martes, 13 de enero de 2026

Escudriñando la historia







"Y dijo María: «Proclama mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre...»" (Evangelio de Lucas 1, 46ss).





ME LLAMARÁN BIENAVENTURADA TODAS LAS NACIONES











I. Falacia contra los católicos




¿María, una diosa pagana?




Según los protestantes, el culto a la Virgen María es el resultado de la influencia y mezcla que, del paganismo se fue infiltrando poco a poco en la Iglesia cuando el Emperador Constantino I dio a la Iglesia Católica libertad de culto. El culto a otras diosas paso así a ser parte del culto católico.


Esta afirmación y acusación es totalmente falsa.


Tal y como se lee en el texto citado por San Lucas, el culto de veneración que la Iglesia Católica rinde a la Virgen María, es consecuencia directa de su maternidad divina. No es, por lo tanto, consecuencia del paganismo. Para más información al respecto, lee la siguiente información.










La veneración a los santos y a María son dos aspectos de un mismo fenómeno, no dos cosas distintas. Se venera a María porque es la más santa de todos los seres humanos; su veneración (hiperdulia) es pues un caso hiperbólico de la veneración a los santos (dulia), algo distinto de lo que es adoración (latría), que solo ha de recibir Dios. Por tanto ambos tipos de veneración se basan en la creencia en la Comunión de los Santos, pero no es ese el tema de este artículo, sino el ver si Constantino fue el causante de esta veneración o ya existía antes de él. Veamos qué había al respecto en la Biblia y en la Iglesia Primitiva, antes del Concilio de Nicea (año 325).

Para entender pues el papel de María en la devoción cristiana es necesario entender qué es la Comunión de los Santos y qué raíces tiene esa creencia tanto en la Biblia como en la Iglesia primitiva, solo así podemos entender por qué los cristianos católicos y ortodoxos creemos en la intercesión de los santos y de María.




















¿ES IDOLATRÍA?




La Virgen, como la más santa de las creaturas, recibe una veneración especial y también es objeto de peregrinaciones. La veneración a María entra dentro del mismo esquema y lógica que la veneración a los demás santos, pero a ella siempre se la ha considerado como muy por encima del resto por ser el recipiente de la encarnación de Jesús. La propia Biblia da argumentos para considerar que María merece una veneración superior, aunque esencialmente del mismo tipo.

– En el saludo del arcángel Gabriel la llama “llena eres de gracia” (Lucas 1:28)

– Su prima Isabel la alaba diciendo “bendita tú entre todas las mujeres […] ¿De dónde a mí que la Madre de mi Señor venga a visitarme?” (lucas 1:42 ss)

– María misma profetiza, llena de gozo: “He aquí que me llamarán bienaventurada todas las generaciones, porque el Todopoderoso ha hecho maravillas en mí” (Lucas 1:48-49)

– También estaba María con los apóstoles en el momento en que nació la Iglesia con la iluminación recibida por el Espíritu Santo en Pentecostés (Hechos 1:12-14+Hechos 2:1), siendo por tanto junto con los apóstoles la roca sobre la que se asienta la Iglesia. Y también estuvo junto a Jesús en los momentos clave: nacimiento, inicio del magisterio, muerte y resurrección, y también en el Apocalipsis, cuando Jesús regresa triunfante.

No es, pues, necesario inventarse una influencia pagana para explicar la gran veneración por María; si los primeros cristianos veneraban a los santos, ¿cómo no iban a venerar aún más a la santa madre que había llevado en su seno a Dios y que lo había criado?

La explicación de sus detractores es o bien que Constantino introdujo en Nicea su culto (lo cual es históricamente falso, pues María no fue motivo de discusión en ese concilio) o bien que las multitudinarias conversiones de la época hicieron que numerosos paganos cristianizados mantuviesen sus antiguos cultos a las diosas madres y traspasaran a María esa misma devoción.




Todas esas falacias manifiestan la ignorancia de las evidencias históricas, culturales y religiosas de la época y también de la misma historia de la cristiandad naciente, es decir de la Iglesia de los primeros siglos.

Generalmente estos falsos argumentos brotan de una ignorancia respecto de la doctrina católica, de los fundamentos bíblicos, ignorancia de la misión y realidad de la Sagrada Tradición, de la configuración, misión y vida qye de da el Señor a la Iglesia, y de la participación que Dios de la cada fiel en la economía de salvación.




Por ejemplo:

Comparar a María con las diosas-madre de la antigüedad es no entender nada sobre ella. María no pudo reemplazar a Isis o a Astarté o Diana en ese papel porque su papel era más bien el opuesto. Las diosas madre fueron una evolución de la original Diosa Madre, una personificación de la tierra como generadora de fertilidad y origen de todo. María sin embargo no era símbolo de la fertilidad sino de la Virginidad. Ella debía su gracia a ser la madre de Dios, no a haber engendrado a Dios ni creado el mundo, y está a mil años luz de los ritos de sexualidad asociados a las diosas madres paganas. Si lo único que traspasaron a María fue el cariño a una figura materna, más fácil sería explicar el fenómeno recurriendo al amor que sentían por sus propias madres que a la devoción que tenían por una diosa pagana. Pero este argumento sería igual de nocivo para un protestante que para un católico, pues un ateo diría rápidamente que sí, que en María sublimamos nuestro amor por nuestra madre y que igualmente en Dios sublimamos nuestro amor por nuestro padre, y que en realidad ambas figuras son producto de la psicología humana cuando no llega a superar totalmente la fase infantil y necesita seguir agarrándose a las figuras paterna y materna. Si uno piensa que eso no ocurre con su idea de Dios Padre, ¿por qué acusar de eso mismo a otros y decir que sin embargo sí les ocurre a ellos con su idea de María Madre?

Creemos en Dios porque existe, no porque queramos inventarnos un padre eterno, y creemos que María, con su maternidad, no solo fue madre de Jesús sino también de todos nosotros, que somos sus hermanos (por adopción), y por eso Jesús lo atestiguó en la cruz mediante Juan, con su último aliento (Juan 19:26-30); y si sentimos un cariño especial por María no es por necesidades psicológicas, sino porque María se lo merece, pero por sobre todo, por que si ser cristiano significa ser y vivir como Cristo, con Cristo, con ÉL y en ÉL, eso significa amasr a su Madre con la ternura y devoción que le ama el Divino Redentor.




¿Tan extraño resulta venerar a quien es la madre de Jesús, de Dios? Probablemente la única razón por la que la mayoría de los protestantes (no todos) se despreocupan totalmente de María es como rechazo a lo que ellos consideran "la idolatría católica", eso les impide acercarse aunque sea un poco. Se da la paradoja de que sienten, o parecen sentir, más respeto y admiración por los apóstoles de Jesús, que por su propia madre, a pesar de que las alabanzas bíblicas a ella dirigidas no tienen parangón. Lo que Jesús dice de María no lo dice de los apóstoles.

















"Pues todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre."
(San Mateo 12, 50)







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Quien era Constantino

Constantino el Grande (280-337 d.C.) fue uno de los emperadores más poderosos y exitosos de Roma y el primero en identificarse como cristiano (Aunque se duda de la profundidad de sus convicciones, si se vio en la necesidad de terminar con la persecución pues gran parte del imperio, incluyendo su Madre, se hicieron cristianos).

Se le conoce por sus logros económicos, políticos y militares, así como por sus reformas religiosas. Los escritores medievales lo elogiaron como el gobernante ideal y con el que se comparaban a todos los reyes. Con el tiempo, su reinado fue perdiendo notoriedad especto al de otros emperadores. Los historiadores también empezaron a debatir sobre el grado de compromiso de Constantino con el cristianismo o el grado de devoción con el que lo seguía. Constantino fue influyente en la historia del cristianismo por su fe personal, su política religiosa, la promulgación del Edicto de Milán y la convocatoria del Concilio de Nicea.











Usan la falsa excusa de la paganización del concilio para meter también las doctrinas marianas en este saco y decir que se las inventó Constantino,. Pero en cualquier caso podemos probar que esto no es cierto porque tenemos numerosos testimonios de que antes de Constantino los cristianos ya rendían a María una veneración no solo igual sino superior a los demás santos. Veamos algunas muestras:







“Diálogo con el Judío Trifón” (en torno al año 150), del mártir y apologista San Justino, es el primer texto conservado en donde se presenta a María como la nueva Eva (igual que Jesús es el nuevo Adán). Si por una virgen nos llegó el pecado, por otra virgen nos llegó la salvación gracias a Jesús. Si la primera Eva hizo la voluntad de Satanás, la nueva Eva hizo la voluntad de Dios. Esta doctrina de la nueva Eva es fundamental para entender el desarrollo de la doctrina mariana posterior:









Nosotros comprendemos que El [Cristo] se hizo hombre por medio de la Virgen, a fin de que la desobediencia provocada por la serpiente terminase por el mismo camino por donde había comenzado. En efecto, Eva, virgen e intacta, habiendo concebido la palabra de la serpiente, dio a luz la desobediencia y la muerte; en cambio, la Virgen María, habiendo concebido fe y alegría [..] respondió: «Hágase en mí según tu palabra.» (San Justino, Diálogo con Trifón)










San Ireneo de lyon


San Ireneo (también en el s.II), que fue discípulo de San Policarpo, a su vez discípulo del apóstol San Juan, nos expone también la doctrina de la nueva Eva, y considera a María nuestra más eminente abogada, o sea, la principal intercesora entre Jesús y los hombres (mientras que Jesús, como bien declara San Pablo, es el único mediador entre los hombres y Dios Padre).









Eva se mostró desobediente: desobedeció cuando era todavía virgen. Así como Eva, esposa de Adán pero todavía virgen [...] desobedeció, y por eso atrajo la muerte sobre ella misma y sobre todo el género humano, así María, desposada pero virgen, al obedecer, obtuvo la salvación para sí y para todo el género humano* [*no por sí misma sino por traer a Jesús]. […] Del mismo modo, el nudo formado por la desobediencia de Eva no ha podido ser desanudado más que por la obediencia de María. Lo que Eva virgen ató por su incredulidad, María virgen lo desató por su fe. (San Ireneo, Adversus Haerejes)








Que dos de los primeros padres de la Iglesia hablen de María como la nueva Eva demuestra que esta idea ya estaba extendida a mediados del siglo II, por lo que debía de ser doctrina más antigua y muy probablemente proceda de San Juan evangelista, pues es en sus escritos donde más fácilmente encontramos justificación para esta asociación. No olvidemos que pocos textos se han conservado de la Iglesia clandestina de los siglos I y II, y por tanto cuando vemos que una idea aparece por primera vez en un texto, eso no quiere decir que sea en ese texto donde por primera vez toma forma, sino que probablemente la idea ya estaba extendida e incluso quizá apareciera también en otros textos anteriores que, desgraciadamente, no se han conservado.























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El protoevangelio de Santiago





  



Protoevangelio de Santiago. Códex Tchacos, pg. 33. Finales del s.II



Así pues vemos que en cuanto comienza a desarrollarse la apología cristiana, la figura de María es mostrada ya como un elemento de máxima importancia. Pero también en del siglo II conservamos ya algunas muestras de devoción popular en imágenes y en escritos. Una prueba de que la figura de María era ya importante es que debido a lo poco que se cuenta de ella en los evangelios, muy pronto aparece un evangelio apócrifo que pretende rellenar ese vacío dándonos información sobre la Virgen. Los estudiosos dan la fecha aproximada del año 150, y la primera referencia a él que encontramos es a principios del siglo III, citado por Orígenes, el mismo que defendía que todo hombre que se asemeja a Cristo se convierte en hijo de María y a la que llamaba Theotokos (Madre de Dios).







Este protoevangelio, según los estudiosos, se basa en tradiciones orales que aún perduraban pero también en la imaginación de su redactor. Lo importante para nosotros ahora no es distinguir qué pueda ser histórico y qué pueda ser inventado, sino el hecho en sí de que la comunidad cristiana sintiera esa necesidad de saber mucho más de María, y también el hecho de que este protoevangelio, aun inventándose lo que quiera, nos muestra una historia de María que resultaba creíble para los cristianos de la época. Dicho de otra forma, la imagen de María que nos da este evangelio es un reflejo de lo que los cristianos de la primera mitad del siglo II pensaban sobre la Virgen, por eso nos resulta tan valioso para comprobar cómo era la figura de María en la devoción popular de los primeros cristianos.




Si la imagen que este libro diera de María hubiera sido innovadora, según la mentalidad de los cristianos de entonces habría sido declarado inmediatamente como peligrosa herejía. Pero vemos justo lo contrario, las afirmaciones de este evangelio apócrifo no solo no encuentran ninguna oposición sino que son recibidas con entusiasmo, lo que prueba que esa visión de María encajaba cómodamente con la ortodoxia establecida. Que este evangelio sobre María despertó un enorme interés en su época lo muestra el inusual hecho de que conservemos una gran cantidad de copias antiguas. Solo en griego conservamos 140 manuscritos, pero también tenemos copias de traducciones al siríaco, etiópico, copto, georgiano, eslavo antiguo, armenio, árabe, irlandés y latín. Es indudable que los cristianos de todas las iglesias tenían un gran interés por saber más de una figura a la que consideraban fundamental en su fe. En este protoevangelio se nos muestra ya a una María muy en línea con la teología católica actual. María es completamente pura y virgen antes, durante y después del parto y un modelo de santidad.











Concilio de Éfeso, pintado por Vasily Surikov










Quienes afirman que María fue declarada madre de Dios en el Concilio de Nicea (año 325) bajo la influencia de Constantino, lo hacen solo por desconocimiento, porque parece que se ha puesto de moda en algunos círculos asignar a Nicea y a Constantino todas las doctrinas católicas que rechazaron los protestantes. En realidad fue en el Concilio de Éfeso (año 431). Pero decir que es en ese concilio cuando “se decide” que María es madre de Dios es también un error. Los concilios no eran reuniones parlamentarias en las que los obispos deciden crear una nueva doctrina, eran simplemente reuniones en las que se intenta aclarar algún punto doctrinal que se ha empezado a poner en duda por alguna nueva herejía. Lo que se pretendía al declarar un dogma no era crear una doctrina nueva, sino defender una doctrina de siempre ante un ataque novedoso. Al final del concilio, San Cirilio hizo la siguiente declaración:








[Te saludamos, oh, María, Madre de Dios, verdadero tesoro de todo el universo, antorcha que jamás se apagará, templo que nunca será destruido, sitio de refugio para todos los desamparados, por quien ha venido al mundo el que es bendito por los siglos. Por ti la Trinidad ha recibido más gloria en la tierra; por ti la cruz nos ha salvado; por ti los cielos se estremecen de alegría y los demonios son puestos en fuga; el enemigo del alma es lanzado al abismo y nosotros, débiles criaturas, somos elevados al puesto de honor.








En realidad, el problema que quiso resolver




En realidad, el problema que quiso resolver este concilio no estaba en la naturaleza de María, sino una vez más, en la de Jesús. Comenzó a surgir en el este una teoría que defendía que Jesús tenía dos naturalezas, la divina y la humana, pero eran dos naturalezas totalmente separadas e independientes, “como un hombre que se pone un vestido”. Esta teoría pasó bastante desapercibida hasta que Nestorio fue nombrado patriarca de Constantinopla y a principios del siglo V tuvo que intervenir ante un conflicto provocado por un monje que negaba el que María fuera madre de Dios. La explicación de Nestorio fue doblemente herética, pues no solo le dio la razón al monje, sino que su explicación suponía también un rechazo a la idea de que en Jesús hay dos naturalezas pero un solo ser: Nestorio dijo que María era solo madre de la naturaleza humana de Jesús, pero no de su naturaleza divina, o sea, era Kristotokos, pero no Theotokos.




Ante las acusaciones de heterodoxia, Nestorio, patriarca de Constantinopla, apela al juicio del papa Celestino I. Ante eso, el patriarca de Alejandría, Cirilo, apela también al papa y éste le da la razón, dándole poder para declarar al nestorianismo herético. Pero los acontecimientos se complicaron, Cirilo anatemizó a Nestorio con argumentos que no eran del todo claros y al final la situación se complicó más. Nestorio acudió al emperador y este decidió que lo mejor sería convocar un concilio ecuménico donde los obispos pudieran estudiar el asunto con detenimiento. El papa dio su visto bueno, envió delegados, y el concilio se inició el 22 de junio del año 431 en la ciudad de Éfeso. Y este es el texto principal de la decisión del concilio:











Por tanto, no decimos que la naturaleza del Verbo, transformada, se hizo carne; pero tampoco que se trasmutó en el hombre entero, compuesto de alma y cuerpo; sino, más bien, que habiendo unido consigo el Verbo, según hipóstasis o persona, la carne animada de alma racional, se hizo hombre de modo inefable e incomprensible y fue llamado hijo del hombre, no por sola voluntad o complacencia, pero tampoco por la asunción de la persona sola, y que las naturalezas que se juntan en verdadera unidad son distintas, pero que de ambas resulta un solo Cristo e Hijo; no como si la diferencia de las naturalezas se destruyera por la unión, sino porque la divinidad y la humanidad constituyen más bien para nosotros un solo Señor y Cristo e Hijo por la concurrencia inefable y misteriosa en la unidad... Porque no nació primeramente un hombre corriente, de la santa Virgen, y luego descendió sobre Él el Verbo; sino que, unido desde el seno materno, se dice que se sometió a nacimiento carnal, como quien hace suyo el nacimiento de la propia carne... De esta manera [los Santos Padres] no tuvieron inconveniente en llamar madre de Dios [Theotokos] a la santa Virgen.











Así pues, el origen del problema no era María, sino la correcta interpretación de la naturaleza de Jesús. El concilio reafirmó que Jesús era un solo ser, no dividido en dos naturalezas independientes, y como resultado lógico se proclamó también que su madre necesariamente había de serlo también de ambas naturalezas, pues no era posible la división, y así fue reafirmada oficialmente como Theotokos (= la que da a luz a Dios). O sea, Éfeso confirma que lo que la mayoría de los cristianos creían sobre Jesús y sobre María era la ortodoxia y declararon herejes a Nestorio y sus seguidores por intentar cambiarlo. Una prueba más de que esa creencia sobre María era la creencia de todo el pueblo la tenemos en las descripciones que se hacen sobre la reacción del pueblo cuando les anuncian que María ha sido confirmada como Theotokos. San Cirilo, asistente al concilio, nos narra esta reacción popular de las masas que de muchas partes habían acudido y acampado alrededor de Éfeso esperando con ansia el desenlace:











[No se puede imaginar la alegría de este pueblo fervoroso cuando supo que el Concilio había declarado que María sí es Madre de Dios y que los que no aceptaran esa verdad quedan fuera de la Iglesia. Toda la población permaneció desde el amanecer hasta la noche junto a la Iglesia de la Madre de Dios donde estábamos reunidos los 200 obispos del mundo. Y cuando supieron la declaración del Concilio empezaron a gritar y a cantar, y con antorchas encendidas nos acompañaron a nuestras casas y por el camino iban quemando incienso. Alabemos con nuestros himnos a María Madre de Dios y a su Hijo Jesucristo a quien sea todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos.








Pero nos estamos yendo ya a tiempos más tardíos. Los testimonios de veneración mariana en los siglos IV y V en adelante son abrumadores, pero a nosotros nos interesan más los orígenes, a pesar de su escasa documentación, así que regresemos al siglo II, ya que del siglo I casi no conservamos escritos o testimonios más allá de los evangelios y poco más.















En las catacumbas



María, catacumbas de Priscila, s. II

En el arte de las catacumbas, en concreto en la catacumba de Santa Priscila, encontramos la primera representación que aún conservamos claramente de María -segunda mitad del siglo II- al parecer ignorando ya la prohibición veterotestamentaria sobre la representación de imágenes. Pero no es una simple imagen de María ni una escena narrativa bíblica, es la representación de un mensaje. Está amamantando a Jesús, con lo cual el centro de atención, más que el niño, es ella. El niño no es un simple “complemento” de María, sino que vuelve la cara y mira de reojo al espectador, haciéndose presente y dotando así a María de la fuerza derivada de ser su Madre, la que le amamantó. Sobre su cabeza una estrella, y a su derecha un hombre, el profeta Balaam, señala con el índice a la estrella. El hombre lleva toga de filósofo, que es la manera normal en el arte de las catacumbas de representar a los profetas bíblicos (por asociación de ideas). Esta escena alude a la profecía bíblica siguiente:









Lo veo, pero no ahora; lo contemplo, pero no de cerca: una estrella se alza desde Jacob, un cetro surge de Israel. (Números 24:17)








Esta es una de las profecías mesiánicas y por tanto se refieren a Jesús, no a María. Pero la forma de representar la escena, con María como figura principal y amamantando a Jesús, indica que ella es la que trajo a Israel esa estrella anunciada, ella fue la que posibilitó con su “sí” la llegada del Mesías, y por tanto su papel en la historia de salvación es central, solo por detrás del de Jesús y ciertamente por delante de apóstoles o cualquier otro santo. Si hubieran querido representar simplemente que Jesús cumplió la profecía, en vez de representar a Jesús como un niño pequeño en el regazo de su madre, casi de espaldas, habrían puesto a un Jesús de pie o entronizado mirando de frente al espectador mientras la estrella brillaba sobre su cabeza, y entonces María habría sido solo un elemento distractor eliminado de la escena. Pero no es eso lo que vemos, toda la gloria de la profecía está aquí refiriéndose a su papel en ella como Madre de ese Mesías anunciado. Esta representación, con su lenguaje simbólico, nos está presentando a María como Madre de Dios, y aunque es la más antigua conservada, tenemos luego otras muchas semejantes.







Theotokos de Priscilla, c. 225

En la casa de María en Nazaret




Gruta de la Anunciación

Otro ejemplo lo encontramos por esa misma época bajo la actual Basílica de la Anunciación, en Nazaret, construida sobre la casa donde vivió María (aún se conserva el sótano de la vivienda original). La arqueología ha desmentido a muchos que decían que Nazaret no existía en tiempos de Jesús y por tanto María no pudo vivir allí; los textos judíos de la época también citan a Nazaret como el destino de una familia de sacerdotes expulsados de Jerusalén tras la destrucción de la ciudad (año 70). No viene mal recordar que es la misma Biblia quien nos dice que allí se apareció el ángel a María:






Al sexto mes, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a Nazaret, un pueblo de Galilea, a visitar a una joven virgen llamada María, que estaba prometida en matrimonio a José, un varón descendiente del rey David. (Lucas 1:26-27)





Las excavaciones bajo la actual basílica y sus alrededores revelaron los restos de varias iglesias construidas una sobre otra. Entre estos restos, los arqueólogos identificaron una estructura interpretada como un lugar de culto judeocristiano, que posiblemente sirvió como centro de peregrinación hacia el siglo II, con algunos grafitis en sus paredes que podrían datar de finales del siglo I o principios del siglo II. Con el tiempo, este sitio vio la construcción de una serie de iglesias: una iglesia posterior, luego una basílica bizantina (siglo V), seguida de una iglesia cruzada (siglo XII), una iglesia franciscana (siglo XVIII) y, finalmente, la actual basílica construida en 1969.












En los grafitis de la iglesia-sinagoga encontramos inscripciones en varios idiomas, como: “En el lugar santo de María…” (posiblemente escrita a finales del siglo II o principios del siglo III), “Hagia Maria” (“Santa María”), y una en griego que simplemente dice “Xe Mapia” (pronunciado /jeh mah-REE-ah/), una abreviatura de Χαῖρε Μαρία (“¡Dios te salve, María!”). Además, se descubrió una gruta subterránea utilizada como capilla, que contaba con un altar, más grafitis y cinco capas sucesivas de yeso en las paredes. En la tercera capa se encontró una moneda de la época de Constantino, lo que confirma que la capa más antigua probablemente data del siglo II, demostrando el uso prolongado del sitio.

Esta evidencia sugiere firmemente que, incluso antes de la época de Constantino —posiblemente ya en el siglo II— los cristianos veneraban la casa de María como un lugar santo. Además, el hecho de que la comunidad local original construyera allí un lugar de culto, que incluía un baptisterio, subraya los orígenes del sitio dentro de una comunidad judeocristiana. Esta interpretación se basa en gran medida en el trabajo de Bellarmino Bagatti, un arqueólogo franciscano reconocido por sus extensas excavaciones y estudios sobre el Nazaret cristiano primitivo. Según Bagatti, esta comunidad conservó su carácter judío hasta bien entrado el período bizantino, como lo evidencian inscripciones en griego y arameo, la ausencia de símbolos paganos y la continuidad del culto, sin influencias paganas claras que puedan explicar una devoción mariana tan temprana.






María madre de Dios









Ya vimos en la escena de la visitación como Santa Isabel llamaba a su prima “madre del Señor”. En el nuevo testamento “Señor” significa “Dios”, y hasta los mismos protestantes aceptan que así es, y por eso se encuentra en muchas ocasiones afirmada la divinidad de Jesús, cada vez que se le llaman “Señor”. Y por si no queda suficientemente claro, podemos ver que la versión del Antiguo Testamento que manejan y citan los evangelistas (la Biblia de los Setenta o Septuaginta) en sus citas del Antiguo Testamento sistemáticamente sustituye el nombre de Dios por la palabra “Kyrios” (= Señor). Por tanto la frase bíblica “ἡ μήτηρ τοῦ Κυρίου μου” (ē mētēr tou kyriou mou), “la madre de mi Señor”, significa literalmente “la madre de Dios” en el lenguaje griego neotestamentario.

En varias ocasiones se llama a María “madre de Jesús”, o a Jesús “hijo de María”. Ante esto algunos protestantes señalan que María fue, efectivamente, madre de Jesús, pero no de Dios, o sea, fue madre de la naturaleza humana de Jesús, pero no de su naturaleza divina. Del mismo modo interpretan la expresión de “madre del Señor” usada por santa Isabel, donde “Señor” se referiría a Jesús, no a Dios. Pero aquí entramos en contradicción. Si separamos la naturaleza humana y divina de Jesús, como hacía Nestorio, entonces solo en su naturaleza divina sería “Señor”, siendo en su naturaleza humana solo un hombre más, o sea, no Señor. Pero resulta que incluso en ese caso, la expresión de santa Isabel se estaría refiriendo explícitamente a la naturaleza divina de Jesús, y por lo tanto estaría declarando que María es la madre de la naturaleza divina de Jesús, o sea, es madre de Dios (con lo que volvemos al mismo sitio y de paso caerían en una herejía mayor de la que supuestamente pretenden evitar).

Pero en cuanto al significado de la expresión “madre de Jesús”, no podemos decir que ahí se está refiriendo solo a la parte humana de Jesús. Lo cierto es que distinguir en Jesús dos naturalezas, una humana y otra divina, como cosas separadas y diferenciables, es como vimos una antigua herejía que se atajó en el concilio de Calcedonia (año 451). Salvo algunas iglesias evangélicas, ni católicos ni protestantes admiten el que en Jesús hubiera dos naturalezas separadas. El credo de Calcedonia, aceptado también por muchos protestantes, afirma que Jesús es “Dios y hombre verdadero” sin separación de naturalezas:





[


[…] engendrado del Padre antes de los siglos en cuanto a la divinidad, y el mismo, en los últimos días, por nosotros y por nuestra salvación, engendrado de María Virgen, madre de Dios*, en cuanto a la humanidad; que se ha de reconocer a uno solo y el mismo Cristo Hijo Señor unigénito en dos naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación, en modo alguno borrada la diferencia de naturalezas por causa de la unión, sino conservando, más bien, cada naturaleza su propiedad y concurriendo en una sola persona y en una sola hipóstasis, no partido o dividido en dos personas, sino uno solo y el mismo Hijo unigénito, Dios Verbo Señor Jesucristo, como de antiguo acerca de Él nos enseñaron los profetas, y el mismo Jesucristo, y nos lo ha trasmitido el Símbolo de los Padres. (fragmento de la declaración del Concilio de Calcedonia, año 451)











Si dice que fue engendrado por María “en cuanto a la humanidad” y por el Padre “en cuanto a la divinidad”, lo hace para evitar el pensamiento de que María hubiera engendrado al Hijo, pues el Hijo es preexistente igual que el padre. Pero eso no significa que la maternidad de María no alcanzara también a la parte divina de Jesús, por eso dice “engendrado por María Virgen, madre de Dios, en cuanto a la humanidad”. Y poco después aclara que aunque Jesús muestra dos naturalezas, la humana y la divina, no se encuentra “dividido en dos personas, sino uno solo”, y la palabra griega “personas” es la misma que se emplea para describir a las 3 “personas” de la Trinidad, así que lo que se dice aquí es que Jesús Dios, ahora hecho también hombre, pasa a ser Dios y hombre sin separación posible ya para toda la eternidad (por eso Jesús está en el cielo en cuerpo y alma, no solo en espíritu).

No se puede afirmar que María sea la madre de Jesús en cuanto hombre, pero no de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, porque Jesús es una única persona: Dios y hombre al mismo tiempo. Es similar a cómo no diríamos que la madre del papa Francisco es madre de Francisco el hombre, pero no madre del papa, ya que se trata de la misma persona con diferentes roles. Del mismo modo, no tendría sentido decir que tu madre es madre solo de tu cuerpo y no de tu alma, como si, al morir y descomponerse tu cuerpo, la relación entre tu madre y tú dejara de existir. Así, María es verdaderamente Madre de Dios, porque dio a luz a Jesús, quien es una única Persona divina con dos naturalezas: divina y humana.

Por lo tanto, si en la Biblia pone que María es la “madre del Señor” y que es “la madre de Jesús”, que viene a ser exactamente lo mismo, incluso prescindiendo del tesoro de la Tradición no hay motivos para pensar que los primeros cristianos no consideraran a María como madre de Dios, como ya hemos visto. Y si la consideraban madre de Dios, no es posible creer que no la veneraran con todo el respeto que por ello se merecía.












Ni siquiera Lutero se atrevió a cuestionar esta verdad:(Ella es) la mujer más encumbrada y la joya más noble de la cristiandad después de Cristo... ella es la nobleza, sabiduría y santidad personificadas. Nunca podremos honrarla lo suficiente. Aún cuando ese honor y alabanza debe serle dado en un modo que no falte a Cristo ni a las Escrituras. (Lutero, Sermón, Navidad 1531)








¿Y por qué Lutero pedía veneración especial para María? Dejemos que nos lo cuente él mismo:





…ella con justicia es llamada no solo madre del hombre, sino también la Madre de Dios... es cierto que María es la Madre del real y verdadero Dios. (Ref: Sermón sobre Juan 14. 16: recogido en: St. Louis, ed. Jaroslav, Pelican, Concordia. vol. 24. p. 107)








Sería ya más tarde cuando los seguidores de Lutero y Calvino abandonaran la doctrina de sus fundadores y declarasen que María solo fue madre de la naturaleza humana de Jesús, cayendo así en la antigua herejía nestoriana y agnóstica de que Jesús-hombre y Jesús-Dios son dos cosas que se dan juntas pero que en realidad son diferentes (una especie de caso de posesión). Entonces, si son cosas diferentes tendríamos que negar también la propia Redención y decir que no fue el Hijo quien murió en la cruz para redimirnos, sino solo el Jesús-hombre, pues el Jesús-Dios no puede morir. Así al negar que María sea madre de Dios están negando también todas las bases del cristianismo y nos quedaría que Dios no entregó a su Hijo para morir por salvarnos, sino que el Hijo habitó dentro de un ser humano hijo de María (o tal vez dentro de un cuerpo humano, una carcasa vacía dada a luz por María), y ese ser humano (o ese cuerpo vacío) murió en la cruz, lo cual lo habría convertido en un sacrificio inútil, pues la muerte de un simple mortal no habría podido redimirnos. Esta afirmación echaría por tierra toda la teología protestante al igual que la católica, pues la Redención se basa en que el Hijo, Dios mismo, murió por nosotros. Si Jesús era al mismo tiempo y de forma única Dios y hombre verdadero cuando murió en la cruz, del mismo modo fue Jesús Dios y hombre verdadero cuando estaba en el seno de María. No podemos hacer que Jesús cambie de naturaleza según la ocasión nos acomoda.




Los protestantes tienen pues un grave problema con su doctrina sobre María, pero los católicos de la Iglesia primitiva, como los actuales, nunca mostraron ningún problema con ello. Ahora y siempre hemos venerado a María porque es la Madre de Dios y, como dice también Lutero, madre nuestra.

María Intercesora

Ya vimos en nuestro artículo anterior cómo se puede justificar el poder intercesor de los santos, reflejado tanto en la Biblia como en la Iglesia primitiva. Sobre la intercesión en particular de la Virgen María, hemos de pensar que si Jesús escucha las oraciones de los santos, cuánto más no escuchará las de su propia madre. La misma Biblia nos da un precioso ejemplo de la intercesión de la Virgen ante Jesús en auxilio de otras personas. Es ni más ni menos gracias a su intercesión que Jesús comienza su magisterio y realiza su primer milagro, comenzando así su misión. Puede leerlo en las bodas de Caná.

Coliridianismo

Pero aunque muchos teólogos protestantes entiendan cómo es la veneración católica a María, los protestantes de a pie, y de no tan a pie, están convencidos de que lo que hacen los católicos es adorar a la Virgen como si fuera una diosa pagana. Esa es la acusación continua sobre el tema, y nos recuerdan, como si no lo supiéramos, que solo a Dios se puede adorar. Resulta paradójico, pues ya la propia Iglesia Católica tuvo que combatir esa herejía en el siglo IV. Al parecer en algunas zonas de Siria y Arabia había una secta gnóstica formada principalmente por mujeres que realmente adoraba a María como una diosa, mezclando elementos cristianos y paganos. San Epifanio de Salamis combatió esta herejía en su libro Panarion (año 375). Aunque parece que esa herejía ya había desaparecido en tiempos de Mahoma, algunos creen que el recuerdo de ello hizo que Mahoma creyera equivocadamente que María formaba parte de la Trinidad cristiana. Tal parece que a estas alturas algunos protestantes mantienen el mismo error de percepción que Mahoma.




El radar contra las herejías








Hay otro argumento que resulta poderoso para quienes conocen bien los primeros siglos de la Iglesia. Fueron aquellos tiempos de asentamiento de la doctrina y en ese proceso es normal que apareciese gente con sus propias interpretaciones sobre algún aspecto determinado. Lo que hoy nos gusta llamar “diferentes puntos de vista”, por aquella época purista eran considerados herejías, y no había herejías grandes ni pequeñas, todas eran de suma importancia y todas eran atacadas enérgicamente por los primeros padres de la Iglesia, que hacían de la pureza de la fe una prioridad. Cualquier pequeño detalle que se salga de la ortodoxia provocaba un enorme revuelo que hoy, con nuestra mentalidad, puede parecer a menudo desproporcionado, pero ¿qué clase de verdad nos podrían transmitir a las generaciones futuras si ya desde sus inicios quedase desvirtuada?

Si la nueva doctrina era producto de una reflexión sobre las escrituras (siempre a la luz de la tradición recibida), dicha doctrina era analizada con lupa y solo se aceptaba si resultaba lógica y no se detectaba en ella nada sospechoso. Así vemos los grandes conflictos que se originaron en esos primeros siglos, sobre todo del II al V, incluso por pequeños matices sobre la naturaleza de Jesús. Pero es precisamente en esos siglos cuando vemos surgir toda la teología mariana. Y si algo sorprende de esa teología es que a pesar de estar configurando unas afirmaciones realmente transcendentales sobre María y su repercusión en el cristianismo, no vemos por ningún lado ni en ninguna parte la más mínima polémica hasta la ya mencionada nestoriana en el siglo V, que en el fondo es también una disputa cristológica.




Conociendo el clima de la época es verdaderamente sorprendente que el fuerte desarrollo de estas doctrinas pase prácticamente desapercibido y sin levantar ninguna oposición, como si a todo el mundo le pareciera lógico y natural. Cuando empezamos a ver a escritores cristianos llamar a María “madre de Dios” o “madre nuestra”, por ejemplo, no vemos que ningún teólogo se alce indignado a gritar “blasfemia!”, como a menudo ocurría por otros detalles incluso nimios. Es cierto que esas doctrinas tardaron en ser declaradas oficialmente, pero es igualmente cierto que cuando van surgiendo son tan ampliamente aceptadas que ya desde el siglo II funcionan de facto como doctrinas oficiales, desarrollándose sin ninguna oposición.












Esto nos indica claramente que la actual visión sobre María ya debía de alguna manera estar impregnada en las primeras comunidades apostólicas, de manera que cuando más adelante se reflexiona sobre ella y se la declara madre de Dios, entre otras cosas, el caldo de cultivo estaba ya sembrado en toda la cristiandad para aceptar eso como perfectamente razonable. Los teólogos fueron descubriendo en las escrituras todas las conexiones que demostraban que la figura de María resultaba clave en nuestra fe, pero da la sensación de que el pueblo todo eso ya lo sabía sin necesidad de tanto análisis. Es lo mismo que ha ocurrido con los recientes dogmas de la Inmaculada y la Asunción, aunque se han declarado oficialmente hace poco, esas creencias ya se encontraban plenamente establecidas en la Iglesia Primitiva y han sido y son creencia común en la Iglesia Católica y en la Ortodoxa desde aquellos tiempos hasta el día de hoy, aunque solo alcanzaran sanción oficial recientemente, y solo en la Iglesia Católica.




No es de extrañar que el pueblo venerara ya a la Virgen si tenemos en cuenta que los últimos libros del Nuevo Testamento (los de Juan), son los que muestran más claramente toda la simbología que nos permite entender el papel de María. Al fin y al cabo fue Juan quien vivió con ella sus últimos años, y es normal que sea sobre todo cuando alguien muere cuando más nos paramos a hacer un análisis de lo que realmente ha significado esa persona. Pasó con Jesús (comparemos la visión que los apóstoles tenían de Jesús mientras estaba vivo con la imagen que tenían de él tras la resurrección) y pasó también con María, por eso en los otros evangelios y en Hechos o las epístolas de los apóstoles encontramos pocas referencias a María, pero cuando escribe Juan, ya tras la muerte de María, vemos en él cómo empieza a comprender que María era mucho más de lo que su humildad parecía dar a entender.

























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