martes, 13 de junio de 2023

Le atravesó el costado con una lanza...





Oración al Espíritu Santo

Recibid ¡oh Espíritu Santo!, la consagración perfecta y absoluta de todo mi ser, que os hago en este día para que os dignéis ser en adelante, en cada uno de los instantes de mi vida, en cada una de mis acciones, mi director, mi luz, mi guía, mi fuerza, y todo el amor de mi corazón.

Yo me abandono sin reservas a vuestras divinas operaciones, y quiero ser siempre dócil a vuestras santas inspiraciones. 

¡Oh Santo Espíritu! Dignaos formarme con María y en María, según el modelo de vuestro amado Jesús. Gloria al Padre Creador. Gloria al Hijo Redentor. Gloria al Espíritu Santo Santificador. Amén






Oración al Divino Corazón

Rendido a vuestros pies, ¡oh Jesús mío!, considerando las inefables muestras de amor que me habéis dado y las  sublimes lecciones que me enseña de continuo vuestro adorabilísimo Corazón, os pido humildemente la gracia de conoceros,  amaros y serviros como fiel dicípulo vuestro para hacerme digno de las mercedes y bendiciones que, generoso, concedéis a los que de veras os  conocen, aman y sirven.

¡Mirad que soy muy pobre, dulcísimo Jesús, y necesito de Vos como el mendigo de la limosna que el rico le ha de dar! ¡Mirad que soy muy rudo, oh soberano Maestro!, y necesito de vuestras divinas enseñanzas, para  luz y guía de mi ignorancia! ¡Mirad que soy muy débil, oh poderosísimo amparo de los frágiles, y caigo a cada paso y necesito apoyarme en Vos, para no desfallecer.

Sedlo todo para mí, Sagrado Corazón; socorro de  mi miseria, lumbre de mis ojos, báculo de mis pasos, remedio de mis males, auxilio en toda necesidad. De Vos lo espera todo  mi pobre corazón. Vos lo alentasteis y convidasteis, cuando con tan tiernos acentos dijisteis repetidas veces en vuestro Evangelio: "Venid a mí, aprended de mí, pedid, llamad..." A las puertas de vuestro Corazón vengo, pues hoy, y llamo y pido y espero. Del mío os hago, ¡oh Señor!, firme, formal, y decidida entrega. Tomadlo Vos, y dadme en cambio lo que sabéis me ha de hacer bueno en la tierra y dichoso en la eternidad. Amén








San Juan 13, 19-27

«Os lo digo desde ahora, antes de que suceda, para que, cuando suceda, creáis que Yo Soy.
En verdad, en verdad os digo: quien acoja al que yo envíe me acoge a mí, y quien me acoja a mí, acoge a Aquel que me ha enviado.»
Cuando dijo estas palabras, Jesús se turbó en su interior y declaró: «En verdad, en verdad os digo que uno de vosotros me entregará.»
Los discípulos se miraban unos a otros, sin saber de quién hablaba.
Uno de sus discípulos, el que Jesús amaba, estaba a la mesa al lado de Jesús.
Simón Pedro le hace una seña y le dice: «Pregúntale de quién está hablando.»
El, recostándose sobre el pecho de Jesús, le dice: «Señor, ¿quién es?»
Le responde Jesús: «Es aquel a quien dé el bocado que voy a mojar.» Y, mojando el bocado, le toma y se lo da a Judas, hijo de Simón Iscariote.
Y entonces, tras el bocado, entró en él Satanás. Jesús le dice: «Lo que vas a hacer, hazlo pronto.»









La devoción al Sagrado Corazón mira como fuente de inspiración, el momento de la Última Cena, donde el discípulo amado de Jesús, el apóstol San Juan, reposó su cabeza sobre el pecho de nuestro Salvador y le preguntó quién era el que lo iba a entregar  (Jn. 13, 25). Él fue quien sintió latir el Corazón del Dios Amor.

Recordemos que Juan fue el único apóstol que estuvo presente en la crucifixión de Jesús (Jn. 19, 26) y vio cuando salió del costado de Jesús sangre y agua, luego de que el soldado romano lo traspasara allí con su lanza (Jn. 19, 34).
Ese mismo apóstol escribe más adelante en sus cartas: “Dios es Amor” (1 Jn. 4, 8).










Sin embargo, la revelación más profunda y completa sobre esta devoción fue reservada a los tiempos modernos, cuando  Jesús se le apareció a una humilde religiosa de la Orden de la Visitación de Santa María, en la ciudad de Paray-Le-Monial, en la segunda mitad del siglo XVII: Santa Margarita María de Alacoque

Aunque la historia de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús o al Corazón Eucarírtico de Jesus se remonta como verdad y realidad teológica y espiritual, a los principios de la  revelación, al Ministerio público del Señor y el anuncio del Evangelio, al inició de la reflexión y contemplación en torno al miisterio de la Encarnación y al Misterio de la presencia real de Jesús en la Eucaristía, que se ha ido desarrollando en la medida que la predicación de la Iglesia y el Magisterio han sido iluminados por la acción del Espíritu Santo en las almas, en los frutos de la vida y testimonio de los santos, en las luces concedidad a los Padres y Doctores de la Iglesia, en el fervor y la piedad de los fieles y en la madurez espiritual de los misterios celebrados en la liturgia de la Iglesia, es un un hito y ápice mistico y espiritual  en la historia de la Iglesia y en la vida de una Santa Visitandina,   no de orden cronóligo pero si en corcordancia y vínculo pleno con la Agonía y pasión de nuestro Señor, que la Iglesía, como cuerpo m´stico debe vivir y asimilar, con los impulsos del Espíritu Santo en la configuración de los fieles con Cristo nuestro señor y en  la pasión por la que debe pasar el Cuerpo Místico, en momentos de crisis y pruebas externas e internas, en las que debe palpitar la cristiandad según el  palpitar del Corazón del Señor, para florecer en su amor, en Fe y Esperanza, en el Reinado de los Sagrados Corazones.








Esta es parte de la Revelación del Corazón de Jesús a la Santa religiosa de la Orden de la Visitación, Santa Margarita María de Alacoque:
                                                                                                                                                                                                                                  
"Estando ante el Santísimo Sacramento un día de su octava, y queriendo tributarle amor por Su tan gran amor, me dijo el Señor:
«No puedes tributarme ninguno mayor que haciendo lo que tantas veces te he pedido ya.» Entonces el Señor le descubrió su Corazón y le dijo «He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombre y que no ha ahorrado nada hasta el extremo de agotarse y consumirse para testimoniarles su amor. Y, en compensación, sólo recibe, de la mayoría de ellos, ingratitudes por medio de sus irreverencias y sacrilegios, así como por las frialdades y menosprecios que tienen para conmigo en este Sacramento de amor. Pero lo que más me duele es que se porten así los corazones que se me han consagrado. Por eso te pido que el primer viernes después de la octava del Corpus se celebre una fiesta especial para honrar a mi Corazón, y que se comulgue dicho día para pedirle perdón y reparar los ultrajes por él recibidos durante el tiempo que ha permanecido expuesto en los altares. También te prometo que mi Corazón se dilatará para esparcir en abundancia las influencias de su divino amor sobre quienes le hagan ese honor y procuren que se le tribute.»





 La Madre Superiora, que por fin llego a creer en ella, fue trasladada a otro monasterio. Pero antes de irse ordena a Margarita a que relatara ante toda la comunidad todo cuanto el Señor le había revelado. Ella accedió solo en nombre de la santa obediencia y les comunicó a todas lo que el Señor le había revelado incluyendo los castigos que El haría caer sobre la comunidad y sobre ellas. Y cuando todos enfurecidos empezaron a hablarle duramente, Margarita se mantuvo callada, aguantando en humildad todo cuanto le decían. Al siguiente día, la mayoría de las monjas sintiéndose culpables de lo que habían hecho, acudían a la confesión. Margarita entonces oyó que el Señor le decía que ese día por fin llegaba la paz de nuevo al monasterio y que por su gran sufrimiento, Su Divina Justicia había sido aplacada.
                                                                                                  
En contra de su voluntad, Margarita fue asignada como maestra de novicias y asistente a la superiora. Esto llegó a ser parte del plan del Señor para que por fin se empezara a abrazar la devoción del Sagrado Corazón de Jesús. Sin embargo Margarita nunca llegó a ver durante su vida en la tierra el pleno reconocimiento de esta devoción. 

Falleció en la tarde del 17 de octubre del 1690, habiendo Margarita previamente indicado esta fecha como el día de su muerte, encomendando su alma a su Señor, a quien ella había amado con todo su corazón. 

Pasaron solamente tres años después de su muerte cuando el Papa Inocencio XIII empezó un movimiento que abriría las puertas a esta devoción. Proclamó una bula papal dando indulgencias a todos los monasterios Visitandinos, que resultó en la institución de la fiesta del Sagrado Corazón en la mayoría de los conventos. En 1765, el Papa Clemente XIII introdujo la fiesta en Roma, y en 1856 el Papa Pío IX extendió la fiesta del Sagrado Corazón a toda la Iglesia. Finalmente, en 1920, Margarita fue elevada a los altares por el Papa Benedicto XV.









El Corazón de Jesús en la Historia de Salvación:


El corazón es el lugar donde brota el amor. Cuando hablamos de corazón, generalmente nos referimos a todo lo que sentimos y queremos en relación con las personas.

El corazón es la fuente y guía de nuestro amor, el motor de nuestra entrega. Más de una vez nos hemos descubierto sintiendo cariño, simpatía o rechazo hacia alguna persona sin conocer el motivo. 


El Corazón es el símbolo del amor humano. Esta devoción católica honra al Sagrado Corazón de Nuestro Señor, a través del cual se nos manifestó el amor eterno de Dios por todos. “Dios es Amor” (1 Juan 4: 8), por lo que, al honrar la expresión humana de ese Amor, especialmente en la Cruz, honramos Su Fuente Divina.

San Juan Pablo II dijo: “El Sagrado Corazón nos lo ha dado todo: redención, salvación, santificación”.

El Sagrado Corazón es el verdadero corazón de Cristo y también indica su amor por la humanidad. 

El Catecismo de la Iglesia Católica dice: “La oración de la Iglesia venera y honra  el Corazón de Jesús, así como invoca su santísimo nombre. Adora al Verbo encarnado y a su Corazón que, por amor a los hombres, se dejó ser traspasado por nuestros pecados”.  (CIC 2669)

Es claro que sin corazón no podemos existir. De acuerdo a las ciencias biológicas, el corazón es el primer órgano que se forma y comienza a latir apenas unos días después de nuestra concepción en el vientre materno. Cuando el corazón deja de palpitar, la vida se acaba, un ciclo termina. El corazón es principio y fin, es fuente que deja fluir la vida en el cuerpo. Por lo tanto podemos concluir que del Corazón de Jesús emana la vida del creyente y a él regresa cuando su misión se acaba.






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Y os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne.
  Ezequiel.  36,   26-27



Venid a mí, los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestra vida. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.
Mateo 11:28-30


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En la Biblia,  se menciona la palabra “corazón” más de ochocientas veces y no se refiere solo a un tejido muscular que bombea sangre al cuerpo. En un lenguaje profundo y poético es la sede de las actitudes, emociones y de la inteligencia. “Por encima de todo cuidado, guarda tu corazón, porque de él brotan las fuentes de la vida.” (Pr 4, 23), “Porque donde este tu tesoro, allí estará también tu corazón.” (Mt 6, 21), “El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca lo bueno, y el malo, del malo saca lo malo. Porque de lo que rebosa el corazón habla su boca.” (Lc 6, 45), “Amaras al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.” (Mt 22, 37).

Estos textos bíblicos entre otros dejan bastante claro que todo corazón es creado como fuente de la vida y motor del amor. En él anidan los sentimientos y pretensiones más profundas del ser humano pero es también allí donde los rencores y violencias de todo tipo tienen su origen. El corazón es sagrado pero se contamina con las semillas del mal, en Jesús eso no sucede pues su corazón no está contaminado con el pecado que mancha y degenera el corazón del hombre.

Jesús dice: “Vengan a mi todos los que están cansados y agobiados que yo les daré descanso. Tomen sobre ustedes mi yugo, y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón…” (Mateo 11, 28 – 29). 

En un mundo dividido y desgarrado por miserias de todo tipo, lejos de ser una devoción pasada de moda, el Sagrado Corazón de Jesús tiene más vigencia que nunca.

Estamos invitados a centrar y orientar nuestra vida desde Él. Él es la fuente desde donde nos entregamos en la vocación particular con un corazón ardiente y apasionado. Solo centrados en Él nuestro servicio misionero será más efectivo. Cercano a los que necesitan, dispuestos a compartir o sufrir con los que sufren. Con oídos y corazón atentos, en una actitud de lucha para desterrar el mal que oprime las existencias y mata la felicidad de los corazones. 









Cuando decimos Corazón de Jesús significamos por de pronto el corazón material y verdadero de Cristo, pero considerado como símbolo de su amor; significamos además este mismo amor del Hijo de Dios simbolizado en su Corazón divino; significamos todo lo íntimo de Jesús: sus sentimientos, sus afectos, sus virtudes, etc., «en cuanto tienen en el corazón viviente un centro de resonancia, un símbolo, o un signo de referencia», a lo cual llaman el objeto por extensión; significamos, en fin, la Persona amabilísima de Cristo Nuestro Señor. 

 No se puede decir indiferentemente "Jesús" o el "Sagrado Corazón"; ya que no se designa siempre la persona por su corazón. Para hacerlo es menester que se atienda a la vida afectiva y moral de la persona, a su intimidad, a su carácter y a sus principios de conducta… Esta consideración de la persona en su corazón da a la devoción un aire más libre y un alcance más amplio, Por ella el Sagrado Corazón me representa a Jesús en toda su vida afectiva y moral; lo interior de Jesús, a Jesús todo amante y todo amable… 

Todo Jesús se resume y se representa en el Sagrado Corazón atrayendo bajo este símbolo expresivo nuestras miradas y nuestros corazones hacia su amor y sus amabilidades, Jesús ¿no es, acaso, en todo y por todo, todo amable y todo amor para con nustras almas y corazones? 

Pero la Persona misma de Jesús es quien nos lo abre, diciéndonos como a Santa Margarita María: «He aquí este Corazón». Y nosotros, mirando al Corazón que se nos muestra así aprendemos a conocer la Persona en su totalidad y en profundidad, hasta en lo mas íntimo y verdadero. Por esta manera todo Jesús se recapitula en su Corazón, como todo lo demás se recapitula en Jesús»

No sólo es el Corazón de Cristo físico, sino el misterio de los amores derramados por el Creador, Padre eterno sobre su creación en este mundo.












Así lo definió la encíclica de Pio XII “Aurietis aquas”.

1º. – Amor divino, como proyecto creador del mundo con todas sus creaturas, poniendo al humano como cumbre de su sabiduría en función de venturanza final. Plan libérrimo, fruto único del amor puro según la esencia del fenómeno volitivo amoroso: “el amor es difusivo”, no llamado a vivirlo en pura y contemplativa felicidad solitaria.

2º. – Amor humano sensitivo (de Cristo Nuestro Señor), cuyo corazón latió con el natural afecto sensorial hacia su santa Madre, a San José, a sus apóstoles y amistades, hacia los enfermos y atormentados posesos, hacia los descarriados arrepentidos o los hambrientos de pan y de doctrina salvífica.

Fue humano y su corazón representa todas las funcionalidades orgánicas y afectivas de todo hombre normal.

Reconocemos su valor caritativo y adoramos su afecto reconfortante.

3º. – Amor humano espiritual; es decir esa tendencia benéfica, salvadora de ignorantes y extraviados en las tinieblas del pecado y la desesperación, doctrinal y esperanzadora, pero con completo desinterés por su parte, propio de un Dios que nada necesita de nosotros y sólo se preocupa de la realización de su plan salvífico sobre el mundo y de cada uno de nosotros.

En estos tres grados de amor (tendencia operativa al bien de alguien o de algo) se sintetiza la obra redentora de Dios sobre el mundo.

De este modo hermoso e íntegro consideramos nosotros al Corazón de Jesús…; modo como suele entenderlo de ordinario el pueblo fiel, y modo como parece desea que le consideremos la Iglesia, cuando excluye del culto público (no del privado) al Corazón separado de lo restante de Cristo, en servicio de la comprensión de todo el Misterio de la Encarnación, de las dos naturalezas de la persona del Hijo y Verbo Encarnado, pero procurando no solo reconocer la verdad del misterio, sino de amarle auténticamente, con la convicción interior y con la fuerza de la caridad:

Este es el Amor que merece ser amado, este es el Corazón que merece ser, por sobre todo, preferido, porque es el Corazón que nos ha preferido y amado a nososotros, a cada uno con misericordia, compasión redentora y predilección.











San Juan 19, 17-34

"...Y él cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario, que en hebreo se llama Gólgota, y allí le crucificaron y con él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio.
Pilato redactó también una inscripción y la puso sobre la cruz. Lo escrito era: «Jesús el Nazareno, el Rey de los judíos.»
Esta inscripción la leyeron muchos judíos, porque el lugar donde había sido crucificado Jesús estaba cerca de la ciudad; y estaba escrita en hebreo, latín y griego.
Los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato: «No escribas: "El Rey de los judíos", sino: "Este ha dicho: Yo soy Rey de los judíos".»
Pilato respondió: «Lo que he escrito, lo he escrito.»
Los soldados, después que crucificaron a Jesús, tomaron sus vestidos, con los que hicieron cuatro lotes, un lote para cada soldado, y la túnica. La túnica era sin costura, tejida de una pieza de arriba abajo.
Por eso se dijeron: «No la rompamos; sino echemos a suertes a ver a quién le toca.» Para que se cumpliera la Escritura: Se han repartido mis vestidos, han echado a suertes mi túnica. Y esto es lo que hicieron los soldados.
Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Clopás, y María Magdalena.
Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo.»
Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre.» Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.
Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dice: «Tengo sed.»
Había allí una vasija llena de vinagre. Sujetaron a una rama de hisopo una esponja empapada en vinagre y se la acercaron a la boca.
Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: «Todo está cumplido.» E inclinando la cabeza entregó el espíritu.
Los judíos, como era el día de la Preparación, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el sábado - porque aquel sábado era muy solemne - rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran.
.Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero y del otro crucificado con él.
Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas,sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua.














Notas:

Consagrarse al Sagrado Corazón de Jesús supone, en primer lugar, mostrar una absoluta confianza en él mismo. Lo hacemos así porque estamos en la seguridad que Cristo es nuestro protector, que nos da fortaleza y que, por último, es un refugio más que recomendable para asentar nuestra existencia.

Consagrarse al Corazón de Cristo supone, en segundo lugar, entregar toda nuestra persona al mismo. Así, deberemos huir de todo aquello que pueda disgustar al Hijo de Dios: lo que no suponga honrar a Dios, amar al Todopoderoso, odiar al prójimo y no amarlo como a nosotros mismos y, en definitiva, seguir lo mandado por el Creador en tales aspectos, momentos y circunstancias.

Pero consagrarse al Corazón de Cristo es, en tercer lugar, renunciar, desde ya, a todo aquello que nos aleja del Creador y, así, del Hijo. Queremos, así, permanecer con Cristo y que Cristo permanezca en nosotros como, por cierto, lo pidió en la Última y Santa Cena cuando dijo, por ejemplo, que nada podíamos hacer sin Él que es, además, una realidad que tenemos más que conocida por verdadera como la vida misma.

Consagrarse al Sagrado Corazón de Jesús, como lo hacemos con esta oración de Santa Margarita María de Alacoque, ha de suponer, para nosotros, un antes y un después: un antes que dejamos atrás y un después que ofrecemos a Dios como vida ofrecida a Quien nos la dio y nos la mantiene. Así, por eso, queremos que el Corazón de Cristo, Sagrado misterio de dulce nombre, nos contenga a nosotros, pecadores como somos. Y así, también, procurarnos una existencia que pueda ser digna de llamarse propia de un discípulo de Cristo.

Consagrarse, por último, al Sagrado Corazón de Jesús, es saber que todo lo podemos esperar del mismo y que, por mucho que podamos creernos indignos de hacer tal cosa, somos más que esperados por Quien todo lo espera de nosotros.





Autobiografía, Corazón Ardiente.







Oración de Santa Margarita María Alacoque

Me entrego, y al Sagrado Corazón de Nuestro Señor Jesucristo consagro sin reservas, mi persona, mi vida, mis obras, mis dolores y sufrimientos. Me comprometo a no usar parte alguna de mi ser sino es para honrar, amar y glorificar al Sagrado Corazón. Este es mi propósito inmutable: ser enteramente suyo y hacer todas las cosas por su amor. Al mismo tiempo renuncio de todo corazón a todo aquello que le desagrade.

Sagrado Corazón de Jesús, quiero tenerte como único objeto de mi amor. Se pues, mi protector en esta vida y garantía de la vida eterna. Se fortaleza en mi debilidad e inconstancia. Se propiciación y desagravio por todos los pecados de mi vida. Corazón lleno de bondad, se para mí el refugio en la hora de mi muerte y mi intercesor ante Dios Padre. Desvía de mí el castigo de Su justa ira. Corazón de amor, en Ti pongo toda mi confianza. De mi maldad todo lo temo. Pero de tu Amor todo lo espero. Erradica de mí, Señor, todo lo que te disguste o me pueda apartar de Ti. Que tu amor se imprima tan profundamente en mi corazón que jamás te olvide yo y que jamás me separe de Ti.

Señor y Salvador mío, te ruego, por el amor que me tienes, que mi nombre esté profundamente grabado en tu sagrado Corazón; que mi felicidad y mi gloria sean vivir y morir en tu servicio.
Amén.



















 

miércoles, 24 de mayo de 2023

Pentecostés


 



CATEQUESIS DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI:


 PENTECOSTÉS



AUDIENCIA GENERAL DEL 18 DE ABRIL DE 2012
Pentecostés



Queridos hermanos y hermanas:


Después de las grandes fiestas, volvemos ahora a las catequesis sobre la oración.


 En la audiencia antes de la Semana Santa 



reflexionamos sobre la figura de la santísima Virgen María, presente en medio de los Apóstoles en oración mientras esperaban la venida del Espíritu Santo. 



Un clima de oración acompaña los primeros pasos de la Iglesia. 





Pentecostés no es un episodio aislado, porque la presencia y la acción del Espíritu Santo guían y animan constantemente el camino de la comunidad cristiana. En los Hechos de los Apóstoles, san Lucas, además de narrar la gran efusión acontecida en el Cenáculo cincuenta días después de la Pascua (cf. Hch 2, 1-13), refiere otras irrupciones extraordinarias del Espíritu Santo, que se repiten en la historia de la Iglesia. 



Hoy deseo reflexionar sobre lo que se ha definido el «pequeño Pentecostés», que tuvo lugar en el culmen de una fase difícil en la vida de la Iglesia naciente.


Los Hechos de los Apóstoles narran que, después de la curación de un paralítico a las puertas del templo de Jerusalén (cf. Hch 3, 1-10), Pedro y Juan fueron arrestados (cf. Hch 4, 1) porque anunciaban la resurrección de Jesús a todo el pueblo (cf. Hch 3, 11-26). Tras un proceso sumario, fueron puestos en libertad, se reunieron con sus hermanos y les narraron lo que habían tenido que sufrir por haber dado testimonio de Jesús resucitado. En aquel momento, dice san Lucas, «todos invocaron a una a Dios en voz alta» (Hch 4, 24). Aquí san Lucas refiere la oración más amplia de la Iglesia que encontramos en el Nuevo Testamento, al final de la cual, como hemos escuchado, «tembló el lugar donde estaban reunidos; los llenó a todos el Espíritu Santo, y predicaban con valentía la palabra de Dios» (At 4, 31).







Antes de considerar esta hermosa oración, notemos una importante actitud de fondo:



 frente al peligro, a la dificultad, a la amenaza, la primera comunidad cristiana no trata de hacer un análisis sobre cómo reaccionar, encontrar estrategias, cómo defenderse, qué medidas adoptar, sino que ante la prueba se dedica a orar, se pone en contacto con Dios.




Y ¿qué característica tiene esta oración? Se trata de una oración unánime y concorde de toda la comunidad, que afronta una situación de persecución a causa de Jesús.



 En el original griego san Lucas usa el vocablo «homothumadon» —«todos juntos», «concordes»— un término que aparece en otras partes de los Hechos de los Apóstoles para subrayar esta oración perseverante y concorde (cf. Hch 1, 14; 2, 46). Esta concordia es el elemento fundamental de la primera comunidad y debería ser siempre fundamental para la Iglesia.



 Entonces no es sólo la oración de Pedro y de Juan, que se encontraron en peligro, sino de toda la comunidad, porque lo que viven los dos Apóstoles no sólo les atañe a ellos, sino también a toda la Iglesia. 



Frente a las persecuciones sufridas a causa de Jesús, la comunidad no sólo no se atemoriza y no se divide, sino que se mantiene profundamente unida en la oración, como una sola persona, para invocar al Señor.



 Este, diría, es el primer prodigio que se realiza cuando los creyentes son puestos a prueba a causa de su fe: la unidad se consolida, en vez de romperse, porque está sostenida por una oración inquebrantable. La Iglesia no debe temer las persecuciones que en su historia se ve obligada a sufrir, sino confiar siempre, como Jesús en Getsemaní, en la presencia, en la ayuda y en la fuerza de Dios, invocado en la oración.




Demos un paso más: ¿qué pide a Dios la comunidad cristiana en este momento de prueba? 


No pide la incolumidad de la vida frente a la persecución, ni que el Señor castigue a quienes encarcelaron a Pedro y a Juan; 



pide sólo que se le conceda «predicar con valentía» la Palabra de Dios (cf. Hch 4, 29), es decir, pide no perder la valentía de la fe, la valentía de anunciar la fe. 


Sin embargo, antes de comprender a fondo lo que ha sucedido, trata de leer los acontecimientos a la luz de la fe y lo hace precisamente a través de la Palabra de Dios, que nos ayuda a descifrar la realidad del mundo.



En la oración que eleva al Señor, la comunidad comienza recordando e invocando la grandeza y la inmensidad de Dios: «Señor, tú que hiciste el cielo, la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos» (Hch 4, 24). 



Es la invocación al Creador: sabemos que todo viene de él, que todo está en sus manos.



 Esta es la convicción que nos da certeza y valentía: todo viene de él, todo está en sus manos. 



Luego pasa a reconocer cómo ha actuado Dios en la historia —por tanto, comienza con la creación y sigue con la historia—, cómo ha estado cerca de su pueblo manifestándose como un Dios que se interesa por el hombre, que no se ha retirado, que no abandona al hombre, su criatura; y aquí se cita explícitamente el Salmo 2, a la luz del cual se lee la situación de dificultad que está viviendo en ese momento la Iglesia. El Salmo 2 celebra la entronización del rey de Judá, pero se refiere proféticamente a la venida del Mesías, contra el cual nada podrán hacer la rebelión, la persecución, los abusos de los hombres: «¿Por qué se amotinan las naciones y los pueblos planean proyectos vanos? Se presentaron los reyes de la tierra, los príncipes conspiraron contra el Señor y contra su Mesías» (Hch 4, 25-26). Esto es lo que ya dice proféticamente el Salmo sobre el Mesías, y en toda la historia es característica esta rebelión de los poderosos contra el poder de Dios. Precisamente leyendo la Sagrada Escritura, que es Palabra de Dios, la comunidad puede decir a Dios en su oración: «En verdad se aliaron en esta ciudad... contra tu santo siervo Jesús, a quien ungiste, para realizar cuanto tu mano y tu voluntad habían determinado que debía suceder» (Hch 4, 27-28). Lo sucedido es leído a la luz de Cristo, que es la clave para comprender también la persecución, la cruz, que siempre es la clave para la Resurrección. La oposición hacia Jesús, su Pasión y Muerte, se releen, a través del Salmo 2, como cumplimiento del proyecto de Dios Padre para la salvación del mundo. Y aquí se encuentra también el sentido de la experiencia de persecución que está viviendo la primera comunidad cristiana; esta primera comunidad no es una simple asociación, sino una comunidad que vive en Cristo; por lo tanto, lo que le sucede forma parte del designio de Dios. Como aconteció a Jesús, también los discípulos encuentran oposición, incomprensión, persecución.








 En la oración, la meditación sobre la Sagrada Escritura a la luz del misterio de Cristo ayuda a leer la realidad presente dentro de la historia de salvación que Dios realiza en el mundo, siempre a su modo.



Precisamente por esto la primera comunidad cristiana de Jerusalén no pide a Dios en la oración que la defienda, que le ahorre la prueba, el sufrimiento, no pide tener éxito, sino solamente poder proclamar con «parresia», es decir, con franqueza, con libertad, con valentía, la Palabra de Dios (cf. Hch 4, 29).



Luego añade la petición de que este anuncio vaya acompañado por la mano de Dios, para que se realicen curaciones, señales, prodigios (cf. Hch 4, 30), es decir, que sea visible la bondad de Dios, como fuerza que transforme la realidad, que cambie el corazón, la mente, la vida de los hombres y lleve la novedad radical del Evangelio.




Al final de la oración —anota san Lucas— «tembló el lugar donde estaban reunidos; los llenó a todos el Espíritu Santo, y predicaban con valentía la Palabra de Dios» (Hch 4, 31). El lugar tembló, es decir, la fe tiene la fuerza de transformar la tierra y el mundo. El mismo Espíritu que habló por medio del Salmo 2 en la oración de la Iglesia, irrumpe en la casa y llena el corazón de todos los que han invocado al Señor. Este es el fruto de la oración coral que la comunidad cristiana eleva a Dios: la efusión del Espíritu, don del Resucitado que sostiene y guía el anuncio libre y valiente de la Palabra de Dios, que impulsa a los discípulos del Señor a salir sin miedo para llevar la buena nueva hasta los confines del mundo.



También nosotros, queridos hermanos y hermanas, debemos saber llevar los acontecimientos de nuestra vida diaria a nuestra oración, para buscar su significado profundo. Y como la primera comunidad cristiana, también nosotros, dejándonos iluminar por la Palabra de Dios, a través de la meditación de la Sagrada Escritura, podemos aprender a ver que Dios está presente en nuestra vida, presente también y precisamente en los momentos difíciles, y que todo —incluso las cosas incomprensibles— forma parte de un designio superior de amor en el que la victoria final sobre el mal, sobre el pecado y sobre la muerte es verdaderamente la del bien, de la gracia, de la vida, de Dios.


Como sucedió a la primera comunidad cristiana, la oración nos ayuda a leer la historia personal y colectiva en la perspectiva más adecuada y fiel, la de Dios. Y también nosotros queremos renovar la petición del don del Espíritu Santo, para que caliente el corazón e ilumine la mente, a fin de reconocer que el Señor realiza nuestras invocaciones según su voluntad de amor y no según nuestras ideas. Guiados por el Espíritu de Jesucristo, seremos capaces de vivir con serenidad, valentía y alegría cualquier situación de la vida y con san Pablo gloriarnos «en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; la paciencia, virtud probada, esperanza»: la esperanza que «no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rm 5, 3-5). Gracias.




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miércoles, 17 de mayo de 2023

Por la fe, Abraham

 



Abraham







"...Después de estas cosas sucedió que Dios tentó a Abraham y le dijo: «¡Abraham, Abraham!» El respondió: «Heme aquí.»
Díjole: «Toma a tu hijo, a tu único, al que amas, a Isaac, vete al país de Moria y ofrécele allí en holocausto en uno de los montes, el que yo te diga.»..."

Génesis 22, 1-2



BENEDICTO XVI,  Audiencia General, Miércoles 23 de enero de 2013



La Fe de Abraham, señal clara del plan de salvación




Queridos hermanos y hermanas: En este Año de la fe, quisiera empezar hoy a reflexionar con ustedes sobre el Credo, es decir, sobre la solemne profesión de fe, que acompaña nuestras vidas como creyentes. El Credo comienza así:


“Creo en Dios”. Es una afirmación fundamental, aparentemente simple en su esencia, pero que nos abre al infinito mundo de la relación con el Señor y con su misterio. Creer en Dios implica el adhesión a Él, acogiendo su Palabra y gozosa obediencia a su revelación.








Vamos a comprenderlo leyendo otro texto de Benedicto XVI:  


"...con la Encarnación. La búsqueda del rostro de Dios recibe un viraje inimaginable, porque este rostro ahora se puede ver: es el rostro de Jesús, del Hijo de Dios que se hace hombre. En Él halla cumplimiento el camino de revelación de Dios iniciado con la llamada de Abrahán, Él es la plenitud de esta revelación porque es el Hijo de Dios, es a la vez «mediador y plenitud de toda la Revelación» (const. dogm. Dei Verbum, 2), en Él el contenido de la Revelación y el Revelador coinciden. Jesús nos muestra el rostro de Dios y nos da a conocer el nombre de Dios..."  (Benedicto XVI, Catequesis sobre Moises, Miércoles 16 de enero de 2013)




Como enseña el Catecismo de la Iglesia católica: “La fe es un acto personal: es la respuesta libre del hombre a la iniciativa de Dios que se revela a sí mismo” (n. 166). 

Ser capaz de decir que se cree en Dios es por lo tanto, junto a un regalo –Dios se revela, va a al encuentro con nosotros–, es un compromiso, es la gracia divina y responsabilidad humana, en una experiencia de diálogo con Dios, que por amor, “habla a los hombres como amigos” (Dei Verbum, 2), nos habla a fin de que , en la fe y con la fe, podamos entrar en comunión con Él.



¿Dónde podemos escuchar a Dios y su palabra?



 Fundamental es la Sagrada Escritura, en la que la Palabra de Dios se hace audible para nosotros y nutre nuestra vida de “amigos” de Dios. Toda la Biblia cuenta la revelación de Dios a la humanidad; toda la Biblia habla de la fe y nos enseña la fe contando una historia en la que Dios lleva a cabo su plan de redención y se acerca a nosotros los hombres, a través de muchas figuras luminosas de personas que creen en Él y confian en Él, hasta la plenitud de la revelación del Señor Jesús.



"...Figuras luminosas de personas que creen en Él y confian en Él, hasta la plenitud de la revelación del Señor Jesús..."



Es muy bello, en este sentido, el capítulo 11 de la Carta a los Hebreos, que acabamos de escuchar. Aquí se habla de la fe y se sacan a la luz las grandes figuras bíblicas que la han vivido, convirtiéndose un modelo para todos los creyentes. Dice el texto en el primer verso: 



Hebreos 1, 1-20

“La fe es la certeza de lo que se espera, y prueba de lo que no se ve” (Heb. 11,1). 


Los ojos de la fe son por lo tanto capaces de ver lo invisible y el corazón del creyente puede esperar más allá de toda esperanza, al igual que Abraham, de quien Pablo dice en la Carta a los Romanos que “creyó, esperando contra toda esperanza” (4,18).

Romanos 4, 16-23

Y es sobre Abraham, en que me gustaría centrar nuestra atención, porque es el primer punto de referencia importante para hablar acerca de la fe en Dios


Abraham, el gran patriarca, modelo ejemplar, padre de todos los creyentes (cf. Rom 4,11 -12).


La herencia prometida a Abraham

La Carta a los Hebreos lo presenta así: “Por la fe, Abraham, llamado por Dios, obedeció partiendo a un lugar que había de recibir en herencia, y salió sin saber a dónde iba. Por la fe, habitó en la tierra prometida como en tierra ajena, morando en tiendas, como también Isaac y Jacob, coherederos de la misma promesa. Esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios “(11,8-10).










¿Que le pide Dios a Abraham, según el Génesis?:


El autor de la Carta a los Hebreos se refiere aquí a la llamada de Abraham, relatada en el libro del Génesis, el primer libro de la Biblia. ¿Qué le pide Dios a este patriarca?

 Le pide que parta, abandonando su país para ir al país que le mostrará: “Vete de tu tierra y de tu parentela y de la casa de tu padre a la tierra que yo te mostraré” (Gen. 12,1). 


¿Cómo habremos respondido nosotros a una invitación así?

 Se trata, de hecho, de una partida en la oscuridad, sin saber a dónde Dios lo guiará; es un viaje que pide obediencia y confianza radicales, al que solo la fe puede tener acceso. 

Pero la oscuridad de lo desconocido –donde Abraham debe ir–, es iluminado por la luz de una promesa; Dios agrega a la orden una palabra tranquilizadora que le abre a Abraham un futuro de una vida en toda su plenitud:

“Haré de ti una nación grande, y te bendeciré, haré grande tu nombre… y en ti serán benditas todas las familias de la tierra “(Gn. 12,2.3).



La bendición en la Sagrada Escritura, se relaciona principalmente con el don de la vida que viene de Dios y se manifiesta principalmente en la fertilidad, en una vida que se multiplica, pasando de generación en generación. Y a la bendición está conectada también la experiencia de ser propietario de una tierra, un lugar estable para vivir y crecer en libertad y seguridad, temeroso de Dios y construyendo una sociedad de hombres fieles a la Alianza, “reino de sacerdotes y nación santa” (cfr.Es. 19,6).



Así Abraham, en el diseño de Dios, está llamado a convertirse en el “padre de una multitud de naciones” (Gn. 17,5;. Cf. Rom. 4,17-18) y a entrar en una nueva tierra donde vivir. 









Tierra Esteril


Pero Sara, su esposa, es estéril, incapaz de tener hijos; y el país al que Dios le lleva es lejos de su tierra natal, y ya está habitado por otros pueblos, y no le pertenecerá nunca realmente. 


El narrador bíblico hace hincapié en esto, aunque muy discretamente:

 cuando Abraham llegó al lugar de la promesa de Dios: “en el país estaban en aquel tiempo los cananeos” (Gn. 12,6). 


La tierra que Dios le da a Abraham no le pertenece, él es un extranjero y lo seguirá siendo para siempre, con todo lo que ello conlleva: no tener miras de posesión, sentir siempre la pobreza, ver todo como un regalo. 

Esta es también la condición espiritual de aquellos que aceptan seguir al Señor, de quien decide partir aceptando su llamada, bajo el signo de su invisible pero poderosa bendición

Y Abraham, “padre de los creyentes”, acepta esta llamada, en la fe. San Pablo escribe en su carta a los Romanos: 

Él creyó, esperando contra toda esperanza, y se convierte en padre de muchas naciones, como se le había dicho: Así será tu descendencia.

Él no vaciló en la fe, a pesar de ver su propio cuerpo casi muerto –tenía unos cien años–, y la matriz estéril de Sara.

Ante la promesa de Dios no vaciló por incredulidad, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que lo que había prometido era también capaz de llevarlo a término” (Rm. 4,18-21).









La fe conduce a Abraham que seguir un camino paradójico. Él será bendecido, pero sin los signos visibles de la bendición: recibe la promesa de ser una gran nación, pero con una vida marcada por la esterilidad de su esposa Sara; es llevado a una nueva tierra pero allí tendrá que vivir como extranjero; y la única posesión de la tierra que se le permitirá será el de un pedazo de tierra para enterrar a Sara (cf. Gn 23,1-20). 

Abraham fue bendecido porque, en la fe, sabe discernir la bendición divina yendo va más allá de las apariencias, confiando en la presencia de Dios, incluso cuando sus caminos le aparecen misteriosos.




¿Qué significa esto para nosotros? 


Cuando decimos: “Creo en Dios”, decimos como Abraham: “Yo confío en Tí; confío en Tí, Señor”, pero no como en Alguien a quien recurrir solo en los momentos de dificultad o a quien dedicar algún cmomento del día o de la semana. Decir “Creo en Dios” significa fundamentar en Él mi vida, dejar que su Palabra la oriente cada día, en las opciones concretas, sin temor de perder algo de mí mismo. 

Cuando, en el rito del Bautismo, se pregunta tres veces: “¿Crees?” en Dios, en Jesucristo, en el Espíritu Santo, la Santa Iglesia Católica y las demás verdades de la fe, la triple respuesta está en singular: “Yo creo”, porque es mi existencia personal que va a recibir un impulso con el don de la fe, es mi vida la que debe cambiar, convertirse. Cada vez que participamos en un Bautismo, debemos preguntarnos cómo vivimos cada día el gran don de la fe.









Abraham, el creyente, nos enseña la fe; y, como extranjero en la tierra, nos muestra la verdadera patria. 

La fe nos hace peregrinos en la tierra, insertados en el mundo y en la historia, pero en camino hacia la patria celestial. 

Creer en Dios nos hace, por lo tanto, portadores de valores que a menudo no coinciden con la moda y la opinión del momento. nos pide adoptar criterios y asumir una conducta que no pertenecen a la manera común de pensar.

 El cristiano no debe tener miedo de ir “contra la corriente” para vivir su fe, resistiendo a la tentación de “uniformarse”. 

En muchas sociedades, Dios se ha convertido en el “gran ausente” y en su lugar hay muchos ídolos, diversos ídolos y especialmente la posesión del “yo” autónomo. 


Y también los significativos y positivos progresos de la ciencia y de la tecnología han introducido en el hombre una ilusión de omnipotencia y de autosuficiencia, y un creciente egoísmo ha creado no pocos desequilibrios al interior de las relaciones interpersonales y de los comportamientos sociales.









Sin embargo, la sed de Dios (cf. Sal. 63,2) no se extingue y el mensaje del Evangelio sigue resonando a través de las palabras y los hechos de muchos hombres y mujeres de fe. Abraham, el padre de los creyentes, sigue siendo el padre de muchos hijos que están dispuestos a seguir sus pasos y se encaminan, en obediencia a la llamada divina, confiando en la presencia benevolente del Señor y aceptando su bendición para ser una bendición para todos. 

Es el mundo bendito de la fe a la que todos estamos llamados, para caminar sin miedo tras el Señor Jesucristo.

Y a veces es un camino difícil, que conoce también la prueba y la muerte, pero que se abre a la vida, en una transformación radical de la realidad que solo los ojos de la fe pueden ver y disfrutar en abundancia.


Decir “Creo en Dios” nos impulsa, por lo tanto, a partir, a salir de nosotros mismos continuamente, al igual que Abraham, para llevar en la realidad cotidiana en que vivimos, la certeza que nos viene de la fe: la certeza, es decir, de la presencia de Dios en la historia, aún hoy; una presencia que da vida y salvación, que nos abre a un futuro con Él en pos de una plenitud de vida que nunca conocerá el ocaso.






Será Abraham, el gran patriarca, padre de todos los creyentes (cf. Rm 4, 11-12.16-17), quien nos ofrecerá el primer ejemplo de oración, en el episodio de la intercesión por las ciudades de Sodoma y Gomorra.










En el capítulo 18 del libro del Génesis; se cuenta que la maldad de los habitantes de Sodoma y Gomorra estaba llegando a tal extremo que resultaba necesaria una intervención de Dios para realizar un acto de justicia y frenar el mal destruyendo aquellas ciudades.


Aquí interviene Abraham con su oración de intercesión. 


Dios decide revelarle lo que está a punto de suceder y le da a conocer la gravedad del mal y sus terribles consecuencias, porque Abraham es su elegido, escogido para convertirse en un gran pueblo y hacer que a todo el mundo llegue la bendición divina. Tiene una misión de salvación, que debe responder al pecado que ha invadido la realidad del hombre; a través de él el Señor quiere reconducir a la humanidad a la fe, a la obediencia, a la justicia. Y ahora este amigo de Dios se abre a la realidad y a las necesidades del mundo, reza por los que están a punto de ser castigados y pide que sean salvados.


Abraham plantea enseguida el problema en toda su gravedad, y dice al Señor: «¿Es que vas a destruir al justo con el culpable? Si hay cincuenta justos en la ciudad, ¿los destruirás y no perdonarás el lugar por los cincuenta justos que hay en él? ¡Lejos de ti tal cosa! matar al justo con el culpable, de modo que la suerte del justo sea como la del culpable; ¡lejos de ti! El juez de toda la tierra, ¿no hará justicia?» (Gn 18, 23-25). Con estas palabras, con gran valentía, Abraham presenta a Dios la necesidad de evitar una justicia sumaria: si la ciudad es culpable, es justo condenar su delito e infligir el castigo, pero —afirma el gran patriarca— sería injusto castigar de modo indiscriminado a todos los habitantes. Si en la ciudad hay inocentes, estos no pueden ser tratados como los culpables. Dios, que es un juez justo, no puede actuar así, dice Abraham, con razón, a Dios.


Con su oración, por tanto, Abraham no invoca una justicia meramente retributiva, sino una intervención de salvación que, teniendo en cuenta a los inocentes, libre de la culpa también a los impíos, perdonándolos.


El pensamiento de Abraham, que parece casi paradójico, se podría resumir así: obviamente no se puede tratar a los inocentes del mismo modo que a los culpables, esto sería injusto; por el contrario, es necesario tratar a los culpables del mismo modo que a los inocentes, realizando una justicia «superior», ofreciéndoles una posibilidad de salvación, porque si los malhechores aceptan el perdón de Dios y confiesan su culpa, dejándose salvar, no continuarán haciendo el mal, también ellos se convertirán en justos, con lo cual ya no sería necesario el castigo.


Es el perdón el que interrumpe la espiral de pecado, y Abraham, en su diálogo con Dios, apela exactamente a esto. Y cuando el Señor acepta perdonar a la ciudad si encuentra cincuenta justos, su oración de intercesión comienza a descender hacia los abismos de la misericordia divina.

«Quizá no se encuentren más de cuarenta.. treinta... veinte... diez» (cf. vv. 29.30.31.32). cuanto más disminuye el número, más grande se revela y se manifiesta la misericordia de Dios, que escucha con paciencia la oración, la acoge y repite después de cada súplica: «Perdonaré... no la destruiré... no lo haré» 


 Con la voz de su oración, Abraham está dando voz al deseo de Dios, que no es destruir, sino salvar a Sodoma, dar vida al pecador convertido.

Esto es lo que quiere el Señor, y su diálogo con Abraham es una prolongada e inequívoca manifestación de su amor misericordioso.


De todas maneras, se trata de un número escaso, una pequeña partícula de bien para salvar un gran mal. Pero ni siquiera diez justos se encontraban en Sodoma y Gomorra, y las ciudades fueron destruidas. Una destrucción que paradójicamente la oración de intercesión de Abraham presenta como necesaria. Porque precisamente esa oración ha revelado la voluntad salvífica de Dios: el Señor estaba dispuesto a perdonar, deseaba hacerlo, pero las ciudades estaban encerradas en un mal total y paralizante, sin contar ni siquiera con unos pocos inocentes de los cuales partir para transformar el mal en bien.


En tu maldad encontrarás el castigo, tu propia apostasía te escarmentará. Aprende que es amargo y doloroso abandonar al Señor, tu Dios» (Jr 2, 19). 


 Abraham repite continuamente: «Quizás allí se encuentren...». «Allí»: es dentro de la realidad enferma donde tiene que estar ese germen de bien que puede sanar y devolver la vida. Son palabras dirigidas también a nosotros: que en nuestras ciudades haya un germen de bien; que hagamos todo lo necesario para que no sean sólo diez justos, para conseguir realmente que vivan y sobrevivan nuestras ciudades y para salvarnos de esta amargura interior que es la ausencia de Dios.














"...Dijo el Angel: «No alargues tu mano contra el niño, ni le hagas nada, que ahora ya sé que tú eres temeroso de Dios, ya que no me has negado tu hijo, tu único.»
Levantó Abraham los ojos, miró y vio un carnero trabado en un zarzal por los cuernos. Fue Abraham, tomó el carnero, y lo sacrificó en holocausto en lugar de su hijo.
Abraham llamó a aquel lugar «Yahveh provee», de donde se dice hoy en día: «En el monte "Yahveh provee"»..."

Génesis 22, 12-14

























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