobre una nube de luz, con el Niño Jesús a su lado. La Sta. Virgen puso su mano sobre el hombro de Lucía, mientras en la otra sostenía su corazón rodeado de espinas. El niño le dijo: "Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre. Esta cercado de las espinas que los hombres ingratos le clavan a cada momento, y no hay nadie que haga un acto de reparación para sacárselas."
Inmediatamente dijo Nuestra Señora a Lucía: "Mira, hija mía, mi Corazón cercado de espinas que los hombres ingratos me clavan sin cesar con blasfemias e ingratitudes. Tu, al menos, procura consolarme y di que a todos los que, durante cinco meses, en el primer sábado, se confiesen, reciban la Sagrada Comunión, recen el Rosario y me hagan compañía durante 15 minutos meditando en los misterios del rosario con el fin de desagraviarme les prometo asistir en la hora de la muerte con las gracias necesarias para su salvación"
Prácticas de Reparación
El mensaje destaca principalmente la devoción de los Cinco Primeros Sábados, solicitada por la Virgen para consolar su Inmaculado Corazón. Sus condiciones son:
Confesión: Realizada con la intención de reparar.
Comunión eucarística: Recibida en cada uno de los cinco primeros sábados.
Santo Rosario: Rezarlo devotamente.
Meditación: Acompañar a la Virgen durante 15 minutos meditando en los misterios del rosario.
Intención: Tener el propósito de reparar las ofensas, blasfemias e indiferencias hacia el Inmaculado Corazón.
Una de las primeras enseñanzas de la Virgen es el llamamiento a la realidad del Cielo. Dios nos ha traído al mundo para conocerlo, amarlo y servirlo, y mediante esto alcanzar el Paraíso. (Es la predicación tradicional a la conversión, plasmada en el Principio y Fundamento de San Ignacio de Loyola, En el Kempis y en la Predicaciones Cuaresmales de la Iglesia Primitiva y los inicios de la Vida Monacal, que sostuvieron a los cristianos en la fe, un a vez que se aplacaron las persecuciones cruentas pero se inició el ataque de las herejías)
Quienes mueren en gracia y en la amistad de Dios, y que son perfectamente purificados, consiguen entrar en el Cielo, donde son para siempre semejantes a Dios, porque lo ven tal cual es (1 Jn 3, 2), cara a cara (cf. 1 Co 13, 12). Esa vida perfecta de comunión y de amor con la Santísima Trinidad, con la Virgen María, los ángeles y los santos, con ser el resultado de un don gratuito de Dios, es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado de felicidad supremo y definitivo. En efecto, pues Dios ha depositado en el corazón del hombre el deseo de la felicidad con el fin de atraerlo hacia Él. La esperanza del Cielo nos enseña que la verdadera dicha no reside ni en la riqueza o el bienestar, ni en la gloria humana o el poder, ni en ninguna obra humana, por más útil que resulte, como las ciencias, las técnicas y las artes, ni en ninguna criatura, sino solamente en Dios, fuente de todo bien y de todo amor. «Sólo Dios sacia», dice santo Tomás de Aquino.
El pecado Original y el pecado personal destruyen el plan de Dios. Si hablamos de pecado original hablamos de estado original, un orden establecido y gestado en una armoniosa jerarquía que tiene como principio y fin el Amor Paterno de Dios.
El pecado que es principio del infierno, es la antítesis de este orden, pero es por sobre todo desprecio de ese amor.
Aunque estaba presente en el Magisterio de la Iglesia y la predicación y teología católica, y desde las apariciones del Corazón de Jesús y la Virgen Santísima comienzan a tener presencia en la piedad popular los conceptos del amor de Dios despreciado y herido.
Pero es desde la Consagración al Sagrado Corazón y el Tratado de la Verdadera Devoción, y la Consagración a María es que se comienza ha impulsar, en la vida espiritual y la piedad la reparación, como un camino claro para desarrollar la vida espiritual.
Las tres partes del secreto Primer secreto: Una terrorífica visión del infierno con almas y demonios sumergidos en un gran mar de fuego, destinada a advertir sobre la condenación eterna e invocar la oración. Segundo secreto: La profecía sobre el fin de la Primera Guerra Mundial y el anuncio de la Segunda Guerra Mundial bajo el papado de Pío XI, además de la expansión del comunismo y la necesidad de consagrar Rusia al Inmaculado Corazón de María. Tercer secreto: Una visión de un ángel con una espada de fuego y un "obispo vestido de blanco" (el Papa) que sube una montaña y es asesinado junto a otros sacerdotes y fieles en una ciudad en ruinas. Fue revelado por completo por el Vaticano en el año 2000 y relacionado por el propio san Juan Pablo II con el atentado que sufrió en 1981.
En Fátima después de fortalecer a los niños con la inestimable promesa del Cielo, la Señora les introduce en el misterio de la Redención, pidiéndoles con exquisita delicadeza que se adhieran a él: «¿Queréis ofreceros a Dios para hacer sacrificios y aceptar de buen grado todos los sufrimientos que Él quiera enviaros en reparación de los pecados que ofenden a su divina Majestad? ¿Queréis sufrir para alcanzar la conversión de los pecadores, para reparar las blasfemias, así como todas las ofensas al Corazón Inmaculado de María?
– ¡Sí, queremos!, responde Lucía. – Sufriréis mucho, pero la gracia de Dios siempre os asistirá y os dará fuerzas». Sin dejar de hablar, la Aparición extiende las manos y ese gesto derrama sobre los videntes un haz de luz misteriosa, el cual, penetrando en sus almas, les hace verse a ellos mismos en Dios.
En primer lugar, consolar a Jesús
Esa gracia, mediante la cual Dios acaba de reunirse con los tres niños en lo más profundo de sus seres, maravilla a Francisco. Por un sorprendente misterio, Dios se le manifiesta como «triste» a causa de los pecados de los hombres. Una radical transformación tiene lugar entonces en aquel niño de apenas nueve años. La primera impresión es que se ve menos favorecido que sus compañeras: Lucía ve a Nuestra Señora y habla con ella; Jacinta la ve y la oye, pero no habla, y Francisco la ve solamente, pero no la oye y no habla con ella. Sin embargo, él emprende una intensa vida espiritual. Al ser consciente de que su entrada en el Cielo está condicionada por el rezo de muchos rosarios, no permanece en un estado maravilloso de tranquilidad y de confianza, sino que reza hasta dos rosarios al día, e incluso tres o más. Su devoción, lejos de convertirse en una repetición mecánica de las oraciones del rosario, le sumerge en un estado de plegaria continua, interpelando continuamente el dolor sufrido por el dolor de su Señor (desde el corazón). Su única preocupación es hacerle compañía a Nuestro Señor y consolarlo. Una noche, su padre le oye sollozar, y Francisco le confía lo siguiente: «Pienso en lo triste que debe estar Jesús a causa de los pecados que se cometen contra Él». Ante la pregunta que le formula Lucía, «¿Qué te gusta más, consolar a Nuestro Señor o convertir a los pecadores para que las almas no vayan al infierno?», él responde: «Preferiría consolar a Nuestro Señor, pero después convertir a los pecadores para que dejen de ofenderle».
En particular Francisco, se deja sorprender por esta tristeza de Dios, ese mismo Dios que los llena de alegría. Es la tristeza de quién ama infinitamente y ve a aquellos que él ama perdidos en el desamor. Aquel que se sabe amado incondicionalmente por Dios comprende el sufrimiento de Dios por todos cuantos pierden su abrazo con la marca del pecado. Y el deseo de consolar a Dios surge como vocación. Como expresa Francisco: «Dios está tan triste, por causa de tantos pecados». «Si yo fuese capaz de darle alegría». La reparación no es nada más ni nada menos que un acto de amor. Así lo vive Francisco, el consuelo de Dios: no como una imposición, si no como de quien quiere alegrar a aquel que ama y por quien se siente infinitamente amado.
En Jacinta, el efecto de las apariciones se manifiesta sobre todo después del 13 de julio, ya que ese día la Virgen muestra el infierno a los niños. Lucía escribirá lo siguiente: «Nos presentó un océano de fuego… y, sumergidos en aquel fuego estaban los demonios y las almas como brasas negras y transparentes… en medio de gritos y gemidos de dolor y de desesperación que aterrorizaban y hacían temblar de espanto». Pero la Virgen les pide que mantengan en secreto aquella visión, no permitiendo a Lucía que la revele hasta 1941. La impresión que produce en Jacinta la marca profundamente. A partir de aquel día, se muestra muy preocupada por el destino de las pobres almas que van a parar al infierno. Suele sentarse a menudo en el suelo o en una piedra, y, pensativa, dice: «¡Ay el infierno! ¡Qué pena me dan las almas que van al infierno!». Sin embargo, ella no se conforma con una pena estéril, sino que, bajo la inspiración de una excelsa caridad, reza y se sacrifica heroicamente por quienes se encuentran en peligro de perderse.
La visión del infierno con la que han sido favorecidos los niños no es ninguna exageración. El Papa Pablo VI, en su «Credo del Pueblo de Dios», expone en primer lugar la perspectiva del amor y de la misericordia de Dios, que nos conducen a la vida eterna. Pero a continuación añade que «quienes rechazan hasta el final ese amor y esa misericordia irán al fuego que nunca se apaga».
En 1992, Lucía, que es carmelita en Coimbra (Portugal) desde 1948, le decía lo siguiente a un cardenal que había ido a visitarla: «El infierno es una realidad… Siga predicando acerca del infierno, pues el propio Dios habló del infierno en las Sagradas Escrituras. El Señor no condena a nadie al infierno, sino que son las personas quienes se condenan a sí mismas al infierno. Dios ha concedido a los hombres libertad de elección, y es respetuoso con esa libertad humana».
Los videntes de Medjugorje, por la Virgen María a conocer el Cielo, el Purgatorio y el Infierno en noviembre de 1982 (algunos testimonios sitúan el inicio de estas visiones místicas o traslados en el verano de 1981, el mismo año en que comenzaron las apariciones)
Entre ellos Jakov, junto con Vicka, que fue llevado en el más allá. Tenía sólo 11 años de edad en el momento. A continuación una serie de entrevistas.
Después de las experiencias de los videntes de Medjugorje con el Purgatorio, la responsabilidad de orar por las almas del Purgatorio se colocó firmemente en sus corazones. Nuestra Señora les mostró lo mucho que las almas en el Purgatorio sufren y lo mucho que dependen de nuestras oraciones.
Vicka estaba profundamente disgustada por lo que experimentó en el Purgatorio, al ver el sufrimiento de las almas del Purgatorio que fueron abandonadas, que no tenían a nadie que rezara por ellas. Entonces le pidió a Nuestra Señora si ella podría ayudar a las pobres almas de alguna manera. Con el permiso y la guía de su Director Espiritual Vicka comenzó a ofrecer su enfermedad, un tumor cerebral, y todas las dificultes de su salud.
ESTAS EXPERIENCIAS DE LOS VIDENTES Y LOS MENSAJES DE LA REINA DE LA PAZ NOS HACEN CONSIDERAR LA ORACIÓN POR LAS ALMAS DEL PURGATORIO Y EL VALOR REPARADOR DE ESTAS…
Las almas del purgatorio comprenden profundamente la santidad de Dios y desean ser reparadas y limpiadas de cualquier mancha, aceptando el sufrimiento del purgatorio como un acto de amor y justicia restauradora.
Impotencia para reparar por sí mismas: Una vez que la persona muere, el tiempo terrenal de mérito termina. Las almas ya no pueden realizar obras de reparación ni ganar méritos para sí mismas; dependen totalmente de la caridad, las oraciones, los sacrificios y las misas ofrecidas por los vivos en la tierra.
Valor de la reparación terrenal: Nos instan a reparar en vida por nuestras faltas y por las de los demás a través del sacrificio cotidiano, la limosna y la oración, recordando que cualquier acto de justicia inconcluso en la tierra puede ser socorrido mediante obras de misericordia.
Los Mensajes de la Reina de la Paz nos ayuden a comprender el auténtico sentido de la Reparación:
El Centro de la Reparación no es lo que nosotros hacemos, o la disciplina con que ejecutamos el acto reparador, incluso, aunque es rotundamente necesario, como lo enseña la Reina de la Paz:
La Intención para gloria de Dios con o sin testigos (incluso para evitar ensuciar el acto reparador, que sea lejos de las miradas humanas)
La intensidad, que sea consciente, libre y afectivo: “con el corazón” y “con el Corazón”
El Centro del Acto de Reparación y la eficacia del mismo es Cristo y su Sangre derramada por nosotros...
Mensaje, 2 de marzo de 2010 - Aparición a Mirjana
“Queridos hijos, en este tiempo especial es su esfuerzo por estar más cerca de mi Hijo, y de su sufrimiento, pero también con el amor con que lo llevaba, quiero decirles que yo estoy con ustedes. Yo los ayudaré para vencer las tentaciones y las pruebas con mi gracia. Les enseñare el amor, el amor que borra todos los pecados y los hace perfectos, el amor que les da la paz de mi Hijo ahora y siempre. La paz está con ustedes y en ustedes, porque yo soy la Reina de la Paz. Gracias.”
Objetivamente que es Reparar
Según el Catecismo de la Iglesia Católica, la reparación es el acto de enmendar o compensar un daño causado o una ofensa, especialmente la provocada por el pecado
Repara el pecado según CEC: Obligación moral y material: El Catecismo (número 2487) establece que si un pecado causa perjuicio al prójimo (como robar, dañar una propiedad o atentar contra la reputación con calumnias), existe un deber en conciencia de hacer lo posible por repararlo: restituyendo lo robado, indemnizando o restableciendo el buen nombre.
Forma de cumplimiento: Si no es posible reparar un daño de manera pública o directa, se debe hacer en secreto o buscar una satisfacción moral fundamentada en la caridad.
Relación con el sacramento de la penitencia (Satisfacción): Aunque la absolución sacramental perdona el pecado, no remedia de inmediato todos los desórdenes o consecuencias que este ocasionó. El penitente debe realizar obras de reparación o satisfacción —conocidas también como penitencia— para restablecer la plena salud espiritual.
Dimensión hacia Dios y el prójimo: Implica compensar el egoísmo o la ofensa del pecado ofreciendo actos de amor, desagravio y conversión, participando así de la expiación que Cristo realizó en la cruz
El glosario del Catecismo de la Iglesia Católica define la reparación como el acto de «enmendar un daño causado o una ofensa, especialmente un pecado, que es una ofensa contra Dios». La penitencia que el sacerdote impone en la confesión es un ejemplo de este tipo de acto.
El sufrimiento redentor se refiere a los sufrimientos que ofrecemos a Jesús para la salvación de las almas, ya sean las nuestras o las de otros. Esta ofrenda puede estar dirigida específicamente a reparar nuestros propios pecados o los de los demás.
Así pues, no todos los actos de reparación son actos de sufrimiento redentor, ni todos los actos de sufrimiento redentor son actos de reparación. Pero los actos de sufrimiento redentor sí pueden ser actos de reparación.
Latin reparare, preparar de nuevo, restaurar.)
El acto o hecho de hacer enmienda. Implica la intención de restaurar las cosas a su condición de normalidad y pureza, a cómo estaban antes de que algo malo fuese hecho. Se aplica generalmente a recompensar por las pérdidas sufridas o los daños causados por una mala acción moral.
Con respecto a Dios, significa recompensar con mayor amor por el fracaso en el amor a causa del pecado; significa restaurar lo que fue injustamente tomado y compensar con generosidad por el egoísmo que causó la injuria.
En el Antiguo Testamento se habla de reparar la Casa de Dios, el Templo.
Cristo vino para restaurar los daños del pecado en la casa de Dios que es su pueblo vivo. El se ofreció en reparación por todos nuestros pecados en la Cruz.
Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia,
-Colosenses 1,24
conocerle a él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a él en su muerte, -Filipenses 3,10
La entrega de Cristo es perfectamente meritoria pero hay que recordar que nosotros somos el cuerpo de Cristo y como tal hemos de entrar en su sacrificio. Si no reparamos con Cristo no somos cuerpo suyo.
También vosotros, cual piedras vivas, entrad en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo. -I Pedro 2,5
Un pasaje determinante:
Mt 26, 36-42 – Oración en Getsemaní
Entonces Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní, y dijo a los discípulos: «Sentaos aquí, mientras voy allá a orar». Y llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a sentir tristeza y angustia8 Entonces les dijo: «Mi alma está triste hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo». Y adelantándose un poco cayó rostro en tierra y oraba diciendo: «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú». Y volvió a los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro: «¿No habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil». De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo: «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad».
***
¿Qué significa?
No sólo es el Corazón de Cristo físico, sino el misterio de los amores vertidos por el Creador, Padre eterno sobre su creación en este mundo.
Así lo definió la encíclica de Pio XII “Aurietis aquas”.
1º. – Amor divino, como proyecto creador del mundo con todas sus creaturas, poniendo al humano como cumbre de su sabiduría en función de venturanza final. Plan libérrimo, fruto único del amor puro según la esencia del fenómeno volitivo amoroso: “el amor es difusivo”, no llamado a vivirlo en pura y contemplativa felicidad solitaria.
2º. – Amor humano sensitivo (de Cristo Nuestro Señor), cuyo corazón latió con el natural afecto sensorial hacia su santa Madre, a San José, a sus apóstoles y amistades, hacia los enfermos y atormentados posesos, hacia los descarriados arrepentidos o los hambrientos de pan y de doctrina salvífica.
Fue humano y su corazón representa todas las funcionalidades orgánicas y afectivas de todo hombre normal.
Reconocemos su valor caritativo y adoramos su afecto reconfortante.
3º. – Amor humano espiritual; es decir esa tendencia benéfica, salvadora de ignorantes y extraviados en las tinieblas del pecado y la desesperación, doctrinal y esperanzadora, pero con completo desinterés por su parte, propio de un Dios que nada necesita de nosotros y sólo se preocupa de la realización de su plan salvífico sobre el mundo y de cada uno de nosotros.
En estos tres grados de amor (tendencia operativa al bien de alguien o de algo) se sintetiza la obra redentora de Dios sobre el mundo
Para comprender el valor de la Reparación no solo hay que considerarlo en su:
Encíclica de Pio XII “Aurietis aquas”.
Valor Teológico (La Redención)
Valor Moral Espiritual (la Virtud de la Religión)
Valor Humano Sensitivo (Afectivo)
La dimensión sacramental (La Satisfacción o Penitencia)
El Catecismo de la Iglesia Católica explica que el pecado daña tres niveles y, por ende, requiere reparación en cada uno:
Diferencia entre culpa y pena: La confesión y la absolución borran la culpa (el pecado en sí y la separación de Dios). Sin embargo, permanece la pena temporal o el "desorden" causado.
La Penitencia como medicina: El pecador debe "hacer algo más" para restaurar su propia salud espiritual. Por eso, el sacerdote impone una penitencia, la cual técnicamente se denomina satisfacción, que consiste en actos de oración, ayuno u obras de misericordia para contrarrestar las secuelas del egoísmo.
2. La dimensión de justicia natural y social
El Magisterio enseña de manera contundente que muchos pecados causan un daño directo al prójimo, y la justicia básica exige que se haga todo lo posible por repararlo:
Daños materiales y morales: El Catecismo (CIC 2487) prescribe que toda falta contra la justicia y la verdad exige la obligación de reparar, aun si el autor ya ha sido perdonado sacramentalmente.
Casos concretos:
Si se ha robado o estafado, pedir perdón no basta: la justicia obliga estrictamente a restituir lo tomado.
Si se ha calumniado o destruido la reputación de alguien, se está obligado a desmentir públicamente o restablecer el honor de la víctima.
3. La dimensión teológica y ascética (Consolar el Corazón de Cristo)
A nivel místico, papas como Pío XI (en su encíclica Miserentissimus Redemptor) desarrollaron profundamente la teología de la reparación hacia el Sagrado Corazón de Jesús:
Respuesta de amor al amor: La reparación teológica es el deseo de compensar con mayor amor las ofensas, la frialdad y el desprecio que la humanidad comete contra el amor infinito de Dios.
El Cuerpo Místico: Al estar unidos en la Iglesia, los fieles pueden ofrecer sacrificios y oraciones no solo para reparar sus propios pecados, sino también para interceder y expiar los pecados de los demás. San Pablo lo resume en Colosenses 1,24: "Completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo por su Cuerpo, que es la Iglesia".
Resumen de formas de reparación admitidas por el Magisterio
Restitución directa: Devolver bienes robados, reparar daños físicos o retractarse de calumnias.
Prácticas piadosas: Ofrecer la comunión de los primeros viernes o sábados de mes, realizar la "Hora Santa" de adoración eucarística y rezar actos de desagravio oficiales promulgados por los pontífices.
Obras de misericordia: Convertir el dolor del pecado en un servicio activo, solidario y comprometido en favor de los marginados o los que sufren.
LA SEGUNDA CONVERSIÓN (La Escuela de Medjugorje)
1428 Ahora bien, la llamada de Cristo a la conversión sigue resonando en la vida de los cristianos. Esta segunda conversión es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia que "recibe en su propio seno a los pecadores" y que siendo "santa al mismo tiempo que necesitada de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la renovación" (LG 8). Este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana. Es el movimiento del "corazón contrito" (Sal 51,19), atraído y movido por la gracia (cf Jn 6,44; 12,32) a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero (cf 1 Jn 4,10).
1429 De ello da testimonio la conversión de san Pedro tras la triple negación de su Maestro. La mirada de infinita misericordia de Jesús provoca las lágrimas del arrepentimiento (Lc 22,61) y, tras la resurrección del Señor, la triple afirmación de su amor hacia él (cf Jn 21,15-17). La segunda conversión tiene también una dimensión comunitaria. Esto aparece en la llamada del Señor a toda la Iglesia: "¡Arrepiéntete!" (Ap 2,5.16).
San Ambrosio dice acerca de las dos conversiones que, «en la Iglesia, existen el agua y las lágrimas: el agua del Bautismo y las lágrimas de la Penitencia» (Epistula extra collectionem 1 [41], 12)
1430 Como ya en los profetas, la llamada de Jesús a la conversión y a la penitencia no mira, en primer lugar, a las obras exteriores "el saco y la ceniza", los ayunos y las mortificaciones, sino a la conversión del corazón, la penitencia interior. Sin ella, las obras de penitencia permanecen estériles y engañosas; por el contrario, la conversión interior impulsa a la expresión de esta actitud por medio de signos visibles, gestos y obras de penitencia (cf Jl 2,12-13; Is 1,16-17; Mt 6,1-6. 16-18).
1431 La penitencia interior es una reorientación radical de toda la vida, un retorno, una conversión a Dios con todo nuestro corazón, una ruptura con el pecado, una aversión del mal, con repugnancia hacia las malas acciones que hemos cometido.
1434 La penitencia interior del cristiano puede tener expresiones muy variadas. La Escritura y los Padres insisten sobre todo en tres formas: el ayuno, la oración, la limosna (cf. Tb 12,8; Mt 6,1-18), que expresan la conversión con relación a sí mismo, con relación a Dios y con relación a los demás. Junto a la purificación radical operada por el Bautismo o por el martirio, citan, como medio de obtener el perdón de los pecados, los esfuerzos realizados para reconciliarse con el prójimo, las lágrimas de penitencia, la preocupación por la salvación del prójimo (cf St 5,20), la intercesión de los santos y la práctica de la caridad "que cubre multitud de pecados" (1 P 4,8).
1435 La conversión se realiza en la vida cotidiana mediante gestos de reconciliación, la atención a los pobres, el ejercicio y la defensa de la justicia y del derecho (cf Am 5,24; Is 1,17), por el reconocimiento de nuestras faltas ante los hermanos, la corrección fraterna, la revisión de vida, el examen de conciencia, la dirección espiritual, la aceptación de los sufrimientos, el padecer la persecución a causa de la justicia. Tomar la cruz cada día y seguir a Jesús es el camino más seguro de la penitencia (cf Lc 9,23).
1436 Eucaristía y Penitencia. La conversión y la penitencia diarias encuentran su fuente y su alimento en la Eucaristía, pues en ella se hace presente el sacrificio de Cristo que nos reconcilió con Dios; por ella son alimentados y fortificados los que viven de la vida de Cristo; "es el antídoto que nos libera de nuestras faltas cotidianas y nos preserva de pecados mortales" (Concilio de Trento: DS 1638).
La satisfacción
1459 Muchos pecados causan daño al prójimo. Es preciso hacer lo posible para repararlo (por ejemplo, restituir las cosas robadas, restablecer la reputación del que ha sido calumniado, compensar las heridas). La simple justicia exige esto. Pero además el pecado hiere y debilita al pecador mismo, así como sus relaciones con Dios y con el prójimo. La absolución quita el pecado, pero no remedia todos los desórdenes que el pecado causó (cf Concilio de Trento: DS 1712). Liberado del pecado, el pecador debe todavía recobrar la plena salud espiritual. Por tanto, debe hacer algo más para reparar sus pecados: debe "satisfacer" de manera apropiada o "expiar" sus pecados. Esta satisfacción se llama también "penitencia".
1460 La penitencia que el confesor impone debe tener en cuenta la situación personal del penitente y buscar su bien espiritual. Debe corresponder todo lo posible a la gravedad y a la naturaleza de los pecados cometidos. Puede consistir en la oración, en ofrendas, en obras de misericordia, servicios al prójimo, privaciones voluntarias, sacrificios, y sobre todo, la aceptación paciente de la cruz que debemos llevar. Tales penitencias ayudan a configurarnos con Cristo que, el Único, expió nuestros pecados (Rm 3,25; 1 Jn 2,1-2) una vez por todas. Nos permiten llegar a ser coherederos de Cristo resucitado, "ya que sufrimos con él" (Rm 8,17; cf Concilio de Trento: DS 1690):
«Pero nuestra satisfacción, la que realizamos por nuestros pecados, sólo es posible por medio de Jesucristo: nosotros que, por nosotros mismos, no podemos nada, con la ayuda "del que nos fortalece, lo podemos todo" (Flp 4,13). Así el hombre no tiene nada de que pueda gloriarse sino que toda "nuestra gloria" está en Cristo [...] en quien nosotros satisfacemos "dando frutos dignos de penitencia" (Lc 3,8) que reciben su fuerza de Él, por Él son ofrecidos al Padre y gracias a Él son aceptados por el Padre (Concilio de Trento: DS 1691).
Fatima y Medjugorje
Enemigos Externos e Internos
Fue el Martes 11 de mayo de 2010, antes de su viaje apostólico a Fátima, que el Papa Benedicto XVI, preciso el tema en cuestión, en una entrevista dada al Padre Lombardi: «En 2000, en la presentación, dije que una aparición, es decir, un impulso sobrenatural, que no proviene solamente de la imaginación de la persona, sino en realidad de la Virgen María, de lo sobrenatural, que un impulso de este tipo entra en un sujeto y se expresa en las posibilidades del sujeto. El sujeto está determinado por sus condiciones históricas, personales, temperamentales y, por tanto, traduce el gran impulso sobrenatural según sus posibilidades de ver, imaginar, expresar; pero en estas expresiones articuladas por el sujeto se esconde un contenido que va más allá, más profundo, y sólo en el curso de la historia podemos ver toda la hondura, que estaba, por decirlo así, «vestida» en esta visión posible a las personas concretas. De este modo, diría también aquí que, además de la gran visión del sufrimiento del Papa, que podemos referir al Papa Juan Pablo II en primera instancia, se indican realidades del futuro de la Iglesia, que se desarrollan y se muestran paulatinamente. Por eso, es verdad que además del momento indicado en la visión, se habla, se ve la necesidad de una pasión de la Iglesia, que naturalmente se refleja en la persona del Papa, pero el Papa está por la Iglesia y, por tanto, son sufrimientos de la Iglesia los que se anuncian. El Señor nos ha dicho que la Iglesia tendría que sufrir siempre, de diversos modos, hasta el fin del mundo. Lo importante es que el mensaje, la respuesta de Fátima, no tiene que ver sustancialmente con devociones particulares, sino con la respuesta fundamental, es decir, la conversión permanente, la penitencia, la oración, y las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. De este modo, vemos aquí la respuesta verdadera y fundamental que la Iglesia debe dar, que nosotros —cada persona — debemos dar en esta situación. La novedad que podemos descubrir hoy en este mensaje reside en el hecho de que los ataques al Papa y a la Iglesia no sólo vienen de fuera, sino que los sufrimientos de la Iglesia proceden precisamente de dentro de la Iglesia, del pecado que hay en la Iglesia. También esto se ha sabido siempre, pero hoy lo vemos de modo realmente tremendo: que la mayor persecución de la Iglesia no procede de los enemigos externos, sino que nace del pecado en la Iglesia y que la Iglesia, por tanto, tiene una profunda necesidad de volver a aprender la penitencia, de aceptar la purificación, de aprender, por una parte, el perdón, pero también la necesidad de la justicia. El perdón no sustituye la justicia. En una palabra, debemos volver a aprender estas cosas esenciales: la conversión, la oración, la penitencia y las virtudes teologales. De este modo, respondemos, somos realistas al esperar que el mal ataca siempre, ataca desde el interior y el exterior, pero también que las fuerzas del bien están presentes y que, al final, el Señor es más fuerte que el mal, y la Virgen para nosotros es la garantía visible y materna de la bondad de Dios, que es siempre la última palabra de la historia”.
Este diálogo y comunicación de esta vocación y misión reparadora en la vida de los pastorcitos fue entregada a quienes viviendo en una inocencia de infantes, contenidos por sus familias y preparados por el Ángel de Portugal y fortalecidos por las gracias especiales del cielo, fue asumida con fidelidad, ternura y fervor sobrenatural. No habiendo resistencia de orgullo, egoísmo, vanagloria y ambición, su sacrificio reparador en lo pequeño y lo grande se hizo una ofrenda eficaz, pues fue hecha en la radicalidad del amor de niños tocados en el corazón por el Señor, pero conducidos por la Virgen Santísima.
¿Cómo será posible que puedan llegar a vivir este peregrinaje de la vida espiritual, de las murallas de Egipto hasta la tierra prometida, desde la arrogancia de Saulo hasta el abandono de Pablo, desde la soberbia de os filisteos y la suficiencia de Goliat hasta la modestia y abandono de David?
Por eso la Reina de la Paz se aproxima a los niños de Medjugorje, para que con ellos, pueda inaugurar con todos nosotros la Escuela de Santidad y Amor y regalarnos el poder hacer de nuestras vidas una vocación de reparación y de amor pero según el palpitar de la Reina de la Paz.
Mensaje, 2 de septiembre de 2017
Aparición a Mirjana
“Queridos hijos, ¡quién mejor que yo puede hablaros del amor y del dolor de mi Hijo! He vivido con Él, he sufrido con Él. Durante la vida terrena he experimentado el dolor, porque fui madre. Mi Hijo amaba los pensamientos y las obras del Padre Celestial, el verdadero Dios. Y, como Él me decía, había venido para redimiros. Yo escondía mi dolor en el amor, y vosotros, hijos míos, tenéis numerosas preguntas. No comprendéis el dolor. No comprendéis que, a través del amor de Dios, debéis aceptar el dolor y soportarlo. Cada criatura de Dios lo experimentará en menor o mayor medida, pero, con la paz en el alma y en estado de gracia, la esperanza existe: es mi Hijo, Dios, nacido de Dios. Sus palabras son la semilla de la vida eterna que, sembradas en las almas buenas, producen numerosos frutos. Mi Hijo ha llevado sobre sí el dolor porque ha tomado sobre sí vuestros pecados. Por eso, hijos míos, apóstoles de mi amor, vosotros que sufrís, sabed que vuestros dolores se convertirán en luz y en gloria. Hijos míos, mientras soportáis el dolor, mientras sufrís, el Cielo entra en vosotros. Y vosotros, dad un poco de Cielo y mucha esperanza a quienes tenéis alrededor. ¡Os doy las gracias!”
La Primera Aparición fue silenciosa
La Aparición está centrada en la Paz pero no la Paz del mundo sino la Paz de Cristo
La aparición es clara en mencionar que la guerra, la violencia y las discordias son frutos del pecado y la distancia de Dios
La Paz que proclama Medjugorje es fruto de la gracia y la conversión, por lo tanto la Paz supone una reparación una restauración del bien usurpado, de las heridas causadas, del mal procurado, de la dignidad negada.
No existe Paz mientras esta deuda no este saldada.
Si no hay paz es porque existe un saldo. Pero hay dos elementos para considerar:
- La deuda no ha sido saldada por que hay aun una indiferencia por un lado y una decisión de no hacerlo por el otro. (Siendo que los beneficiarios de saldar la deuda de reparar es la integridad y el fruto de quienes reparan… no , en este caso, de quien debe recibir la reparación)
- Porque en un gran porcentaje se ha aplicado la eficacia de la reparación en los que reparan y no en quien es reparado. Por lo que hay que recordar, reconocer y poner en práctica que el único sacrificio eficaz y que le concede eficacia a todo acto reparador es Cristo. Es su mérito y su gracia, y el que se le permita actuar en nosotros y no pongamos la vanagloria y la arrogancia como obstáculo, lo que hace eficaz y fructífero el ejercicio de la reparación.
- Hay una directa correspondencia entre la intensidad de la vida de gracia o santidad del fiel que repara y la eficacia de la reparación.
La primacía de la gracia por la que son recapituladas todas las cosas
Por medio de una vida Eucarística, iluminada por la Palabra de Dios lectio, restaurada por un espíritu penitente Confesión y ayuno y contemplativo (rosario).
Mensaje, 25 de abril de 1997
“¡Queridos hijos! Hoy día los invito a unir su vida a Dios Creador, pues sólo así su vida tendrá sentido y comprenderán que Dios es amor. Dios me envía a ustedes por amor, para ayudarlos a comprender que sin El no hay futuro ni gozo, y sobre todo, no hay salvación eterna. Hijitos, los invito a dejar el pecado y a aceptar la oración en todo tiempo, con el fin de que en la oración puedan llegar a conocer el sentido de su vida. Dios se dona a quién lo busca. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!”
Humillarme lo más posible, por aversión al pecado y para obedecer en todo la ley de Dios Humillarme con indiferencia para no desear ni poseer más riqueza que la pobreza, a querer la honra más que la deshonra, a desear una vida larga más que una vida corta Humillarme como Cristo por amor de Cristo, en Cristo y para Cristo de modo que me asemeje a Él más eficazmente, deseo y escojo la pobreza con Cristo pobre en lugar de la riqueza, el oprobio con Cristo cubierto de oprobios en lugar de honores; y deseo más ser tomado por insensato y loco por Cristo...
Ser santos, sin pensar que lo son…
«Les hablo como su Madre, Madre de los justos, Madre de aquellos que aman y sufren, Madre de los santos...»
Mensaje 2 de Diciembre del 2017
“Queridos hijos, les hablo como su Madre, Madre de los justos, Madre de aquellos que aman y sufren, Madre de los santos. Hijos míos, también ustedes pueden ser santos, eso depende de ustedes. Santos son aquellos que aman sin medida al Padre Celestial, aquellos que lo aman sobre todas las cosas. Por eso, hijos míos, procuren siempre ser mejores. Si procuran ser buenos, pueden ser santos, sin pensar que lo son. Si piensan que son buenos, no son humildes y la soberbia los aleja de la santidad. En este mundo inquieto, lleno de amenazas, sus manos, apóstoles de mi amor, deberían estar extendidas en oración y misericordia. A mí, hijos míos, regálenme el Rosario, esas rosas que tanto amo. Mis rosas son sus oraciones dichas con el corazón y no solo recitadas con los labios. Mis rosas son sus obras de oración, de fe y de amor. Cuando mi Hijo era pequeño, me decía que mis hijos serían numerosos y me traerían muchas rosas. Yo no lo comprendía. Ahora sé que esos hijos son ustedes, que me traen rosas cuando aman a mi Hijo sobre todas las cosas, cuando oran con el corazón, cuando ayudan a los más pobres. ¡Esas son mis rosas! Esa es la fe que hace que todo en la vida se haga por amor, que no se conozca la soberbia, que se esté pronto a perdonar; nunca juzgar y tratar siempre de comprender al propio hermano. Por eso, apóstoles de mi amor, oren por aquellos que no saben amar, por aquellos que no los aman, por aquellos que les han hecho mal, por aquellos que no han conocido el amor de mi Hijo. Hijos míos, esto es lo que pido de ustedes, porque recuerden: orar significa amar y perdonar. Les doy las gracias.”
“Si procuran ser buenos, pueden ser santos, sin pensar que lo son. Si piensan que son buenos, no son humildes y la soberbia los aleja de la santidad.”
El ser humano, en virtud de la ley natural escrita por Dios en la creación, tiene en su interior el impulso profundo de buscar el bien y evitar el mal. El Creador, en su bondad y sabiduría, nos ha creado insertos dentro de una familia, para nutrirnos en el alma y el corazón, y educarnos en la búsqueda de lo bueno y lo verdadero (1 Tim. 2). Y cuando con la gracia, somos dóciles a las luces y dones de la Providencia, podemos llegar ha reconocer en la búsqueda del bien, a quién es la misma Bondad: Dios Uno y Trino, felicidad y alegría del corazón humano.
Pero habiéndonos herido por el pecado, no solo desistimos en la búsqueda del bien, renunciando al dulce esfuerzo por ser buenos, sino que terminamos llamando bueno a lo que no lo es, esclavizándonos a lo que solo es aparente, transitorio y placentero.
Ante las múltiples carencias humanas y espirituales, que ha dejado el pecado en nuestra historia personal, la Misericordia Divina se nos revela en Cristo, el Hijo de Dios, que nos hace visible el rostro del Padre y nos extiende los brazos de su Madre, para ayudarnos a buscar el Bien pleno que es “Solo Dios” (Mc. 10, 18).
La Santidad es la configuración con Cristo, realizada por el Espíritu Santo en los caminos del sacrificio, la penitencia y la oración, venciendo en nuestra alma el “orgullo mentiroso”, que nos induce a la vanidad, el rencor y el gesto despectivo e indiferente. Por el contrario, se va abriendo nuestro corazón, a la caridad de Dios y el servicio a nuestros hermanos, reconociendo en cada uno la acción providente del Creador.
Ante tanta pureza y amor del Señor, no hay otra posibilidad que humillarnos y confesar nuestra vanagloria y necedad, ante Aquel que no hizo alarde de su condición de Dios y se hace siervo y prisionero de amor. Ubicándonos frente al resplandor de la Bondad Divina, se hace evidente la sombra de nuestros pecados. Nos damos cuenta que creyéndonos buenos, en realidad nos estamos sirviendo a nosotros mismos y no al Señor. Quizás no caemos en faltas vulgares, pero si en nuestro orgullo farisaico.
El remedio para la soberbia es “orar con el corazón”. Hay que ser como niños, que no están tan seguros de sí mismos, y se refugian en el amor de la madre, que no abandona y que sustenta de verdad, hasta dar su propia vida. El corazón humilde se deja cautivar por ese amor, y con simpleza y sencillez, pero involucrando todo su ser, pronuncia pequeñas palabras de auténtico amor, haciéndolas oración, como modestos pétalos de rosas, que constituyen un ramo de recogimiento y de piedad llamado Rosario: “Cuando mi Hijo era pequeño, me decía que mis hijos serían numerosos y me traerían muchas rosas”.
La oración verdadera nace de la humildad, virtud que es fruto de la suplica constante de quien se declara indigente y frágil: solo le queda su “oración”.
Dócil es al Espíritu Santo el que se hace pequeño, como niño, en los brazos maternales de la Reina de la Paz. No pone obstáculos, en su mente y su corazón, a los impulsos del amor de Dios: “Esa es la fe que hace que todo en la vida se haga por amor, que no se conozca la soberbia, que se esté pronto a perdonar; nunca juzgar y tratar siempre de comprender al propio hermano”.
—------------------
Dios es fundamental para nuestra vida, El es el Creador. El es el Camino, la Verdad, la Vida y El es la Luz. Cuando perdemos este contacto con El, perdemos la Vida, la Verdad, el Camino y la Luz. Bajo tales circunstancias, no podemos tener ni descubrir el sentido de la vida. Al mismo tiempo, si no estamos unidos a Dios, cómo podemos entender Su amor? Cuando estamos en la oscuridad, cuando estamos en la muerte del pecado, no podemos ver la Luz ni tener la Vida. Cuando tenemos odio, no podemos ver el Amor. A fin de que tengamos la condición para la paz, el sentido de la vida, debemos estar unidos a Dios. En este momento, debemos preguntarnos, Qué es realmente lo que nos aisla o nos desconecta de Dios?
Por eso la Reina de la Paz insiste maternalmente en hacernos pasar tiempo con Jesús, que es estar con quien te ama, con el amor de Jesús.
Del siguiente al último renglón de Su mensaje, Nuestra Señora nos dice que abandonemos el pecado. El pecado es la realidad que está causando nuestro aislamiento o desconexión de Dios. Es bueno recordar que, en el idioma alemán, la palabra que se usa para "pecado" es "Sünde". Proviene de la palabra "absondern", que significa "aislar". Podemos reconocer el pecado justamente de acuerdo a este aislamiento. Cuando decimos algo malo a alguien, sucede que ya no podemos mirar a los ojos a dicha persona, no podemos darle la mano, evitamos a esa persona--nos hemos "aislado". Para salir de este aislamiento debemos perdonar y ser perdonados. Si aceptamos la responsabilidad del pecado, entonces caemos en la cuenta de qué es lo que nos aisla, que nos desconecta de Dios.
El primer pecado que nos aisla de Dios es la soberbia. La soberbia significa en sí misma: " Quién eres tú para decirme esto?" La soberbia causó el primer pecado, el pecado original. Dios dijo a Adán y Eva, "No toquen ese árbol." Al final, ellos se preguntaron: " Quién es Dios para prohibirnos comer del árbol?" Eso fue lo que Satanás les dijo. Ellos aceptaron ese cuestionamiento de Satanás y comieron del árbol. Este es el significado más profundo de cuándo comenzó la soberbia.
Nosotros seguimos esas mismas líneas, cuando preguntamos: " Quién eres tú, Dios, para pedirme que ore, que ayune, que perdone o que ame?" Esta es la expresión más profunda de la soberbia. Ese cuestionamiento a Dios está causando las heridas más hondas en el corazón de cada uno de nosotros. Eso mismo sucede con los padres, cuando los hijos les preguntan: " Quién eres tú para decirme que haga esto o aquello?" Es así como cada madre y cada padre puede entender lo que está causando el pecado de soberbia.
Cuando estamos llenos de soberbia, cuestionando a Dios: " Quién eres tú para decirme esto o aquello?", nos hacemos como dioses y aceptamos únicamente que nos digan algo aquellos a quienes vemos como iguales. De este modo, cambiamos al Creador por la criatura. Escuchando a la criatura, rechazamos al Creador.
En ese momento, comienza la destrucción de nuestra vida, de nuestras familias y del mundo. Debemos recordar lo que nos dicen los Diez Mandamientos. Uno de ellos nos pide que respetemos a nuestros padres; sin embargo, cuando los hijos cuestionan: " Quién eres tú Dios, para decirme esto respecto a mis padres?", es una forma de soberbia.
Otro ejemplo más podemos verlo cuando se nos dice "No matarás" y nosotros atestiguamos el asesinato de no nacidos, vemos que otros se matan a sí mismos a través de las drogas y el alcohol o leemos acerca de la violencia cometida contra los demás--con ello, alguien está cuestionando: " Quién eres tú Dios, para decirnos "no matarás"?" Los que se inician en la vida sexual, están preguntando a Dios: " Quién eres tú Dios, para darnos esta orden?"
El elemento principal que nos aisla de Dios es nuestra soberbia y de ahí surgen otros pecados--envidia, celos, dependencia a las drogas y al alcohol y al materialismo. Caemos entonces en un desorden total y absoluto.
No es bueno que nosotros, como seres humanos, estemos desconectados, aislados o apartados de Dios. Por esta razón, Nuestra Señora nos dice que abandonemos el pecado, que superemos el pecado y todas las consecuencias del mismo y que estemos abiertos a Dios que quiere ayudarnos. En muchos mensajes, Nuestra Señora nos pide que abramos nuestro corazón y permitamos a Dios que ocupe el primer lugar en nuestra vida. Realmente no debemos tener miedo de Dios. El quiere servirnos. Cuando dice, "Yo soy el pan de vida," quiere nutrir nuestra alma. Cuando dice, "Yo soy el Camino, Yo soy el Buen Pastor"--todo lo que dice, El quiere y desea servirnos. De este modo, por supuesto, entendemos cómo Dios es amor y encontramos el sentido de la vida.
María es nuestra Madre. Ella nos conoce y ve nuestra situación. Por esta razón, nos dice:
DIOS ME ENVIA A USTEDES POR AMOR PARA QUE PUEDA AYUDARLOS A COMPRENDER QUE SIN EL NO HAY FUTURO NI GOZO Y, SOBRE TODO, NO HAY SALVACION ETERNA
Esto es lo que debemos realmente tratar de entender--que sin Dios, no tenemos futuro. Es lo mismo que si Nuestra Señora nos dijera: "sin Dios, no pueden tener la Luz, vivirán en la oscuridad." "Sin Dios, que es la Vida, estarán muertos." Es lo mismo que si dijera: "Dios es gozo, sin El, vivirán en la tristeza." En este punto, encontramos el problema más grave de nuestro tiempo, probablemente en todo tiempo para cualquier persona. En nuestra soberbia, tratamos de construir nuestro futuro, obtener nuestro gozo sin Dios. Es el error fundamental. En este momento, sólo podemos decir: "Señor, Te damos gracias por enviarnos a Nuestra Señora, a nuestra Madre María, la Reina de la Paz." Y es que mucha gente ha encontrado el amor, la paz y el sentido de la vida a través de Ella. Mucha gente ha abandonado el pecado y ha encontrado el camino verdadero para su futuro y ha abierto su corazón al gozo que proviene de Dios. De igual modo, mucha gente se está abriendo a esforzarse por la salvación eterna. En una ocasión, el Papa dijo, "Medjugorje ha ayudado a mucha gente a experimentar las realidades 'sobrenaturales'." Es exactamente lo que Nuestra Señora trata de enseñarnos y ayudarnos a comprender. De nuevo Nuestra Señora nos invita:
HIJITOS, LOS INVITO A ABANDONAR EL PECADO Y ACEPTAR LA ORACION EN TODO TIEMPO, A FIN DE QUE EN LA ORACION LLEGUEN A CONOCER EL SENTIDO DE SU VIDA
La oración es un encuentro con Dios. Encontrándonos con El, descubriremos el sentido de nuestra vida, por qué existimos o cuál es nuestra tarea. Entenderemos por qué debemos amar, cuál es el sentido del sufrimiento, por qué necesitamos perdonar y por qué debemos dar a otros y aceptarlos como son. Estaremos, a través de la oración, en Dios y Dios estará dentro de nosotros y seremos testigos de Su presencia y Su amor. Sólo cuando oramos, podemos llegar a comprender que debemos esforzarnos y mirar hacia la salvación eterna. Cuántas veces nos ha dicho Jesús en el Evangelio, " De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?" San Pablo dice, "el sufrimiento de esta vida no puede compararse a lo que Dios tiene reservado a aquellos que le aman." Cuántas veces encontramos en la Biblia, que esta vida es pasajera. Debemos ser "libres" en este mundo y, en esa "libertad", debemos amar y mirar hacia la salvación eterna. Es algo terrible ser condenados a la "ausencia eterna de Dios y Su amor." Sabemos que el fin existe y que la salvación significa estar en el paraíso por siempre con Dios en el amor y la paz o estar alejados de Dios en un aislamiento eterno. Sólo podemos pedirle a Dios que nos revele este amor y nos dé la gracia de ver continuamente que lo que hacemos es por la salvación eterna de nuestras almas. Al final de este mensaje, Nuestra Señora nos dice:
DIOS SE DA A QUIEN LO BUSCA
Con esta aseveración, Ella toca de nuevo el problema más profundo de nuestra relación con Dios. Dios se da a Sí mismo, El lo dio todo, incluso a Su propio Hijo Jesús para salvarnos. El es rico en paz, en amor, en perdón, en misericordia. El problema es-- Lo buscamos o no Lo buscamos? Para nosotros, es importante preguntarnos una vez más, Qué es lo que nos impide buscar a Dios? La respuesta puede ser muy simple--nuestras falsas esperanzas nos impiden buscar a Dios. El hecho de que estemos escuchando a falsos profetas nos impide buscar a Dios. Al escuchar a tales profetas, nuestras pasiones, nuestras ataduras al materialismo, nuestros malos hábitos y nuestros pecados se convierten en los muchos obstáculos que ciegan nuestros ojos cada día, impidiéndonos buscar a Dios. La gracia más grande que Dios da a las personas que vienen a Medjugorje es la de comenzar a buscarLo. Todo aquel que comienza a orar, ayunar, ir a Misa, acudir a los sacramentos, ha sido movido a buscar a Dios. Todos los que Lo buscan, Lo encontrarán. Debemos ser pacientes en buscar y encontrar a Dios. Corremos el peligro constante de ser como el niño que quiere todo lo que pide inmediatamente. También podemos ser tan malcriados, como para ser incapaces de esperar el tiempo de Dios. Cuando nos volvemos impacientes y no estamos dispuestos a esperar el tiempo de Dios, podemos comenzar a tener problemas con nuestra oración. Si Dios no responde en nuestro momento y cuando pensamos que debe respondernos, dejamos de orar. La gracia más grande que podemos recibir y la cual debemos pedir, es la de buscarLo en los tiempos buenos y también cuando sintamos o no el amor de Dios o Su presencia. En uno de los mensajes en que nos enseña a orar, Nuestra Señora nos dice: "Busquen a Dios no según sus necesidades, sino de acuerdo a Su amor." Esta conversión en la oración significa que, si buscamos a Dios sólo cuando Lo necesitamos, esto no es suficiente. Nos cansamos de orar y nos cansamos de Dios. Muy a menudo, no recibimos lo que pedimos en el lapso que queremos y por tanto, nos cansamos y comenzamos a pensar que Dios no nos ama. Cuando comencemos a buscar a Dios a causa de Su amor, jamás nos cansaremos y querremos buscarLo más y más. Esta es la lógica del amor. Cuando amamos, buscamos a quienes amamos y nunca nos cansamos de buscarlos. Dios nos promete el amor auténtico, la paz auténtica, la vida auténtica y la luz auténtica. A través de María, Dios nos está llamando porque Ella es la auténtica Profeta y Reina de los Profetas. En este mundo, hay muchos falsos profetas. Si se nos hacen promesas para una vida mejor, sin cambiar nuestra vida con y en Dios, esto puede considerarse como de un falso profeta. También podemos ser falsos profetas para nosotros mismos, para nuestros hijos-- y los maestros para los estudiantes y las esposas para los esposos. Cuando tratamos de que las cosas 'vayan bien', sin tratar de 'hacer el bien', esto puede ser un problema. Si oramos, si buscamos a Dios, El se revelará a nosotros. Que estas palabras nos conforten y nos consuelen Ahora Oremos
Señor, Te damos gracias por ser nuestro Creador. Te damos gracias por el grandioso don de la vida. Te pedimos ahora que nos des la gracia de estar unidos a Ti y que nos liberes de todo lo que nos desune de Ti. Te pedimos que nos reveles Tu voluntad y el sentido de nuestra vida. Danos la gracia de entender Tu amor. Te damos gracias, oh Señor, por enviarnos a la Madre de Tu Hijo y por toda la ayuda que nos das a través de Ella. Danos la gracia de entender que no tenemos futuro sin Ti. Tú lo eres todo para nosotros. Oh Señor, Te pedimos la gracia y la fortaleza interior para superar cualquier pecado y liberarnos de la soberbia, los celos, la envidia, de cualquier dependencia a este mundo. Libéranos del odio, del miedo y de las agresiones, de cualquier sentimiento negativo. Danos la gracia de orar y de buscarte en la oración. Te presentamos a todos los que han perdido el sentido de la vida, que puedan decidirse por la oración, a fin de encontrar el sentido de la vida en Ti y sólo en Ti. Pedimos por todos los que están enfermos para que puedan descubrir el sentido de sus enfermedades y cruces. Dales, oh Señor, esta gracia. Te pedimos ahora que quienes estén llenos de dolor Te busquen y Te encuentren en el gozo. Que quienes vivan en el odio, Te busquen y Te encuentren en el amor. Que quienes estén en la 'muerte', Te busquen y Te encuentren como la vida. Que quienes han perdido la esperanza, Te busquen y Te encuentren en la esperanza. Que quienes estén heridos, Te busquen y Te encuentren para pedirte que sanes sus heridas. Que todos los que están en conflicto, Te busquen como el Dios de la Paz para reconciliarse a través Tuyo. Oh Señor, por intercesión de nuestra Madre María, danos Tu paz, danos la gracia de que podamos abrirnos para recibirte tal como Tú te nos das a Ti mismo. Te damos gracias por Tu amor y bendícenos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
Fra. Slavko , Medjugorje, Abril 28 de 1997
Efesios 1, 1-9
1 Pablo, apóstol de Cristo Jesús por voluntad de Dios, a los santos y fieles en Cristo Jesús.
2 Gracia a vosotros y paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo.
3 Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo;
4 por cuanto nos ha elegido en él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor;
5 eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad,
6 para alabanza de la gloria de su gracia con la que nos agració en el Amado.
7 En él tenemos por medio de su sangre la redención, el perdón de los delitos, según la riqueza de su gracia
8 que ha prodigado sobre nosotros en toda sabiduría e inteligencia,
9 dándonos a conocer el Misterio de su voluntad según el benévolo designio que en él se propuso de antemano,
10 para realizarlo en la plenitud de los tiempos: hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra.
Recapitulación “El plan salvífico de Dios, "el misterio de su voluntad" (Ef 1, 9) con respecto a toda criatura, se expresa en la carta a los Efesios con un término característico: "recapitular" en Cristo todas las cosas, las del cielo y las de la tierra (cf. Ef 1, 10). La imagen podría remitir también al asta en torno a la cual se envolvía el rollo de pergamino o de papiro del volumen, en el que se hallaba un escrito: Cristo confiere un sentido unitario a todas las sílabas, las palabras y las obras de la creación y de la historia”
El primero que captó y desarrolló de modo admirable este tema de la "recapitulación" fue san Ireneo, obispo de Lyon, gran Padre de la Iglesia del siglo II. Contra cualquier fragmentación de la historia de la salvación, contra cualquier separación entre la Alianza antigua y la nueva, contra cualquier dispersión de la revelación y de la acción divina, san Ireneo exalta al único Señor, Jesucristo, que en la Encarnación une en sí mismo toda la historia de la salvación, a la humanidad y a la creación entera: "Él, como rey eterno, recapitula en sí todas las cosas" (Adversus haereses III, 21, 9).
2. Escuchemos un pasaje en el que este Padre de la Iglesia comenta las palabras del Apóstol que se refieren precisamente a la recapitulación en Cristo de todas las cosas. En la expresión "todas las cosas" —afirma san Ireneo— queda comprendido también el hombre, tocado por el misterio de la Encarnación, por el que el Hijo de Dios "de invisible se hizo visible, de incomprensible comprensible, de impasible pasible, y de Verbo hombre. Él ha recapitulado en sí todas las cosas para que el Verbo de Dios, como tiene la preeminencia sobre los seres supracelestes, espirituales e invisibles, del mismo modo la tenga sobre los seres visibles y corporales; y para que, asumiendo en sí esta preeminencia y poniéndose como cabeza de la Iglesia, pueda atraer a sí todas las cosas" (ib., III, 16, 6). Este confluir de todo el ser en Cristo, centro del tiempo y del espacio, se realiza progresivamente en la historia superando los obstáculos y las resistencias del pecado y del maligno.
3. Para ilustrar esta tensión, san Ireneo recurre a la oposición, que ya presenta san Pablo, entre Cristo y Adán (cf. Rm 5, 12-21): Cristo es el nuevo Adán, es decir, el Primogénito de la humanidad fiel que acoge con amor y obediencia el plan de redención que Dios ha trazado como alma y meta de la historia. Así pues, Cristo debe eliminar la obra de devastación, las horribles idolatrías, las violencias y todo pecado que el rebelde Adán diseminó en la historia secular de la humanidad y en el horizonte de la creación. Con su plena obediencia al Padre, Cristo inaugura la era de paz con Dios y entre los hombres, reconciliando en sí a la humanidad dispersa (cf. Ef 2, 16). Él "recapitula" en sí a Adán, en el que toda la humanidad se reconoce, lo transfigura en hijo de Dios y lo vuelve a llevar a la comunión plena con el Padre. Precisamente a través de su fraternidad con nosotros en la carne y en la sangre, en la vida y en la muerte, Cristo se convierte en "la cabeza" de la humanidad salvada. Escribe también san Ireneo: "Cristo recapituló en sí toda la sangre derramada por todos los justos y por todos los profetas que existieron desde el inicio" (Adversus haereses V, 14, 1; cf. V, 14, 2).
4. El bien y el mal, por consiguiente, se consideran a la luz de la obra redentora de Cristo. Como insinúa san Pablo, la redención de Cristo afecta a la creación entera, en la variedad de sus componentes (cf. Rm 8, 18-30). En efecto, la naturaleza misma, sujeta al sinsentido, a la degradación y a la devastación provocada por el pecado, participa así en la alegría de la liberación realizada por Cristo en el Espíritu Santo.
Así pues, se delinea la realización plena del proyecto original del Creador: una creación en la que Dios y el hombre, el hombre y la mujer, la humanidad y la naturaleza estén en armonía, en diálogo y en comunión. Este proyecto, alterado por el pecado, lo restablece de modo admirable Cristo, que lo está realizando de forma misteriosa pero eficaz en la realidad presente, a la espera de llevarlo a pleno cumplimiento. Jesús mismo declaró que él era el fulcro y el punto de convergencia de este plan de salvación, cuando afirmó: "Cuando sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí" (Jn 12, 32). Y el evangelista san Juan presenta esta obra precisamente como una especie de recapitulación, un "reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos" (Jn 11, 52).
5. Esta obra llegará a su plenitud al concluir la historia, cuando, como recuerda san Pablo, "Dios será todo en todos" (1 Co 15, 28).
La última página del Apocalipsis, que se ha proclamado al inicio de nuestro encuentro, describe con vivos colores esta meta. La Iglesia y el Espíritu esperan e invocan ese momento en el que Cristo "entregará a Dios Padre el reino, después de haber destruido todo principado, dominación y potestad. (...) El último enemigo en ser destruido será la muerte. Porque ha sometido todas las cosas bajo los pies" de su Hijo (1 Co 15, 24-27).
Al final de esta batalla, cantada en páginas admirables por el Apocalipsis, Cristo llevará a cabo la "recapitulación" y los que estén unidos a él formarán la comunidad de los redimidos, que "ya no será herida por el pecado, por las manchas, el amor propio, que destruyen o hieren a la comunidad terrena de los hombres. La visión beatífica, en la que Dios se manifestará de modo inagotable a los elegidos, será la fuente inmensa de felicidad, de paz y de comunión mutua" (Catecismo de la Iglesia católica, n. 1045).
La Iglesia, esposa enamorada del Cordero, con la mirada puesta en aquel día de luz, eleva la invocación ferviente: "Marana tha" (1 Co 16, 22), "¡Ven, Señor Jesús!" (Ap 22, 20).


.jpeg)


.jpeg)

.jpeg)

.jpeg)


.jpeg)

.jpeg)

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Comentarios y preguntas: