martes, 20 de junio de 2023

El Sagrado Corazón y el Magisterio de la Iglesia

 



La devoción al Sagrado Corazón de Jesús en el Magisterio de la Iglesia



El Magisterio de la Iglesia


Los católicos obedecemos al magisterio porque es la auténtica interpretación de la Palabra de Dios encomendada por Jesucristo al Papa y a los obispos en comunión con el. Jesús dijo: "El que a vosotros oye, a Mí me oye" (Lc 10,16). Todas las enseñanzas del magisterio son importantes y dignas de ser recibidas con obediencia.


Es cierto que las enseñanzas de la Iglesia están ordenadas en una jerarquía que nos ayuda a entender mejor el significado de cada una.



Las Encíclicas


Del Latín Literae encyclicae, que literalmente significa "cartas circulares". Las encíclicas son cartas públicas y formales del Sumo Pontífice que expresan su enseñanza en materia de gran importancia. Pablo VI definió la encíclica como "un documento, en la forma de carta, enviado por el Papa a los obispos del mundo entero".


Las encíclicas se proponen:


Enseñar sobre algún tema doctrinal o moral

Avivar la devoción

Condenar errores

Informar a los fieles sobre peligros para la fe procedentes de corrientes culturales, amenazas del gobierno, etc.


Por definición, las cartas encíclicas formalmente tienen el valor de enseñanza dirigida a la Iglesia Universal. Sin embargo, cuando tratan con cuestiones sociales, económicas o políticas, son dirigidas comúnmente no solo a los católicos, sino a todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Esta práctica la inició el Papa Juan XXIII con su encíclica Pacem in terris (1963). En algunos casos, como el de la encíclica Veritatis splendor (1993) de Juan Pablo II, el Papa solo incluye en su saludo de apertura, a los Obispos, aunque él pretenda la doctrina de la encíclica para la instrucción de todos los fieles. Esto tiene su razón de ser en el hecho de que los Obispos son los Pastores que deben enseñar a los fieles la doctrina.


Debido al peso y la verdad que contienen, todo fiel debe concederle a las encíclicas asentimiento, obediencia y respeto. El Papa Pío XII observó que las encíclicas, aunque no son la forma usual de promulgar pronunciamientos infalibles, si reflejan el Magisterio Ordinario de la Iglesia y merece ese respeto de parte de los fieles (Humani generis, 1950)




El Magisterio de la Iglesia y el Sagrado Corazón de Jesús


En la Carta Apostólica lnde a Primis de 30 de junio de 1960 -que tenía por motivo central presentar y favorecer el culto a la preciosísima Sangre de Cristo- el Papa San  Juan XXIII hizo una breve pero central referencia a la devoción al Sagrado Corazón y resaltó no sólo la importancia de las apariciones del Sagrado Corazón a santa Margarita sino también la aceptación y promoción por el Magisterio pontificio de este culto. Estas palabras son un magnífico resumen de lo que supone esta extraordinaria devoción y nos sirven de guía en este artículo.


Escribía San Juan XXIII acerca de la importancia de estas revelaciones: «…el culto al Sacratísimo Corazón de Jesús, a cuya plena y perfecta constitución y a cuya difusión por todo el mundo en tanto grado contribuyeron las cosas que Cristo el Señor, mostrando su sacrosanto Corazón, manifestó a santa Margarita María Alacoque». 


Resumen, de modo admirable, el papel singular y determinante en la devoción al Corazón de Jesús de las apariciones a santa Margarita. «Las cosas que Cristo el Señor manifestó a santa Margarita», nos dice, sencilla y profundamente. Se trata, en efecto, de Cristo, que es el Señor, esto es, Dios, quien se aparece a la santa monja salesa y le habla de su deseo de ser amado y de su misericordia hacia los hombres. Pero en estas apariciones no hay sólo palabras sino también gestos, pues el Señor habló «mostrando su sacrosanto Corazón». Esta imagen del Corazón es inseparable de las palabras de Cristo porque enseñan de modo gráfico el contenido esencial de sus palabras, salidas del Corazón y que piden que los hombres entiendan que Dios tiene corazón humano. Es por razón de esta mostración tan singular que decimos «apariciones del Sagrado Corazón» y no simplemente de Jesucristo.


Esta forma de presentarse el Señor -mostrando su Corazón- de tal manera constituye parte intrínseca de la revelación de Cristo que, si se olvida, ni se entiende ni se practica ni fructifica en las almas esta privilegiada y providencial forma de culto. La teología del Sagrado Corazón ha de entender el valor intrínseco de esta imagen irrenunciable.


La aparicion a Santa Margarita María como parte base de la enseñanza pontificia:


Para dejar claro, desde el comienzo, que la enseñanza pontificia toma pie de las revelaciones a santa Margarita, basta comprobar que la Miserentissimus Redemptor, en la que de alguna manera se culmina la exposición de aquello que constituye esta devoción -al añadir a la consagración la práctica de la reparación- cita a la santa expresamente por su nombre en cuatro ocasiones (cf. nn. l , 4, 13 y 23) y aún repite literalmente por dos veces palabras de la aparición del Corazón de Jesús, aquellas, precisamente en que se lamenta de la falta de amor de los hombres (cf. n. 13) y aquellas en que promete abundancia de gracias para los que se ejerciten en esta práctica de fe y piedad (cf. n. 23). Más aún, en la encíclica Haurietis aquas de Pío Xll se la cita expresamente cinco veces, lo que es más notable todavía tratándose de una encíclica que pretende sobre todo mostrar su fundamentación teológica.



Miserentissimus Redemptor


Se expone la "Consagración" como elemento constitutivo a esta Devoción a la que se añade la "Reparación"

Se cita a la Santa en cuatro ocasiones

Se cita en dos opotunidas la "Aparición" donde se lamenta el Señor de la falta de amor de los hombres

Menciona que se promete abundancia de gracias



 Haurietis aquas


Cita 5 veces la Aparición

Es notable tratándose de una encíclica que pretende mostrar su fundamentación teológica.


Y escribía también Juan XXIII acerca del papel de los Romanos Pontífices en el acrecentamiento de este culto que, ciertamente, se difundía de modo precedente respecto a las sucesivas aprobaciones pontificias...


Atestiguaban con su autoridad la autenticidad de aquéllas y no sólo comunicaban  a quienes las practicaban y difundían sino que las promovían  proponiéndola como el ideal más acabado de toda la religión. 


No puede desconocerse el apoyo prestado por los diferentes Papas a esta naciente devoción porque representan el ejercicio pastoral de su misión divinamente confiada.


 Tales eran las palabras del papa Juan: «Y con tan singular honor apoyaron los Romanos Pontífices, con admirable unanimidad esta forma de culto religioso, que no sólo pusieron en claro su virtud y fuerza, sino que también declararon su legitimidad y promovieron su uso». Tres son las principales afirmaciones precisas de este texto pontificio acerca de la aprobación pontificia de dicha devoción. Veámoslas con cierto detenimiento.



El testimonio de Juan XXIII


Conviene destacar, en primer lugar y muy en particular, la expresión «unanimidad». Es, ciertamente singular y, por ello, admirable tal unanimidad pontificia.


 Ya LeónXIII destacaba la serie de pontífices predecesores suyos que había favorecido en su tiempo esta naciente devoción.

 Citaba, en la Annum Sacrum, a lnocencio XII, Benedicto XIII, Clemente XIII, Pío VI, Pío VII y Pío IX. 

Con posterioridad a León XIII y antes de Juan XXIII hay que hablar, en particular, de san Pío X, Pío XI y Pío XII; estos dos últimos, autores de encíclicas monográficamente dedicadas al culto al Sagrado Corazón.

 No es, pues, la devoción de un determinado Papa o de una determinada época. 

No puede darse esta unanimidad sin la reiterada asistencia del Espíritu Santo.

 Esta es la lección que se desprende de la unanimidad pontificia.


Estos Pontífices «pusieron en claro la virtud y fuerza de esta forma de culto religioso». 

En estas enseñanzas del más alto magisterio se analizaron y contrastaron a la luz de la verdad revelada el contenido de esta devoción o culto

Se explicitaron su capacidad salvadora y aún santificadora y su incontenible fuerza. 

Se trata de un culto que en sí mismo es eficaz para la vida cristiana tanto a nivel personal -su virtud- para elevar a cada hombre a la santidad como a nivel social -su fuerza- para entusiasmar y constituir un ideal colectivo. 

Y, tiene fuerza para vencer los ataques de los enemigos de Cristo, e incluso para convertirlos.


Finalmente los Pontífices, «promovieron su uso». 



Las revelaciones a santa Margarita fueron el inicio y, de algún modo, el alma de esta devoción...

Pero no puede decirse que esta devoción sea «privada» después de las encíclicas pontificias en las que se da razón del contenido de esta devoción, de su fundamentación y de sus ubérrimos frutos. 

El cauce por el que discurrirá esta devoción ya no es el de una determinada escuela o espiritualidad, o de una orden religiosa o de un país. 

Toda la Iglesia universal verá extendida esta devoción y elevada por los Pontífices a la máxima legitimación y promoción. 

El mismo Juan XXIII termina el párrafo: «en muchos y públicos documentos emanados del magisterio eclesiástico, que encontraron su culminación en las tres insignes Encíclicas dadas sobre esta cuestión». 


Y estas tres encíclicas, anotadas en dicha Carta Apostólica, no son otras que:


  Annum Sacrum de León XIII (1899),


 Miserentissimus Redemptor (1928) de Pío XI, 


 Haurietis aquas (1956) de Pío XII. 



Palabras  de  San Juan XXIII que reafirman, lo  dicho por Pío XI en su memorable encíclica:


«Nadie se admire, pues, de que nuestros predecesores hayan defendido continuamente esta devoción estimadísima contra las acusaciones de los calumniadores» (M.R., n. 3). Palabras esencialmente reiteradas por Pío XII en la suya cuando escribió: «La Iglesia siempre ha tenido en tan gran estima el culto del Sacratísimo Corazón de Jesús: lo fomenta y propaga entre todos los cristianos y lo defiende además enérgicamente contra las acusaciones del «naturalismo» y del «sentimentalismo»» (H.A., n. 3).




El carácter central de la devoción al Sagrado Corazón


Si la devoción al Corazón de Jesús se imponía por su propia virtud y fuerza, como decía León XIII:


 La labor de los Papas ha consistido en poner su autoridad al servicio de la misma, conscientes de que tal era su misión de Vicarios de Cristo, y particularmente obligados a discernir lo que viene de Dios y lo que no es más que vana filosofía humana, según el sentido de san Pablo.


Y puesto que el objeto de nuestro estudio es poner de relieve la aprobación y promoción por parte de los Pontífices de esta preciosa y sin par devoción, hay que hacer un enunciado general acerca de la importancia de estas aprobaciones pontificias: el contenido de esta forma de culto, según encontramos en estas encíclicas, se refiere a lo más nuclear de la vida cristiana, de manera que no se trata de consideraciones piadosas y legítimas, acerca de alguna de las múltiples cuestiones que afectan a la vida cristiana, sino de la exposición de lo más intrínseco en el orden de la salvación misma de la humanidad por Cristo.


 Erraría quien pensase que tres encíclicas de esta envergadura contienen meramente recomendaciones, alabanzas y buenas disposiciones por parte del Magisterio de la Iglesia hacia un culto respetable, legítimo e incluso adecuado para algunas almas.


 De esta devoción escribía León XIII palabras que trascienden absolutamente las que pueden decirse de cualquier otra devoción. Y en este aspecto son muy claras las palabras de Pío XII en la Haurietis aquas, cuando, señalando algunos de los errores acerca de la grandeza de esta devoción escribía: «no faltan quienes equiparando la índole de este culto con las diversas formas particulares de devoción que la Iglesia aprueba y favorece sin imponerlas lo juzgan como algo que cada uno puede practicar o no, según le agradare» (n. 3). O palabras muy semejantes de la misma encíclica que deben escuchar con atención los directores de almas «si debidamente se ponderan los argumentos en que se funda el culto tributado al Corazón herido de Jesús, todos verán claramente cómo aquí no se trata de una forma cualquiera de piedad… si no de una práctica religiosa muy apta para conseguir la perfección cristiana» (n. 30).


Y el tono de esta breve encíclica es el mismo que hallaremos en las otras de los Pontífices mencionados:


 Decía León XIII: «Estando oprimida la Iglesia por el yugo cesáreo, durante los tiempos próximos a su nacimiento, fue vista en lo alto por un joven emperador la cruz, presagio juntamente y causa de la gloriosísima victoria que luego se siguió. He aquí que hoy se presenta a nuestros ojos otra señal muy favorable y divina: el Corazón sacratísimo de Jesús, con la cruz sobrepuesta, brillando entre llamas con vivísimo resplandor. En Él se han de colocar las esperanzas, a Él hay que pedir y de Él hay que esperar la salvación de los hombres» (Annum Sacrum, n. 11).


Y en tono semejante se expresaba Pío XI, pues, recordando expresamente y parangonando aquella similitud entre la cruz de Constantino y el lábaro del Sagrado Corazón que había hecho su antecesor, añade Pío XI: «Pues, como en otro tiempo quiso Dios que al humano linaje, que salía del Arca de Noé, apareciese una señal de amistoso pacto, el arco iris visible en las nubes (Gen 2, 1 4), de la misma manera, en los recientes turbulentísimos tiempos… el benignísimo Jesús manifestó en alto a las naciones su Corazón Sacratísimo, como bandera de paz y caridad, y como presagio de no dudosa victoria en la contienda» (Miserentissimus Redemptor; n. 2).


Y el mismo Pontífice, en tal encíclica, expresaba admirablemente la relación entre la incipiente devoción y su confirmación y refuerzo por parte del máximo Magisterio. 


Decía Pío XI, refiriéndose a la consagración: «Siendo esto así, Venerables Hermanos, como la práctica de la consagración, nacida de humildes principios, y luego bastante divulgada, consiguió por fin el apetecido esplendor, gracias a Nuestra confirmación, así deseamos con ardor que la costumbre de esta expiación o piadosa reparación, introducida ha tiempo santamente y santamente propagada, sea así mismo aprobada con más firmeza por Nuestra Apostólica autoridad y con más solemnidad practicada por los católicos» (n. 22). Y, efectivamente, si León XIII realizó el magno acto de consagrar el género humano al Corazón de Jesús al filo del cambio de siglo, muy de acuerdo con la eficacia de aquel acto mandó Pío XI en su preciosa encíclica que la consagración se renovase cada año, precisamente en la recientemente establecida fiesta de Cristo Rey. Admirable continuidad, extraordinario y providencial progreso.



Cinco fechas memorables


Breve mención de algunas fechas memorables para relacionar de este modo las diferentes ocasiones en que aparecieron grandes documentos. 

Pequeña historia de la devoción al Sagrado Corazón y aquella «Unanimidad» pontificia de la que hablaba Juan XXIII.


Nos situaremos primero en 1765, año en que se concede por el Papa Clemente XIII la fiesta del Sagrado Corazón, con misa propia, al reino de Polonia y a la archicofradía romana del Sagrado Corazón. La celebración de la fiesta se extendió después al reino de Portugal y posteriormente al de España.


Doscientos años después, en 1965, Pablo VI quiere celebrar este aniversario y escribe una Carta Apostólica, lnvestigabilis divitias, que es por hoy el último documento de ámbito universal temáticamente dedicado a la devoción al Corazón de Jesús. 


Polonia, por cierto, fue la primera nación en consagrarse al Sagrado Corazón.


 Las congregaciones que tienen al Sagrado Corazón por centro y lema de su espiritualidad, agradecieron al Papa esta Carta Apostólica en una carta colectiva que, a su vez, tuvo una importante respuesta pontificia.


En 1856 el hoy beato Pío IX extiende a la iglesia universal la fiesta del Sagrado Corazón que cobra, a partir de entonces, una difusión espectacular. Dicha misa fue elevada por León XIII en 1889 a rito de primera clase -lo que hoy llamaríamos «solemnidad»-, y en 1928 Pío XI la enaltecía al máximo declarándola fiesta «con octava».


A los cuarenta años de la consagración del mundo al Corazón de Jesús, esto es, en 1939, sube al solio pontificio el papa Pío XII y proclama su primera encíclica Summi Pontiflcatus, que deliberadamente enmarca dentro de esta conmemoración. Y es este el motivo con el que comienzan las primeras palabras de esta primera encíclica: 


«El arcano designio del Señor nos ha confiado, sin algún merecimiento, la altísima dignidad y las gravísimas preocupaciones del pontificado Supremo precisamente el año que recurre el cuadragésimo aniversario de la consagración del género humano al Sacratísimo Corazón del Redentor» (n. 1). No es el reciente comienzo de la que sería terrible segunda guerra mundial el marco en que inscribe esta encíclica sino la conmemoración del cuarenta aniversario de la consagración del mundo al Sagrado Corazón. Y ¿cómo califica Pío XII el acto de aquel anciano Pontífice que, al fin de sus días, consagra el género humano al Corazón de Jesús? Con estas palabras: «Con qué júbilo, emoción e íntima aprobación acogimos entonces como mensaje celeste la Encíclica Annum Sacrum». Pío XII consideró, pues, a la Annum Sacrum como «mensaje celeste». Y añade después, refiriéndose a esta forma de culto al Rey de reyes: «¿cómo no hacer de él el alfa y omega de Nuestra voluntad, de Nuestra esperanza, de Nuestra enseñanza y de Nuestra actividad, de Nuestra paciencia y de Nuestros sufrimientos?» (n. 2).


A los cien años de la extensión universal de la fiesta, en 1956, Pío XII celebra su centenario con la publicación de la magna encíclica Haurietis aquas, que sigue siendo el referente más completo para conocer la fundamentación e importancia de esta devoción y culto.



La encíclica Annum Sacrum


La serie de encíclicas pontificias se abre con la Annum Sacrum, que tiene por contenido fundamental -y casi único- la proclamación de la conveniencia de consagrarse al Corazón de Jesús, a la que sigue el anuncio de la consagración por parte de todo el episcopado presidido por el propio Pontífice, de todo el género humano al Sagrado Corazón. Pensemos, por un momento, lo que significa la consagración y la trascendencia que supone el realizar él mismo, como Máximo Pontífice, la consagración a este divino Corazón de todo el mundo, así de los fervorosos creyentes como de los más alejados o aún paganos.


En la consagración se ponen de relieve dos aspectos esenciales y complementarios. Por un lado, el reconocimiento de la realeza universal de Cristo, como el Señor de todo el género humano, a quien el Padre ha dado las naciones por herencia (Ps. 2). Por otro lado, el acto de la devoción de querer ser enteramente suyos poniéndonos confiadamente, con todo lo que somos, tenemos y hacemos, bajo su protección.


Es así que la consagración -que ya realizara la misma santa Margarita- es el acto esencial y primero de esta devoción al Corazón de Jesús, pues el mismo Corazón de Jesús pidió expresamente la consagración así de las personas individuales como de las comunidades y pueblos. Y así ha sido en la historia de esta devoción. Y la consagración será siempre el acto esencial de esta devoción.


Mas, a este acto de ofrecimiento se le ha de sumar, como culminación del amor, el acto de reparación. Tal es la enseñanza que constituye el mensaje de la encíclica Miserentissimus Redemptor de Pío XI.


Veamos, cómo es intención expresa del Papa que esto sea enseñado por los obispos a todos los fieles, tanto a los ignorantes como a los indiferentes. Decía Pío XI: «Mas, como tal vez parte del pueblo ignore hasta el presente, parte mire con indiferencia las cosas que lamentó el amantísimo Jesús cuando se manifestó a Margarita María Alacoque… plácenos, deciros algo acerca del deber de la llamada pública reparación… a fin de que cada uno de vosotros enseñe con empeño y mueva a poner en práctica lo que os comunicáremos».



«De Él hay que esperar la salvación»


Después de recordar la importancia de la consagración -que robustece la unión con Cristo-, a la que se uniría como perfección y consumación la reparación -por la que nos unimos con los padecimientos de Cristo-, decreta y ordena que se haga en cada templo, en todo el mundo, el día del Sagrado Corazón, un acto de reparación, mediante la fórmula por él prescrita. Leamos este texto en que ordena la recitación de tal acto de reparación: «Por lo cual decretamos y ordenamos que cada año, en la fiesta del Sacratísimo Corazón de Jesús, que hemos mandado elevar con esta ocasión al rito doble de primera clase con octava, sea solemnemente recitada en honor de Nuestro amantísimo Salvador, en todos los templos, en todo el orbe de la tierra, la misma súplica expiatoria o acto de desagravio, como dicen, expresada con las mismas palabras, conforme al modelo que añadimos en esta encíclica, de suerte que con ella se lloren todas nuestras culpas y se reparan los violados derechos de Cristo sumo Rey y amantísimo Señor». Cualquiera puede preguntarse: ¿es frecuente que una encíclica contenga un acto de esta naturaleza? ¿No es verdaderamente un acto no sólo de aprobación y de promoción si no, aún más si cabe, un acto de imposición?


En la aceptación personal, tanto de la consagración como de la reparación, ponían los mencionados pontífices la condición de la recepción de los bienes prometidos a tales actos. Pero sí es «imposición» en el sentido en que empleó esta palabra Pío XII cuando decía -según hemos recordado ya más arriba- que algunos creen erróneamente que es equiparable esta devoción a otras que la Iglesia «aprueba y favorece sin imponerlas» (Haurietis aquas, n. 3).


Y para entender esta eminente y esencial superioridad de esta devoción sobre las demás no podemos dejar de recordar aquellas tan grandiosas palabras de Pío XI, ... la mejor definición de esta devoción. Recordemos cuál es esta expresión:


  Acaba Pío Xl de citar las propias palabras de León XIII, que señalaba: «el Corazón Sacratísimo de Jesús, con la cruz sobrepuesta, brillando entre llamas con vivísimo resplandor» -esto es, la imagen vista por santa Margarita- y afirmaba que «de Él hay que esperar la salvación de los hombres». Pues bien, como dando una razón a tal fundada esperanza explica por qué se ha de poner en este Corazón la esperanza de salvación de los hombres, y dice:


«Y con razón por cierto, venerables Hermanos, pues en aquella señal de óptimo presagio y en el piadoso culto que de ella se deriva ¿no es verdad que se contiene el compendio de toda religión y aun la norma de vida más perfecta, como quiera que guía más suavemente las almas al profundo conocimiento de Cristo Señor nuestro y con mayor eficacia las mueve a amarle más apasionadamente y a imitarle más de cerca?» (n. 3). 


Si Pío XI la había llamado «Compendio de toda la religión», en una atribución semejante, que en modo alguno podría decirse de ninguna devoción -ni siquiera la devoción a la Santísima Virgen- Pío XII la llamó «la más completa profesión de la religión cristiana» (H.A., n. 29). Y aun refiriéndose concretamente al del Corazón de Jesús decía en esta misma encíclica «en él podemos considerar no sólo el símbolo, sino también, en cierto modo, la síntesis de todo el misterio de nuestra redención» (n. 24).


Su sucesor, el Papa Pío XII en su citada encíclica, promulgada en la ya cercana plenitud de su pontificado. Tratando la misma cuestión repite literalmente estas palabras de su predecesor y las aprueba diciendo que «Nos, por nuestra parte, en no menor grado que Nuestros Predecesores, hemos aprobado y aceptado esta sublime verdad» (n. 4)... que ha sido llamada por Pío XI «compendio de toda religión» y «norma de vida más perfecta». Si pensamos en las distintas idiosincrasias de los papas..., en las distintas situaciones sociales y políticas del mundo que les toca vivir ¿no hemos de atribuir esta continuidad -como decíamos al comienzo- a la protección e inspiración del Espíritu Santo? Y, por consiguiente, ¿no tendrían que pensar los que se oponen o miran con desdén esta devoción que están resistiendo al mismo Espíritu Santo que rige la Iglesia?


Pío XII podía hacer suyas las alabanzas de Pío XI, porque como obispo había visto los frutos de esta devoción y, sobre todo, porque había experimentado en su pontificado -del que ya llevaban transcurridos diecisiete años- los ubérrimos frutos que produce esta devoción: «al contemplar el feliz y triunfal progreso del culto al Sagrado Corazón de Jesús entre el pueblo cristiano, sentimos Nuestro ánimo lleno de gozo y Nos regocijamos por los innumerable frutos de salvación que producía en toda la Iglesia… Estos frutos, a través de los años de Nuestro pontificado -llenos de sufrimientos y angustias, pero también de inefables consuelos-, no se mermaron en número, eficacia y hermosura, antes bien se aumentaron» (n. 4).



«Nadie, desde ninguna perspectiva, ponga el menor reparo a esta devoción»


Pero al Papa Pío XII se le debe todavía -en esta misma encíclica- una declaración que podemos llamar de la máxima conciencia de ejercer el supremo magisterio de la Iglesia al promover y defender este culto. Y sus palabras han de sonar como muy definitorias de un juicio dado por el Vicario de Cristo que consciente y formalmente declara que no puede haber ninguna reticencia hacia esta devoción. Tales son sus palabras: «Si tu conocieses el don de Dios (Jo. 4, 1 0). Con estas palabras, Venerables Hermanos, Nos, que por divina disposición hemos sido constituidos guardián y dispensador del tesoro de la fe y de la piedad ....conscientes del deber de Nuestro oficio, amonestamos a todos aquellos de Nuestros hijos que, a pesar de que el culto del Sagrado Corazón de Jesús, venciendo la indiferencia y los errores humanos, ha penetrado ya en el Cuerpo Místico, todavía abrigan prejuicios contra él y aun llegan a reputarlo menos adaptado, por no decir nocivo, a las necesidades espirituales de la Iglesia y de la humanidad en la hora presente, que son las más apremiantes» (H. A. n. 3). 


En esta memorable encíclica, en la que se halla el recorrido y la fundamentación escriturística y de los Santos Padres de tal forma de culto, se halla también una singular aportación al conocimiento de lo que representa la devoción al Corazón de Jesús, al hacer hincapié en la singularidad del amor que se expresa en esta devoción---, así con las palabras como con la imagen de las mismas apariciones del Sagrado Corazón a santa Margarita.


Nos referimos al triple amor de Cristo que se expresa en esta devoción, pues según Pío XII al doble amor, el humano y el divino de Jesús, ya que es verdadero hombre y verdadero Dios, se le ha de sumar «el amor sensible del Corazón físico de Jesús» (n. 28). Importantísima doctrina que nos introduce en el misterio de la Encamación y nos hace pensar que este amor, digamos espontáneo, sin la mediación de la voluntad, verdadero amor sensible -que es entre nosotros los hombres aquel que con más frecuencia sale a flote en nuestras relaciones más íntimas personales con las personas con las que nos encontramos ligados por vínculos afectivos tan fuertes como los de la sangre- pero no herido por el pecado, puro y santo, estuvo también actuante en la persona única de Cristo. Tal amor humano nos ha sido revelado expresamente en la imagen de su Corazón herido. Con este amor lloró el Señor sobre Jerusalén y ante la tumba de Lázaro, por ejemplo. Con este amor se compadece hoy de los pecadores y se duele de su obstinación. «No hay duda de que el Corazón de Cristo, unido hipostáticamente a la persona divina del Verbo, palpitó de amor y de todo otro afecto sensible» (n. 12). «Y -también en palabras de Pío XII- su Corazón palpitó también de amor hacia su Padre y de santa indignación cuando vio el comercio sacrílego que en el templo se hacía, e increpó a los violadores» (n. 18).



Del Corazón traspasado del Redentor nació la Iglesia


El año 1965  San Pablo VI quiso conmemorar el doscientos aniversario del decreto de la sagrada Congregación de Ritos de 25 de enero (aprobado por Clemente XIII el 6 de febrero) de 1765 por el que se concedía la fiesta del Sagrado Corazón a la Archicofradía Romana y al reino de Polonia. Obsérvese que esta fecha es diez años anterior a las apariciones del Sagrado Corazón a santa Margarita y manifiesta que esta devoción nació en la convergencia entre lo que el Espíritu Santo inspiraba a los fieles que querían reavivar el recuerdo del amor divino (Cf. H. A. n. 27) y la iniciativa divina de manifestarse como Amor misericordioso.


San Pablo VI quiso recordar el doscientos aniversario de aquel decreto con una Carta Apostólica, lnvestigabilis divitias, de 6 de febrero de 1965, monográficamente dedicada al culto del Sagrado Corazón. La devoción «ya estaba introducida en diversos lugares -dice Pablo VI- por obra e impulso de san Juan Eudes», pero «después que nuestro misericordioso Salvador, apareciéndose, como se refiere, a la religiosa elegida Margarita María Alacoque, en la pequeña ciudad de Paray-le-Monial, repetidamente pidió que todos los hombres, como en pública competencia de oraciones, honrase a su Corazón, herido por nuestro amor , y de todas las maneras reparasen las ofensas a Él inferidas, el culto al Sagrado Corazón floreció maravillosamente, entre el pueblo y clero cristiano, y se difundió en todos los continentes». 


Afirmado, pues, por San Pablo VI el papel predominante de las apariciones a santa Margarita, se refiere a la aprobación reiterada y sucesiva de los diversos Pontífices. Pide «que el culto al sagrado Corazón que -lo decimos con dolor- se ha enfriado un poco en algunos, reflorezca cada día más». Recuerda que el Concilio Vaticano II -que estaba próximo a concluirse- aconseja sobremanera «los piadosos ejercicios del pueblo cristiano… especialmente cuando se hacen por voluntad de la Sede Apostólica»» por lo que dicha devoción -concluye- «debe inculcarse sumamente». Decía en esta Carta: «He aquí, por tanto, Nuestros deseos, Nuestra voluntad: a saber, que en esta ocasión, la institución de la fiesta del Sagrado Corazón, puesta oportunamente en evidencia sea celebrada con digno relieve por vosotros todos, venerables hermanos, que sois los obispos de la Iglesia de Dios, y por las poblaciones a vosotros confiadas».


Pero quizá fue más explícito en la carta dirigida a los superiores de órdenes religiosas expresamente vinculadas al Sagrado Corazón, quienes habían agradecido a Su Santidad la anterior Carta Apostólica. En esta carta decía: «Del Corazón traspasado del Redentor nació la Iglesia y de Él brota su desarrollo… Por este motivo es absolutamente necesario que los cristianos adoren pública y privadamente a aquel Corazón de cuya plenitud todos hemos recibido, y de Él aprendan cómo debe ordenarse su vida para que pueda responder a las exigencias de estos tiempos. En el sagrado Corazón, en efecto, tiene su origen la Sagrada Liturgia porque es el Templo santo de Dios… Además, la Iglesia encuentra en el sagrado Corazón su estímulo para buscar todos los medios y auxilios para que los hermanos separados puedan llegar a la plena unidad con la Cátedra de Pedro». Nadie puede decir que en la enseñanza de San Pablo VI se hubiese olvidado el singular y privilegiado puesto que debe ocupar esta devoción, antes al contrario, tanto el verdadero sentido litúrgico, como la anhelada unión de todos los cristianos, han de encontrar en el sagrado Corazón origen y estímulo respectivamente. El Corazón de Jesús es el Templo de Dios, donde se ofrece el sacrificio único y definitivo a Dios Padre a favor de la salvación de los hombres.


Múltiples textos de San Juan Pablo II que se centran en el Corazón de Jesús, con el protagonismo de las catequesis y comentarios de las Letanías, así como el Magisterio de Benedicto XVI y el Papa Francisco, confirman la respuesta de la Iglesia a la acción luminosa del Espíritu Santo y la confidencia del  Divino Corazón a los Santos, especialmente a Santa Margarita María Alacoque.


De S.S. Benedicto XVI y S.S. Papa Francisco en otro capítulo.


viernes, 16 de junio de 2023

Al instante salió sangre y agua


 


"...Uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua..."


San Juan 19, 34






+ Oración al Espíritu Santo


Recibid ¡oh Espíritu Santo!, la consagración perfecta y absoluta de todo mi ser, que os hago en este día para que os dignéis ser en adelante, en cada uno de los instantes de mi vida, en cada una de mis acciones, mi director, mi luz, mi guía, mi fuerza, y todo el amor de mi corazón.


Yo me abandono sin reservas a vuestras divinas operaciones, y quiero ser siempre dócil a vuestras santas inspiraciones. 


¡Oh Santo Espíritu! Dignaos formarme con María y en María, según el modelo de vuestro amado Jesús. Gloria al Padre Creador. Gloria al Hijo Redentor. Gloria al Espíritu Santo Santificador. Amén






San Juan 19, 17-34


"...Y él cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario, que en hebreo se llama Gólgota, y allí le crucificaron y con él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio.

Pilato redactó también una inscripción y la puso sobre la cruz. Lo escrito era: «Jesús el Nazareno, el Rey de los judíos.»

Esta inscripción la leyeron muchos judíos, porque el lugar donde había sido crucificado Jesús estaba cerca de la ciudad; y estaba escrita en hebreo, latín y griego.

Los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato: «No escribas: "El Rey de los judíos", sino: "Este ha dicho: Yo soy Rey de los judíos".»

Pilato respondió: «Lo que he escrito, lo he escrito.»

Los soldados, después que crucificaron a Jesús, tomaron sus vestidos, con los que hicieron cuatro lotes, un lote para cada soldado, y la túnica. La túnica era sin costura, tejida de una pieza de arriba abajo.

Por eso se dijeron: «No la rompamos; sino echemos a suertes a ver a quién le toca.» Para que se cumpliera la Escritura: Se han repartido mis vestidos, han echado a suertes mi túnica. Y esto es lo que hicieron los soldados.

Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Clopás, y María Magdalena.

Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo.»

Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre.» Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.

Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dice: «Tengo sed.»

Había allí una vasija llena de vinagre. Sujetaron a una rama de hisopo una esponja empapada en vinagre y se la acercaron a la boca.

Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: «Todo está cumplido.» E inclinando la cabeza entregó el espíritu.

Los judíos, como era el día de la Preparación, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el sábado - porque aquel sábado era muy solemne - rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran.

.Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero y del otro crucificado con él.

Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas,sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua."









"...Uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua..."


San Juan 19, 34





Jesús, muerto en la cruz, recibió una lanzada que le traspasó el corazón.


En el Evangelio de San Juan se narra: “Al llegar a Jesús, viendo que estaba muerto, no le quebraron las piernas; sino que un soldado le abrió el costado con una lanza. En seguida brotó sangre y agua”.

“Esto sucedió de modo que se cumpliera la Escritura que dice: No le quebrarán ni un hueso; y otro pasaje de la Escritura dice: Mirarán al que ellos mismos atravesaron”, agrega el Apóstol.

Muchos siglos después, el Señor le reveló a Santa Catalina de Siena (1347-1380), laica italiana y Doctora de la Iglesia, el sentido de este misterioso hecho.

Santa Catalina le preguntó al Señor: “Dulce Cordero sin mancha, Tú estabas muerto cuando tu costado fue abierto. ¿Para qué, entonces, permitiste que tu Corazón fuese de tal forma herido y abierto a la fuerza?”.

Cristo le contestó: “Por varias razones, de las que te diré la principal. Mis deseos hacia la raza humana eran infinitos y el tiempo actual de sufrimiento y tortura estaban al terminar”.

“Ya que mi amor es infinito, yo no podía por este sufrimiento [temporal] manifestarte cuánto te amo. Es por eso que yo quise revelarte el secreto de mi Corazón, permitiéndote verlo abierto, para que puedas entender que te amé mucho más de lo que te podía probar por un sufrimiento que ha terminado”.










Más de trescientos años después, Jesucristo le dijo a Santa Margarita María de Alacoque (1647-1690) y, mostrándole su Sagrado Corazón:


“He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres y que no ha ahorrado nada hasta el extremo de agotarse y consumirse para testimoniarles su amor. Y, en compensación, sólo recibe, de la mayoría de ellos, ingratitudes por medio de sus irreverencias y sacrilegios, así como por las frialdades y menosprecios que tienen para conmigo en este Sacramento de amor.  Pero lo que más me duele es que se porten así los corazones que se me han consagrado”, le reveló.







"También te prometo que mi Corazón se dilatará para esparcir en abundancia las influencias de su divino amor sobre quienes le hagan ese honor y procuren que se le tribute”, añadió.





"Su Corazón, por ser la parte más noble de su naturaleza humana, está unido hipostáticamente a la persona del Verbo Divino; es por esto que debemos tributarle el mismo culto de adoración con que la Iglesia honra a la persona del mismo Hijo de Dios encarnado."


"Cristo unió verdaderamente a su Persona Divina una naturaleza humana, individual, íntegra y perfecta, concebida en el seno purísimo de la Virgen María por virtud del Espíritu Santo. Por tanto, esta naturaleza humana unida al Verbo de Dios no carecía absolutamente de nada; Él mismo la asumió plena e íntegra, sin ninguna disminución ni cambio, tanto en los elementos constitutivos espirituales como en los corporales, conviene a saber: dotada de inteligencia, de voluntad y de todas las demás facultades cognoscitivas, internas y externas; dotada, asimismo, de las potencias afectivas sensibles y de todas las pasiones naturales."


"Su Corazón, más que cualquier otro miembro de su cuerpo, es un signo o símbolo natural de su inmensa caridad hacia el género humano. En el Sagrado Corazón se encuentra el símbolo y la imagen expresa del amor infinito de Jesucristo, que nos obliga a amarnos los unos a los otros."


 "Jesucristo poseía un verdadero Cuerpo humano que gozaba de todos los sentimientos que le son propios, y entre los cuales el amor supera a todos los demás, tampoco puede haber duda de que fue dotado con un corazón físico, en todo semejante al nuestro, ya que, sin esta parte tan noble del cuerpo, no puede haber vida humana, incluso en lo relacionado con los afectos."


(Pío XII, Encíclica Haurietis aquas, 15 de mayo de 1956)








«Señor, no soy digno de que entres en mi casa; pero una palabra tuya bastará para sanarle.

Porque también yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: "Vete", y va; y a otro: "Ven", y viene; y a mi siervo: "Haz esto", y lo hace.»

Al oír esto Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: «Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande».


San Mateo 8,5-10.





 "Y, en compensación, sólo recibe, de la mayoría de ellos, ingratitudes por medio de sus irreverencias y sacrilegios, así como por las frialdades y menosprecios que tienen para conmigo en este Sacramento de amor". 









(DE LA HOMILÍA DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI, Viernes 19 de junio de 2009)


En el Antiguo Testamento se habla veintiséis veces del corazón de Dios, considerado como el órgano de su voluntad: el hombre es juzgado en referencia al corazón de Dios.


 A causa del dolor que su corazón siente por los pecados del hombre, Dios decide el diluvio, pero después se conmueve ante la debilidad humana y perdona. 


Hay un pasaje del Antiguo Testamento en el que el tema del corazón de Dios se expresa de manera muy clara: se encuentra en el capítulo 11 del libro del profeta Oseas, donde los primeros versículos describen la dimensión del amor con el que el Señor se dirigió a Israel en el alba de su historia: "Cuando Israel era niño, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo" (v. 1).


 En realidad, a la incansable predilección divina Israel responde con indiferencia e incluso con ingratitud. "Cuanto más los llamaba —se ve obligado a constatar el Señor—, más se alejaban de mí" (v. 2). Sin embargo, no abandona a Israel en manos de sus enemigos, pues "mi corazón —dice el Creador del universo— se conmueve en mi interior, y a la vez se estremecen mis entrañas" (v. 8).


¡El corazón de Dios se estremece de compasión! 


En esta solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús la Iglesia presenta a nuestra contemplación este misterio, el misterio del corazón de un Dios que se conmueve y derrama todo su amor sobre la humanidad.


 Un amor misterioso, que en los textos del Nuevo Testamento se nos revela como inconmensurable pasión de Dios por el hombre.


 No se rinde ante la ingratitud, ni siquiera ante el rechazo del pueblo que se ha escogido; más aún, con infinita misericordia envía al mundo a su Hijo unigénito para que cargue sobre sí el destino del amor destruido; para que, derrotando el poder del mal y de la muerte, restituya la dignidad de hijos a los seres humanos esclavizados por el pecado.


 Todo esto a caro precio: el Hijo unigénito del Padre se inmola en la cruz: "Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo" (Jn 13, 1).


 Símbolo de este amor que va más allá de la muerte es su costado atravesado por una lanza. A este respecto, un testigo ocular, el apóstol san Juan, afirma: "Uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua" (Jn 19, 34).


Detengámonos a contemplar juntos el Corazón traspasado del Crucificado. En la lectura breve, tomada de la carta de san Pablo a los Efesios, acabamos de escuchar una vez más que "Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo (...) y con él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús" (Ef 2, 4-6).



 Estar en Cristo Jesús significa ya sentarse en los cielos.



 En el Corazón de Jesús se expresa el núcleo esencial del cristianismo; en Cristo se nos revela y entrega toda la novedad revolucionaria del Evangelio: el Amor que nos salva y nos hace vivir ya en la eternidad de Dios.


 El evangelista san Juan escribe: "Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna" (Jn 3, 16).


 Su Corazón divino llama entonces a nuestro corazón; nos invita a salir de nosotros mismos y a abandonar nuestras seguridades humanas para fiarnos de él y, siguiendo su ejemplo, a hacer de nosotros mismos un don de amor sin reservas.


...


Incluso nuestras carencias, nuestros límites y debilidades deben volvernos a conducir al Corazón de Jesús. Si es verdad que los pecadores, al contemplarlo, deben sentirse impulsados por él al necesario "dolor de los pecados" que los vuelva a conducir al Padre.



...







San Juan 11, 21-27

 

"Y Marta dijo a Jesús: Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Aun ahora, yo sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá. Jesús le dijo*: Tu hermano resucitará. Marta le contestó*: Yo sé que resucitará en la resurrección, en el día final. Jesús le dijo: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá, y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto? Ella le dijo*: Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que viene al mundo."








Contemplamos la auto-donación de Dios



Que sentido tiene para la tradición bíblica el costado abierto exponiendo un corazón traspasado:


Juan, el joven seguidor del Maestro; que en aquel momento «vio no sólo lo que ocurría bajo la mirada de todos, sino que, a la luz del Espíritu Santo, después de la Pascua; vio también el sentido de lo que había sucedido: que en ese momento era inmolado el verdadero Cordero de Dios y se realizaba el sentido de la Pascua antigua; que Cristo en la cruz era el nuevo templo de Dios»


Dios se revela «sub contraria specie», es decir; bajo lo contrario de lo que él es en realidad: revela su potencia en la debilidad, su sabiduría en la necedad, su riqueza en la pobreza.


Dios se revela «sub propia specie», es decir, por lo que él es, en su realidad más íntima y más verdadera.


Sólo en la cruz se hace manifiesto hasta dónde se abre paso esta capacidad infinita de auto-donación de Dios.


Jesús muere en la víspera de la Pascua judía, cuando en el Templo se inmolaban oficialmente los corderos pascuales. Al subrayar esta coincidencia el Evangelista insinúa que el sacrificio de Cristo sustituía a los sacrificios de la antigua Ley e inauguraba la Nueva Alianza con su sangre. 



«Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1); «Tanto amó Dios al mundo que dio (¡a la muerte!) al Hijo unigénito» (Jn 3,16); «Me amó y entregó (¡a la muerte!) a sí mismo por mí» (Gál 2,20).




"...Uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua..."


San Juan 19, 34









San Juan 21, 15-19


Después de haber comido, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?» Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Le dice Jesús: «Apacienta mis corderos». Vuelve a decirle por segunda vez:«Simón de Juan, ¿me amas?» Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas». Le dice por tercera vez:«Simón de Juan, ¿me quieres?» Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: «¿Me quieres?» y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero». Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas. «En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras». Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho ésto, añadió: «Sígueme».





LA SANGRE DE TU HERMANO CLAMA A MÍ DESDE EL SUELO







«Caín se lanzó contra su hermano Abel y lo mató» (Gn 4, 8)


El pecado es la raíz de la violencia contra la vida


 «No fue Dios quien hizo la muerte ni se recrea en la destrucción de los vivientes; él todo lo creó para que subsistiera... Porque Dios creó al hombre para la incorruptibilidad, le hizo imagen de su misma naturaleza; mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los que le pertenecen» (Sb 1, 13-14; 2, 23-24).





«Caín dijo a su hermano Abel: "Vamos afuera". Y cuando estaban en el campo, se lanzó Caín contra su hermano Abel y lo mató.

El Señor dijo a Caín: "¿Dónde está tu hermano Abel?". Contestó: "No sé. ¿Soy yo acaso el guarda de mi hermano?". Replicó el Señor: "¿Qué has hecho? Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde el suelo".




El hermano mata a su hermano. Cristo se asemejó a nosotros y quizo hermanarse por el bautismo a nosotros para derramar su sangre, ofrecer su corazón y dar su vida por sus hermanos.


 ¿Soy yo acaso el guarda de mi hermano? » (Gn 4, 9).


Cristo responde al Padre configurándose como el hermano guardian.




Tarea:

Parabola del Hijo Pródigo San Lucas 15, 11-32

(Un tercer hermano tácito)




Este es el Corazón que más ha amado y sigue amando a todos los hombres, también a los que lo traspasaron con la lanza. Por eso le pedimos al Señor que nuestro corazón sea semejante al suyo: manso y humilde, puro, misericordioso y compasivo; porque la fidelidad de Dios nos enseña a acoger la vida como un acontecimiento de su amor y nos permite testimoniar este amor al prójimo.


"Dios permitió la lanzada para que a través de la llaga abierta en el costado de Jesús tuviéramos acceso a su Corazón, a la amistad con Él. Nuestro destino es ser amigos suyos. Nosotros no lo somos y nos alejamos, con nuestros pecados, con nuestros caprichos y muchas otras cosas. Él es fiel a la amistad porque nos ha llamado a vivirla. Nos ha elegido para ser sus amigos: “Ya no os llamo siervos (…), a vosotros os amigos” (Jn 15, 15). ¿Cómo habla Jesús a Judas, en el momento de la traición?: “Amigo, ¿a qué vienes?” (Mt 26, 50). Él es fiel. No le dice: “Vete porque tú te has alejado de mí. Vete”. ¡No! Él hasta el final es fiel al don de la amistad. Por eso podemos confiar plenamente en el Señor. Jamás nos defraudará el más fiel Amigo que tenemos, el Sagrado Corazón de Jesús."  (Papa Francisco, Homilía 14.V.2018)


Era para ellos como quien alza a un niño hasta sus mejillas, y me inclinaba hacia él y le daba de comer. Mi corazón está en mí trastornado, y a la vez se estremecen mis entrañas. No daré curso al ardor de mi cólera, no volveré a destruir a Efraím, porque soy Dios, no hombre; en medio de ti yo soy el Santo, y no vendré con ira (Os 11, 1.3-4.8-9)


Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único (Jn 3, 16).


En el Gólgota, el cuerpo sin vida del Redentor, libre ya de dolores, es atravesado por una lanza, y su Corazón… traspasado de amor. Del costado abierto por la lanzada se abrió la puerta de la vida; y del Corazón de Jesús brotó con fuerza sangre y agua… manaron los sacramentos, en los que se nos concede la gracia y se alimenta nuestra fe y nuestro amor. La llaga se hizo manantial de gracia. Así como del costado del primer padre dormido Dios formó a la primera mujer, del costado del Crucificado muerto salió la Iglesia, esposa de Cristo.


"Y es entonces cuando uno de aquellos soldados clavó su lanza en el costado del Señor. Y esto fue permisión de la divina providencia, a fin de que, brotando de la herida sangre y agua, se derramase el precio de nuestra salud, el cual, manando de la fuente arcana del corazón, diese a los sacramentos de la Iglesia la virtud de conferir la vida de la gracia, y fuese para los que viven en Cristo como una copa llenada en la fuente viva, que salta hasta la vida eterna" (San Buenaventura, El árbol de la vida 29-30).





San Agustín de Hipona:


Con mucha precaución se abstuvo el Evangelista de usar las palabras hirió su costado, o lo rasgó, sino abrió, a fin de que en cierto modo se franqueara la puerta por donde brotaron los sacramentos de la Iglesia, sin los cuales no se entra en la verdadera vida. Y sigue: "Y al instante salió sangre y agua". La sangre fue derramada por la remisión de los pecados, y el agua para suave bebida y purificación.

 Por esta razón fue hecha la primera mujer del costado de Adán dormido, y este segundo Adán, inclinando la cabeza, durmió en la cruz, para que fuese formada su esposa y saliera de su costado durante su sueńo. 

Oh muerte que a los muertos resucitas! ¿Qué hay más puro que esta sangre? ¿Qué más saludable que esta herida?





Un Sacerdote con crisis de Fe y miles de fieles testigos de un Milagro



La carne se mantuvo intacta, pero la sangre se dividió en el cáliz, en 5 partículas de diferentes tamaños y formas irregulares. Los monjes decidieron pesar las partículas y descubren fenómenos particulares sobre el peso de cada una de ellas.

Inmediatamente la Hostia y las cinco partículas fueron colocadas en un relicario de marfil.






Significado Espiritual de este milagro


Como ha sido comprobado, la Hostia que fue milagrosamente convertida en Carne, es compuesta del tejido muscular del corazón humano (miocardio).


Nuestro Señor muestra su Corazón Eucarístico, traspasado por los pecados de la humanidad. Corazón que se deja traspasar por Amor. Corazón humano y divino, que sufre y ama.


De tantas manera Jesús nos tiene que recordar que está vivo, que su Corazón arde de amor por los hombres, que su Corazón es de carne, con sentimientos, deseos, ansias por salvarnos y que todavía sufre por tantos desprecios, blasfemias e indiferencias de nosotros pecadores.


Su Corazón es fuente abierta de gracia y misericordia. De este Corazón fluyó sangre y agua, símbolo de liberación y purificación para nuestros corazones.


Este Milagro Eucarístico de Lanciano nos llama a la reparación, a ser almas de oración constante, en reparación por tantos pecados, por los nuestros y por los del mundo entero.


Parece que Jesús hoy nos dice - ( Habrá alguien que tenga compasión de Mi, que viva con amor, que cumpla con virtud y perfección su vocación, para que la Sangre Preciosa de Nuestro Señor no se derrame en vano... )


Este Milagro Eucarístico es un llamado urgente a la conversión, a reflexionar sobre nuestras vidas, pasadas y presentes. A tomar en serio la vida espiritual, y emprender el camino estrecho que nos lleva a la santidad, a la vida de virtud y perfección. Es una llamada de Dios a dejarnos purificar por el crisol del sufrimiento en nuestras vidas.


Además de que es muy significativo que este milagro sucediera en la ciudad llamada por el nombre de Longinos, el que traspasa el corazón de Jesús, y existe otro paralelo con lo que paso con Longinos: El sacerdote al contemplar el Corazón Eucarístico de Jesús y su sangre, recibió la gracia de la conversión.


Otro detalle importante es que en este milagro eucarístico Jesús permitió ser crucificado de nuevo. Después del milagro, la Hostia fue clavada a un pedazo de madera, para que al secarse no se enrollara como le sucede a la carne. Aquí estaba El otra vez con clavos en Su Cuerpo, clavado a un pedazo de madera.


Se hicieron pruebas de la Carne y la Sangre y se descubrió un fenómeno inexplicable. Las cinco bolitas de Sangre coagulada son de diferentes tamaños y formas. Pero cualquier combinación pesa en total lo mismo. En otras palabras, 1 pesa lo mismo que 2, 2 pesan lo mismo que 3, y 3 pesan lo mismo que 5. Este resultado esta marcado en una tabla de mármol en la Iglesia.


A través de los años se han hecho muchas investigaciones. Nuestro Señor se ha permitido ser pinchado y cortado, examinado a través de microscopio y fotografiado.


A las distintas investigaciones eclesiásticas siguieron las científicas, llevadas a cabo desde 1574, en 1970-71 y en 1981. En estas últimas, el eminente científico Profesor Odoardo Linoli docente en Anatomía y Histología Patologica y en Química y Microscopía Clínica, con la colaboración del Profesor Ruggero Bertelli de la Universidad de Sena, utilizó los instrumentos científicos más modernos disponibles.


Los análisis, realizados con absoluto rigor científico y documentados por una serie de fotografías al microscopio, dieron los siguientes resultados:


* La Carne es verdadera Carne. La Sangre es verdadera Sangre.


* La Carne y la Sangre pertenecen a la especie humana.


* La Carne está constituida por el tejido muscular del corazón. En la Carne están presentes, en secciones, el miocardio, el endocardio, el nervio vago y, por el relevante espesor del miocario, el ventrículo cardiaco izquierdo.


* La Carne es un CORAZON completo en su estructura esencial.


* La Carne y la Sangre tienen el mismo grupo sanguíneo (AB, el mismo de la Sábana Santa).


* En la Sangre se encontraron las proteínas normalmente fraccionadas, con la proporción en porcentaje, correspondiente al cuadro Sero- proteico de la sangre fresca normal.


* En la Sangre también se encontraron estos minerales : Cloruro, fósforo, magnesio, potasio, sodio y calcio.


* La conservación de la Carne y de la Sangre, dejadas al estado natural por espacio de doce siglos y expuestas a la acción de agentes atmosféricos y biológicos, es de por sí un fenómeno extraordinario.


Se puede decir que la Ciencia ha dado una respuesta segura y exhaustiva acerca de la autenticidad del Milagro Eucarístico de Lanciano.





Oración al Divino Corazón


Rendido a vuestros pies, ¡oh Jesús mío!, considerando las inefables muestras de amor que me habéis dado y las  sublimes lecciones que me enseña de continuo vuestro adorabilísimo Corazón, os pido humildemente la gracia de conoceros,  amaros y serviros como fiel dicípulo vuestro para hacerme digno de las mercedes y bendiciones que, generoso, concedéis a los que de veras os  conocen, aman y sirven.

¡Mirad que soy muy pobre, dulcísimo Jesús, y necesito de Vos como el mendigo de la limosna que el rico le ha de dar! ¡Mirad que soy muy rudo, oh soberano Maestro!, y necesito de vuestras divinas enseñanzas, para  luz y guía de mi ignorancia! ¡Mirad que soy muy débil, oh poderosísimo amparo de los frágiles, y caigo a cada paso y necesito apoyarme en Vos, para no desfallecer.

Sedlo todo para mí, Sagrado Corazón; socorro de  mi miseria, lumbre de mis ojos, báculo de mis pasos, remedio de mis males, auxilio en toda necesidad. De Vos lo espera todo  mi pobre corazón. Vos lo alentasteis y convidasteis, cuando con tan tiernos acentos dijisteis repetidas veces en vuestro Evangelio: "Venid a mí, aprended de mí, pedid, llamad..." A las puertas de vuestro Corazón vengo, pues hoy, y llamo y pido y espero. Del mío os hago, ¡oh Señor!, firme, formal, y decidida entrega. Tomadlo Vos, y dadme en cambio lo que sabéis me ha de hacer bueno en la tierra y dichoso en la eternidad. Amén.







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