"...Después de estas cosas sucedió que Dios tentó a Abraham y le dijo: «¡Abraham, Abraham!» El respondió: «Heme aquí.»
Díjole: «Toma a tu hijo, a tu único, al que amas, a Isaac, vete al país de Moria y ofrécele allí en holocausto en uno de los montes, el que yo te diga.»..."
Génesis 22, 1-2
BENEDICTO XVI, Audiencia General, Miércoles 23 de enero de 2013
La Fe de Abraham, señal clara del plan de salvación
Queridos hermanos y hermanas: En este Año de la fe, quisiera empezar hoy a reflexionar con ustedes sobre el Credo, es decir, sobre la solemne profesión de fe, que acompaña nuestras vidas como creyentes. El Credo comienza así:
“Creo en Dios”. Es una afirmación fundamental, aparentemente simple en su esencia, pero que nos abre al infinito mundo de la relación con el Señor y con su misterio. Creer en Dios implica el adhesión a Él, acogiendo su Palabra y gozosa obediencia a su revelación.
Vamos a comprenderlo leyendo otro texto de Benedicto XVI:
"...con la Encarnación. La búsqueda del rostro de Dios recibe un viraje inimaginable, porque este rostro ahora se puede ver: es el rostro de Jesús, del Hijo de Dios que se hace hombre. En Él halla cumplimiento el camino de revelación de Dios iniciado con la llamada de Abrahán, Él es la plenitud de esta revelación porque es el Hijo de Dios, es a la vez «mediador y plenitud de toda la Revelación» (const. dogm. Dei Verbum, 2), en Él el contenido de la Revelación y el Revelador coinciden. Jesús nos muestra el rostro de Dios y nos da a conocer el nombre de Dios..." (Benedicto XVI, Catequesis sobre Moises, Miércoles 16 de enero de 2013)
Como enseña el Catecismo de la Iglesia católica: “La fe es un acto personal: es la respuesta libre del hombre a la iniciativa de Dios que se revela a sí mismo” (n. 166).
Ser capaz de decir que se cree en Dios es por lo tanto, junto a un regalo –Dios se revela, va a al encuentro con nosotros–, es un compromiso, es la gracia divina y responsabilidad humana, en una experiencia de diálogo con Dios, que por amor, “habla a los hombres como amigos” (Dei Verbum, 2), nos habla a fin de que , en la fe y con la fe, podamos entrar en comunión con Él.
¿Dónde podemos escuchar a Dios y su palabra?
Fundamental es la Sagrada Escritura, en la que la Palabra de Dios se hace audible para nosotros y nutre nuestra vida de “amigos” de Dios. Toda la Biblia cuenta la revelación de Dios a la humanidad; toda la Biblia habla de la fe y nos enseña la fe contando una historia en la que Dios lleva a cabo su plan de redención y se acerca a nosotros los hombres, a través de muchas figuras luminosas de personas que creen en Él y confian en Él, hasta la plenitud de la revelación del Señor Jesús.
"...Figuras luminosas de personas que creen en Él y confian en Él, hasta la plenitud de la revelación del Señor Jesús..."
Es muy bello, en este sentido, el capítulo 11 de la Carta a los Hebreos, que acabamos de escuchar. Aquí se habla de la fe y se sacan a la luz las grandes figuras bíblicas que la han vivido, convirtiéndose un modelo para todos los creyentes. Dice el texto en el primer verso:
Hebreos 1, 1-20
“La fe es la certeza de lo que se espera, y prueba de lo que no se ve” (Heb. 11,1).
Los ojos de la fe son por lo tanto capaces de ver lo invisible y el corazón del creyente puede esperar más allá de toda esperanza, al igual que Abraham, de quien Pablo dice en la Carta a los Romanos que “creyó, esperando contra toda esperanza” (4,18).
Romanos 4, 16-23
Y es sobre Abraham, en que me gustaría centrar nuestra atención, porque es el primer punto de referencia importante para hablar acerca de la fe en Dios:
Abraham, el gran patriarca, modelo ejemplar, padre de todos los creyentes (cf. Rom 4,11 -12).
La herencia prometida a Abraham
La Carta a los Hebreos lo presenta así: “Por la fe, Abraham, llamado por Dios, obedeció partiendo a un lugar que había de recibir en herencia, y salió sin saber a dónde iba. Por la fe, habitó en la tierra prometida como en tierra ajena, morando en tiendas, como también Isaac y Jacob, coherederos de la misma promesa. Esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios “(11,8-10).
¿Que le pide Dios a Abraham, según el Génesis?:
El autor de la Carta a los Hebreos se refiere aquí a la llamada de Abraham, relatada en el libro del Génesis, el primer libro de la Biblia. ¿Qué le pide Dios a este patriarca?
Le pide que parta, abandonando su país para ir al país que le mostrará: “Vete de tu tierra y de tu parentela y de la casa de tu padre a la tierra que yo te mostraré” (Gen. 12,1).
¿Cómo habremos respondido nosotros a una invitación así?
Se trata, de hecho, de una partida en la oscuridad, sin saber a dónde Dios lo guiará; es un viaje que pide obediencia y confianza radicales, al que solo la fe puede tener acceso.
Pero la oscuridad de lo desconocido –donde Abraham debe ir–, es iluminado por la luz de una promesa; Dios agrega a la orden una palabra tranquilizadora que le abre a Abraham un futuro de una vida en toda su plenitud:
“Haré de ti una nación grande, y te bendeciré, haré grande tu nombre… y en ti serán benditas todas las familias de la tierra “(Gn. 12,2.3).
La bendición en la Sagrada Escritura, se relaciona principalmente con el don de la vida que viene de Dios y se manifiesta principalmente en la fertilidad, en una vida que se multiplica, pasando de generación en generación. Y a la bendición está conectada también la experiencia de ser propietario de una tierra, un lugar estable para vivir y crecer en libertad y seguridad, temeroso de Dios y construyendo una sociedad de hombres fieles a la Alianza, “reino de sacerdotes y nación santa” (cfr.Es. 19,6).
Así Abraham, en el diseño de Dios, está llamado a convertirse en el “padre de una multitud de naciones” (Gn. 17,5;. Cf. Rom. 4,17-18) y a entrar en una nueva tierra donde vivir.
Tierra Esteril
Pero Sara, su esposa, es estéril, incapaz de tener hijos; y el país al que Dios le lleva es lejos de su tierra natal, y ya está habitado por otros pueblos, y no le pertenecerá nunca realmente.
El narrador bíblico hace hincapié en esto, aunque muy discretamente:
cuando Abraham llegó al lugar de la promesa de Dios: “en el país estaban en aquel tiempo los cananeos” (Gn. 12,6).
La tierra que Dios le da a Abraham no le pertenece, él es un extranjero y lo seguirá siendo para siempre, con todo lo que ello conlleva: no tener miras de posesión, sentir siempre la pobreza, ver todo como un regalo.
Esta es también la condición espiritual de aquellos que aceptan seguir al Señor, de quien decide partir aceptando su llamada, bajo el signo de su invisible pero poderosa bendición.
Y Abraham, “padre de los creyentes”, acepta esta llamada, en la fe. San Pablo escribe en su carta a los Romanos:
“Él creyó, esperando contra toda esperanza, y se convierte en padre de muchas naciones, como se le había dicho: Así será tu descendencia.
Élno vaciló en la fe,a pesar deversu propio cuerpo casi muerto–tenía unos cien años–, y la matriz estéril de Sara.
Ante la promesa de Dios no vaciló por incredulidad, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que lo que había prometido era también capaz de llevarlo a término” (Rm. 4,18-21).
La fe conduce a Abraham que seguir un camino paradójico. Él será bendecido, pero sin los signos visibles de la bendición: recibe la promesa de ser una gran nación, pero con una vida marcada por la esterilidad de su esposa Sara; es llevado a una nueva tierra pero allí tendrá que vivir como extranjero; y la única posesión de la tierra que se le permitirá será el de un pedazo de tierra para enterrar a Sara (cf. Gn 23,1-20).
Abraham fue bendecido porque, en la fe, sabe discernir la bendición divina yendo va más allá de las apariencias, confiando en la presencia de Dios, incluso cuando sus caminos le aparecen misteriosos.
¿Qué significa esto para nosotros?
Cuando decimos: “Creo en Dios”, decimos como Abraham: “Yo confío en Tí; confío en Tí, Señor”, pero no como en Alguien a quien recurrir solo en los momentos de dificultad o a quien dedicar algún cmomento del día o de la semana. Decir “Creo en Dios” significa fundamentar en Él mi vida, dejar que su Palabra la oriente cada día, en las opciones concretas, sin temor de perder algo de mí mismo.
Cuando, en el rito del Bautismo, se pregunta tres veces: “¿Crees?”en Dios, en Jesucristo, en el Espíritu Santo, la Santa Iglesia Católica y las demás verdades de la fe, la triple respuesta está en singular: “Yo creo”, porque es mi existencia personal que va a recibir un impulso con el don de la fe, es mi vida la que debe cambiar, convertirse. Cada vez que participamos en un Bautismo, debemos preguntarnos cómo vivimos cada día el gran don de la fe.
Abraham, el creyente, nos enseña la fe; y, como extranjero en la tierra, nos muestra la verdadera patria.
La fe nos hace peregrinos en la tierra, insertados en el mundo y en la historia, pero en camino hacia la patria celestial.
Creer en Dios nos hace, por lo tanto, portadores de valores que a menudo no coinciden con la moda y la opinión del momento. nos pide adoptar criterios y asumir una conducta que no pertenecen a la manera común de pensar.
El cristiano no debe tener miedo de ir “contra la corriente” para vivir su fe, resistiendo a la tentación de “uniformarse”.
En muchas sociedades,Dios se ha convertido en el “gran ausente” y en su lugar hay muchos ídolos, diversos ídolos y especialmente la posesión del “yo” autónomo.
Y también los significativos y positivos progresos de la ciencia y de la tecnología han introducido en el hombre una ilusión de omnipotencia y de autosuficiencia, y un creciente egoísmo ha creado no pocos desequilibrios al interior de las relaciones interpersonales y de los comportamientos sociales.
Sin embargo, la sed de Dios (cf. Sal. 63,2) no se extingue y el mensaje del Evangelio sigue resonando a través de las palabras y los hechos de muchos hombres y mujeres de fe. Abraham, el padre de los creyentes, sigue siendo el padre de muchos hijos que están dispuestos a seguir sus pasos y se encaminan, en obediencia a la llamada divina, confiando en la presencia benevolente del Señor y aceptando su bendición para ser una bendición para todos.
Es el mundo bendito de la fe a la que todos estamos llamados, para caminar sin miedo tras el Señor Jesucristo.
Y a veces es un camino difícil, que conoce también la prueba y la muerte, pero que se abre a la vida, en una transformación radical de la realidad que solo los ojos de la fe pueden ver y disfrutar en abundancia.
Decir “Creo en Dios” nos impulsa, por lo tanto, a partir, a salir de nosotros mismos continuamente, al igual que Abraham, para llevar en la realidad cotidiana en que vivimos, la certeza que nos viene de la fe: la certeza, es decir, de la presencia de Dios en la historia, aún hoy; una presencia que da vida y salvación, que nos abre a un futuro con Él en pos de una plenitud de vida que nunca conocerá el ocaso.
Será Abraham, el gran patriarca, padre de todos los creyentes (cf. Rm 4, 11-12.16-17), quien nos ofrecerá el primer ejemplo de oración, en el episodio de la intercesión por las ciudades de Sodoma y Gomorra.
En el capítulo 18 del libro del Génesis; se cuenta que la maldad de los habitantes de Sodoma y Gomorra estaba llegando a tal extremo que resultaba necesaria una intervención de Dios para realizar un acto de justicia y frenar el mal destruyendo aquellas ciudades.
Aquí interviene Abraham con su oración de intercesión.
Dios decide revelarle lo que está a punto de suceder y le da a conocer la gravedad del mal y sus terribles consecuencias, porque Abraham es su elegido, escogido para convertirse en un gran pueblo y hacer que a todo el mundo llegue la bendición divina. Tiene una misión de salvación, que debe responder al pecado que ha invadido la realidad del hombre; a través de él el Señor quiere reconducir a la humanidad a la fe, a la obediencia, a la justicia. Y ahora este amigo de Dios se abre a la realidad y a las necesidades del mundo, reza por los que están a punto de ser castigados y pide que sean salvados.
Abraham plantea enseguida el problema en toda su gravedad, y dice al Señor: «¿Es que vas a destruir al justo con el culpable? Si hay cincuenta justos en la ciudad, ¿los destruirás y no perdonarás el lugar por los cincuenta justos que hay en él? ¡Lejos de ti tal cosa! matar al justo con el culpable, de modo que la suerte del justo sea como la del culpable; ¡lejos de ti! El juez de toda la tierra, ¿no hará justicia?» (Gn 18, 23-25). Con estas palabras, con gran valentía, Abraham presenta a Dios la necesidad de evitar una justicia sumaria: si la ciudad es culpable, es justo condenar su delito e infligir el castigo, pero —afirma el gran patriarca— sería injusto castigar de modo indiscriminado a todos los habitantes. Si en la ciudad hay inocentes, estos no pueden ser tratados como los culpables. Dios, que es un juez justo, no puede actuar así, dice Abraham, con razón, a Dios.
Con su oración, por tanto, Abrahamno invoca una justicia meramente retributiva, sino una intervención de salvación que, teniendo en cuenta a los inocentes, libre de la culpa también a los impíos, perdonándolos.
El pensamiento de Abraham, que parece casi paradójico, se podría resumir así: obviamente no se puede tratar a los inocentes del mismo modo que a los culpables, esto sería injusto; por el contrario, es necesario tratar a los culpables del mismo modo que a los inocentes, realizando una justicia «superior», ofreciéndoles una posibilidad de salvación, porque si los malhechores aceptan el perdón de Dios y confiesan su culpa, dejándose salvar, no continuarán haciendo el mal, también ellos se convertirán en justos, con lo cual ya no sería necesario el castigo.
Es el perdón el que interrumpe la espiral de pecado, y Abraham, en su diálogo con Dios, apela exactamente a esto. Y cuando el Señor acepta perdonar a la ciudad si encuentra cincuenta justos, su oración de intercesión comienza a descender hacia los abismos de la misericordia divina.
«Quizá no se encuentren más de cuarenta.. treinta... veinte... diez» (cf. vv. 29.30.31.32). Y cuanto más disminuye el número, más grande se revela y se manifiesta la misericordia de Dios, que escucha con paciencia la oración, la acoge y repite después de cada súplica: «Perdonaré... no la destruiré... no lo haré»
Con la voz de su oración, Abraham está dando voz al deseo de Dios, que no es destruir, sino salvar a Sodoma, dar vida al pecador convertido.
Esto es lo que quiere el Señor, y su diálogo con Abraham es una prolongada e inequívoca manifestación de su amor misericordioso.
De todas maneras, se trata de un número escaso, una pequeña partícula de bien para salvar un gran mal. Pero ni siquiera diez justos se encontraban en Sodoma y Gomorra, y las ciudades fueron destruidas. Una destrucción que paradójicamente la oración de intercesión de Abraham presenta como necesaria. Porque precisamente esa oración ha revelado la voluntad salvífica de Dios: el Señor estaba dispuesto a perdonar, deseaba hacerlo, pero las ciudades estaban encerradas en un mal total y paralizante, sin contar ni siquiera con unos pocos inocentes de los cuales partir para transformar el mal en bien.
En tu maldad encontrarás el castigo, tu propia apostasía te escarmentará. Aprende que es amargo y doloroso abandonar al Señor, tu Dios» (Jr 2, 19).
Abraham repite continuamente: «Quizás allí se encuentren...». «Allí»: es dentro de la realidad enferma donde tiene que estar ese germen de bien que puede sanar y devolver la vida. Son palabras dirigidas también a nosotros: que en nuestras ciudades haya un germen de bien; que hagamos todo lo necesariopara que no sean sólo diez justos, para conseguir realmente que vivan y sobrevivan nuestras ciudades y para salvarnos de esta amargura interior que es la ausencia de Dios.
"...Dijo el Angel: «No alargues tu mano contra el niño, ni le hagas nada, que ahora ya sé que tú eres temeroso de Dios, ya que no me has negado tu hijo, tu único.»
Levantó Abraham los ojos, miró y vio un carnero trabado en un zarzal por los cuernos. Fue Abraham, tomó el carnero, y lo sacrificó en holocausto en lugar de su hijo.
Abraham llamó a aquel lugar «Yahveh provee», de donde se dice hoy en día: «En el monte "Yahveh provee"»..."
En la catequesis de hoy trataremos sobre las relaciones entre Adán y Cristo, delineadas por san Pablo en la conocida página de la carta a los Romanos (Rm 5, 12-21), en la que entrega a la Iglesia las líneas esenciales de la doctrina sobre el pecado original.
Pues del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo. ( 1 Cor, 15, 22; cfr. Rm 5, 12-21)
CATECISMO 385 - 421
"Es preciso en primer lugar reconocer el vínculo profundo del hombre con Dios, porque fuera de esta relación, el mal del pecado no es desenmascarado en su verdadera identidad de rechazo y oposición a Dios, aunque continúe pesando sobre la vida del hombre y sobre la historia." (n° 386)
"Sólo en el conocimiento del designio de Dios sobre el hombre se comprende que el pecado es un abuso de la libertad que Dios da a las personas creadas para que puedan amarle y amarse mutuamente." (n° 387)
"En este pecado, el hombre se prefirió a sí mismo en lugar de Dios, y por ello despreció a Dios: hizo elección de sí mismo contra Dios, contra las exigencias de su estado de criatura y, por tanto, contra su propio bien. El hombre, constituido en un estado de santidad, estaba destinado a ser plenamente "divinizado" por Dios en la gloria. Por la seducción del diablo quiso "ser como Dios" (cf. Gn 3,5), pero "sin Dios, antes que Dios y no según Dios" (San Máximo el Confesor, Ambiguorum liber: PG 91, 1156C)." (n° 398)
En el centro de la escena no se encuentra Adán, con las consecuencias del pecado sobre la humanidad, sino Jesucristo y la gracia que, mediante él, ha sido derramada abundantemente sobre la humanidad.
"Pero donde abundó el pecado sobreabundó la gracia" (Rm 5, 20).
Si en la fe de la Iglesia ha madurado la conciencia del dogma del pecado original, es porque este está inseparablemente vinculado a otro dogma, el de la salvación y la libertad en Cristo.
¿Qué es el pecado original? ¿Qué enseña san Pablo? ¿Qué enseña la Iglesia? ¿Es sostenible también hoy esta doctrina?
Dos aspectos de la doctrina sobre el pecado original: aspecto empírico y aspecto misterioso
Sabemos que debemos hacer el bien pero hay un impulso que nos invita a lo contrario...
"Querer el bien lo tengo a mi alcance, mas no el realizarlo, puesto que no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero" (Rm 7, 18-19)
Lo vemos cada día: es un hecho.
El gran pensador francés Blaise Pascal habló de una "segunda naturaleza" que nos presenta el mal como algo normal para el hombre: "Esto es humano" dicen...
Esta historia, debe provocar, y provoca también hoy, el deseo de redención.
Todos hablan de la necesidad de cambiar el mundo, de crear un mundo más justo.
Modelos heréticos
Dos principios originarios del bien y del mal en el ser: dualista
Sería una situación isuperable, una contradicción insoportable y determinacionista.
Del evolucionismo ateo: El ser mismo no es simplemente bueno y malo: monista.
Una visión desesperada en la que el mal es invencible.
Todo progreso habría que pagarlo necesariamente con un río de mal
¿Qué dice la fe, atestiguada por san Pablo?
"Por consiguiente, ninguna condenación pesa ya sobre los que están en Cristo Jesús. Porque la ley del espíritu que da la vida en Cristo Jesús te liberó de la ley del pecado y de la muerte. Pues lo que era imposible a la ley, reducida a la impotencia por la carne, Dios, habiendo enviado a su propio Hijo en una carne semejante a la del pecado, y en orden al pecado, condenó el pecado en la carne, a fin de que la justicia de la ley se cumpliera en nosotros que seguimos una conducta, no según la carne, sino según el espíritu." (Romanos 8, 1.4)
Existen dos misterios de luz y un misterio de noche, que sin embargo está rodeado por los misterios de luz.
Hay un solo principio, el Dios creador, y este principio es bueno, sin sombra de mal.
El ser como tal es bueno y por eso es un bien existir, es un bien vivir.
Vivir es un bien; ser hombre, mujer, es algo bueno; la vida es un bien.
El mal no viene de la fuente del ser mismo, no es igualmente originario. El mal viene de una libertad creada, de una libertad que abusa.
El mal es la falta del bien debido
El mal viene de una fuente subordinada. Dios con su luz es más fuerte. Por eso, el mal puede ser superado.
"Las criaturas del mundo son saludables" (Sb 1, 14)
Dios ha introducido la curación. Ha entrado personalmente en la historia. A la permanente fuente del mal ha opuesto una fuente de puro bien. Cristo crucificado y resucitado, nuevo Adán, opone al río sucio del mal un río de luz.
Cristo es el nuevo Adán, está con nosotros y en medio de nosotros. Ya brilla la luz y debemos abrir los ojos del corazón para verla, para introducirnos en el río de la luz.
Descendió a los infiernos...
Razón por la que fueron tentados Adan y Eva y Dios lo permitió: Oh Feliz Culpa (Pregón Pascual)
El Pecado de los Ángeles
HISTORIA DE LOS ANGELES CAIDOS
O DEMONIOS
Antes de admitir a los Angeles a la visión plena de Su Gloria (Visión Beatífica), Dios los sometió a una prueba, al igual que el hombre tuvo su prueba.
La naturaleza de la prueba no se conoce con certeza, pero muchos teólogos sostienen que el Padre Eterno reveló a los Angeles la futura Encarnación de Su Divino Hijo, y les hizo saber que al Dios-hecho-Hombre deberían rendir adoración.
Luzbel, uno de los más gloriosos, elevados y bellos Angeles de la Corte Celestial, deslumbrado y ofuscado por el orgullo, habiéndose atribuido a sí mismo los maravillosos dones con que el Creador lo había dotado, se rebeló contra Dios, no aceptó el supremo dominio del Señor y se constituyó así en el "adversario" de su Creador levantando su gran grito de rebelión y de batalla: "No serviré" (Jer. 2, 20). "Seré igual al Altísimo" (Is. 14, 14). Muchos Angeles le siguieron en su orgullo. Se dice que hasta un tercio de ellos (ver Ap. 12, 4) ). Pero en ese momento otro gran Arcángel, igual en belleza y gracia que el arrogante Lucifer, se postró ante el Trono de Dios y, en un acto de adoración profunda, opuso al grito de batalla de Lucifer uno de amor y lealtad: "¿Quién como Dios?" ("Miguel").
Y es así como San Miguel Arcángel obtuvo su nombre con su grito de fidelidad, y es así como Luzbel se constituyó él mismo en Lucifer, "Satanás" ("adversario"), el Enemigo, el Diablo. A éste se han aplicado las palabras del Profeta Isaías: "¿Cómo caíste desde el Cielo, estrella brillante, hijo de la Aurora? ¿Cómo tú, el vencedor de las naciones, has sido derribado por tierra? En tu corazón decías: 'Subiré hasta el Cielo, y levantaré mi trono encima de las estrellas de Dios ... subiré a la cumbre de las nubes, seré igual al Altísimo' Mas ¡ay! has caído en las honduras del abismo." (Is.14, 12-15). (Según los exégetas estas palabras son una parábola alusiva directamente al Rey de Babilonia e indirectamente a Satanás, cuyo espíritu y acciones se reflejaban en la conducta del Rey)
La conclusión de esta batalla entre los Angeles Buenos y los ángeles malos se encuentra en el Apocalipsis (12, 7-10): "En ese momento empezó una batalla en el Cielo: Miguel y sus Angeles combatieron contra el Monstruo. El Monstruo se defendía apoyado por sus ángeles, pero no pudieron resistir, y ya no hubo lugar para ellos en el Cielo. Echaron, pues, al enorme Monstruo, a la Serpiente antigua, al Diablo o Satanás, como lo llaman, al seductor del mundo entero, lo echaron a la tierra y a sus ángeles con él".
Dice San Pedro: "Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que los encerró en cavernas tenebrosas, arrojándolos al Infierno" (2a. Pe. 2, 4). "No hay arrepentimiento para ellos después de la caída, como no hay arrepentimiento para los seres humanos después de la muerte" (San Juan Damasceno). Y el Catecismo nos dice que no fue por un defecto de la Misericordia Divina que el pecado de los ángeles caídos no fuera perdonado, sino debido al carácter irrevocable de su elección. (cfr. CIC 392 y 393).